Perra vida, la historia de un joven que viajó y regresó de los infiernos

Perra vida (II Edición, Managua, 2015, 400 Elefantes) es un tremendo relato en donde se amalgaman el infierno y el paraíso. Es la lucha de un niño-orfeo yendo y viniendo a un inframundo atestado de cancerberos encubiertos tras militares bárbaros, lodazales milenarios y órdenes estúpidas

Escritor y periodista Juan Sobalvarro. LAPRENSA/Archivo

Hay generaciones a las que les toca quedar condenadas en lapsos donde la estupidez humana crea abismos negros que desmagnetizan las brújulas que orientan el sentido natural de la vida y los asuntos civilizados. Cuando se predica que el sufrimiento redime porque para ir al cielo se debe morir pronto.

Entonces si estás ahí, si es tu tiempo, si te ha tocado, debés asumir tu lugar en el absurdo con resignación, con rebeldía, con coraje, con cobardía o con lo que sea que tengás. La vida no permite transferir los papeles. Supervivencia o muerte.

A una de esas generaciones condenadas pertenece Juan Sobalvarro, un escritor que en sus memorias de recluta obligado desecha el maniqueísmo.

Perra vida (II Edición, Managua, 2015, 400 Elefantes) es un tremendo relato en donde se amalgaman el infierno y el paraíso.

Es la lucha de un niño-orfeo yendo y viniendo a un inframundo atestado de cancerberos encubiertos tras militares bárbaros, lodazales milenarios y órdenes estúpidas. Es el dolor de una descendencia de chavalos consumidos por el sin sentido.

En el relato de Juan hay dos momentos en donde logra transmitir la fatalidad de ser joven en aquellos años desesperados.

El primero, cuando luego de haber sido herido en la montaña y de haber regresado a una Managua sombría, triste, casi sin jóvenes, una muchacha lo llama desertor y le espeta que más adelante no va a tener cara para ver a sus hijos, “que no iba a morir con el orgullo de defender a su patria”.

Entonces Juan debe abandonar la fiesta: es un proscrito, un cobarde, un paria, no tiene derecho siquiera a quedarse en la fiesta.

Y el otro momento sucede cuando sólo con la defensa del llanto confirma la certeza kafkiana de haberse convertido en un insecto: perder la propiedad de su vida, no temerle a las balas y a la sangre sino a la atrocidad de convivir con “hombres estúpidos, verticales, esquemáticos, egoístas, irracionales y cínicos”.

Ante tanta insensatez, ante tanta miseria, ante lo primitivo, el autor hace implícita la duda de si el sustantivo revolución es decente, si es humano. Si vale la pena incluso pronunciarlo.

Se ha dicho que esta obra es como una especie de antítesis de La montaña es algo más que una inmensa estepa verde de Omar Cabezas, porque el libro de Cabezas es romántico, épico e inspirador, y Perra vida en cambio despoja a la guerra de quijotismos. Obviemos las tesis y las antítesis. Quizás ni lo uno ni lo otro.

Para mí son dos visiones de una misma testarudez, con la salvedad que la perspectiva de Juan Sobalvarro es más aleccionadora porque él mismo va despertando a partir de que es atrapado por la guerra. Va encontrando el conocimiento. Va de la oscuridad a la claridad.

Juan es hoy un hombre normal. No ha quedado con ánimos de heroísmo ni con necedades de burócrata. Le basta con ser poeta, periodista, escritor, esposo y dueño de un perro. ¿Que el mundo tiene los mismos problemas? ¿Qué hay que resolverlos? Sí, parece decir Juan.

Juan Sobalvarro vivió para contarlo. Algunos de nuestra generación hemos vivido para contarlo. Una generación de ce-pe-efes y mutilados. De soñadores empobrecidos. De hombres adocenados. Juan es de los primeros que se atreve a contradecir que Nicaragua es un país de guerreros.

¿Seremos acaso un país de imbéciles?

Juan es un eterno objetor de conciencia: que vayan a la guerra los grandes pensadores y que primeros se mueran ellos, concluye hilarante pero a la vez con sabiduría.

Perra vida es un testimonio bien escrito. Con prosa cuidada, sincera y limpia, es un texto imprescindible para las “generaciones venideras”.

Una crónica contundente sobre la reciente historia de este país. Un amigo sugiere que con un poco más de edición tiene la graduación necesaria para ser incluido en los catálogos de Alfaguara, Anagrama o Círculo de lectores. Estoy de acuerdo.

 

Mercado de pollos. Pintura de Nati Cañada. LA PRENSA/CORTESÍA