Elegía por Ernesto Mejía Sánchez. Prosa de Jorge Eduardo Arellano.

El que pierde una mujer, no sabe lo que gana. EMS Ardido por el resplandor de la gracia o el desacato, cantaba la alegría del sol en los ávidos ojos abiertos, entre el boscaje fresco y fragante, horadando el pozo de aguas vivas. No era solo un mago en busca del espejo paradisíaco, sino un […]

Bodegon. Nati Cañada. LA PRENSA/CORTESÍA

El que pierde una mujer, no sabe lo que gana. EMS

Ardido por el resplandor de la gracia o el desacato, cantaba la alegría del sol en los ávidos ojos abiertos, entre el boscaje fresco y fragante, horadando el pozo de aguas vivas. No era solo un mago en busca del espejo paradisíaco, sino un ser luzbélico, habitado por la impureza y la ficción maligna, un incrédulo en los bienes de este mundo, poseído de un lúcido delirio avasallante.

Dando cuerda al reloj de arena de su corazón solitario, amistaba con el bíblico amor incestuoso, con los carnosos labios sorbidos sin pasión, con el demonio funesto penetrando su cuerpo, con los puñales de Oaxaca y los fresnos del

Valle de México, con las manchas del tigre, con el colibrí giratorio que se sabía centro del universo.
Negaba la traición del amigo pintor, el rapto y pérdida de la pérfida mujer pervertida, el despilfarro de balas rojas de odio, la cachorra bestia bicéfala, la pequeña patria periférica y puerca, padecida como enfermedad dañina y peligrosa.

Ernesto Mejía Sánchez escribía con pasión, poder urticante y sarcástico humor. No pocas veces montaba en cólera.

Le mortificaba reinar en el olvido. Era un sujeto tenso e intenso, un mendicante de cariño, marcado por el mal amor y el terror, el vigor y el dolor, el pudor y el honor. Un decoroso sabio letrado que se desconocía a sí mismo.
Managua, 21 de diciembre, 2015

DECLARACIÓN DEL PROFESOR JIRAFALES

Jorge Eduardo Arellano

USTED ES la razón de mi existencia, doña Florinda. Usted impera en mi corazón, abate mis tristezas, vigila mis sueños. Usted, doña Florinda, es tan bella como Elena de Troya, tan ebúrnea como Blanca de Navarra, más astuta que Cleopatra, más sensual que la reina de Saba. Usted es mi Dulcinea, mi Julieta, mi Isolda.

En cambio yo, doña Florinda, solo soy un amante extraviado en la noche de los tiempos, un heredero de Nabucodonosor, esposo de Juana la Loca. Un ayotal marítimo incrustado en las circunvalaciones de la conciencia humana. Solo soy un perínclito caballero que viaja desde la edad media para elegirla como dama, doña Florinda. Y para oír de sus labios primorosos esta cálida invitación:

—¿Gusta tomar una tacita de café?