Así fueron los funerales de Rubén Darío en León, Nicaragua



Así fueron los funerales de Rubén Darío

Tras una agonía de muchas horas, Rubén Darío expiró a las 10:15 de la noche del 6 de febrero de 1916 (el Acta de Defunción dice que fue a las 10:18). El 10 de enero, el obispo de León, Simeón Pereira y Castellón, le había administrado solemnemente la extremaunción

Funerales de Rubén Darío, en febrero de 1916. LA PRENSA/ ARCHIVO/ CORTESÍA

Tras una agonía de muchas horas, Rubén Darío expiró a las 10:15 de la noche del 6 de febrero de 1916 (el Acta de Defunción dice que fue a las 10:18). El 10 de enero, el obispo de León, Simeón Pereira y Castellón, le había administrado solemnemente la extremaunción.

El día 31 Darío dictó su testamento, instituyendo como su heredero universal a su hijo Rubén Darío Sánchez. Junto a su lecho de muerte estuvieron su esposa Rosario Murillo, sus médicos, los doctores Luis H. Debayle y Escolástico Lara, sus anfitriones Francisco Castro y Fidelina Santiago de Castro, así como Simeón Rizo Gadea, Francisco Paniagua Prado y los hermanos Alejandro y Octavio Torrealba.

Los 21 cañonazos

Octavio dibujó el perfil del fallecido y Alejandro rompió la cuerda del reloj que marca para la posteridad la hora del tránsito a la inmortalidad del renovador de la poesía y la prosa en español.

Todas las campanas de las iglesias de León repicaron dolientes y 21 cañonazos del Fortín de Acosasco anunciaron la muerte del Príncipe de la literatura hispanoamericana. Atrás quedaba —escribe Jaime Torres Bodet— “una vida tejida con muchas esperanzas irrealizadas, muchos triunfos inevitables y menos cantos que desencantos”.

Ruben Darío, León

Pintura de Rubén Darío en su lecho, en los últimos días de su vida. LA PRENSA/Archivo

La noticia se difunde rápidamente por todo el orbe y aparece en la primera plana de los principales periódicos de América Latina y España.

La noticia en el mundo

Los días siguientes numerosos diarios publicaron editoriales y artículos elogiosos sobre la obra del poeta, a la cabeza de ellos La Nación de Buenos Aires, del que Darío fue corresponsal en Europa. Varios famosos poetas pulsan sus liras para expresar su dolor.

En Barcelona, Francisca Sánchez del Pozo, su compañera de 17 años, oyó de la muerte de su querido “Tatay” el martes 9, cuando el voceador de un periódico anunciaba que había muerto un príncipe. Pero es hasta que los amigos de Rubén llegan a darle el pésame que Francisca repara que el príncipe es su Rubén.

La autopsia

La autopsia la practican Debayle y Lara, ayudados por los estudiantes de Medicina, Luis Hurtado y Sérvulo González. El cadáver del poeta, extraídas sus vísceras y su cerebro, es embalsamado para que se conserve durante la semana de homenajes programados por el Comité que preside el propio Debayle.

Este escenificará una vergonzosa disputa con Andrés Murillo, hermano de Rosario, por la posesión del cerebro de Darío.

Debayle lo extrajo con el pretexto de realizar un estudio científico sobre “el depósito sagrado” del genio. Las vísceras fueron enterradas en el Cementerio de Guadalupe de la ciudad de León. Se cumplió la pesadilla que Darío tuvo una noche en que agonizante, vio en sueños, cómo los cirujanos destrozaban su cuerpo.

Rubén Darío. LAPRENSA/Arnulfo Agüero

El monumento a Rubén Darío erigido en Managua. LA PRENSA/ Arnulfo Agüero

Mientras la Iglesia católica, en cuyo seno murió Darío, decide rendirle honores “con la magnificencia propia y ceremonial establecida para los funerales de los príncipes y nobles”.

Duelo de patria

El gobierno conservador de Adolfo Díaz, por Acuerdo Ejecutivo, tras declarar su fallecimiento como duelo de la Patria, le regatea los honores de presidente y los limita a “honores de ministro de la Guerra y Marina”, lo que resultaba paradójico para quien, con convicción pacifista, exaltó en su último poema importante, la paz entre las naciones.

Las honras fúnebres

El lunes 8 de febrero el programa se inicia con el traslado solemne del féretro al Ayuntamiento de León para el homenaje municipal, presidido por el alcalde, doctor David Argüello.

La nutrida procesión se desplaza con gran pompa por las calles de la ciudad. Las cintas del féretro las llevan los ediles y regidores, escoltados por soldados del Fortín. El discurso oficial corre a cargo de Manuel Tijerino.

El martes 9 es trasladado al Paraninfo de la Universidad de León. “Aquí en la Universidad, nos narra Edelberto Torres, el traje negro es sustituido por un sudario griego de alba seda y su cabeza se ciñe con corona de laurel”.

El cadáver es depositado en un catafalco y expuesto para la veneración del pueblo. A su lado colocan el ataúd que contendrá sus despojos, obra del ebanista nicaragüense José Félix Cuevas. Miles de personas desfilan para tributar su respeto al poeta y demostrar el dolor de la Patria, que ha perdido al más universal de sus hijos y el que más gloria le ha dado.

Rubén Darío junto al doctor Luis H. Debayle, su médico y además uno de sus mejores amigos. LA PRENSA/ ARCHIVO DE MAGAZINE

Rubén Darío junto al doctor Luis H. Debayle, su médico y además uno de sus mejores amigos. LA PRENSA/ ARCHIVO DE MAGAZINE

Cuatro días en capilla ardiente

En la Universidad permanece cuatro días en capilla ardiente. Los guardias de honor se suceden durante todo el día y parte de la noche. Participan estudiantes, profesionales, obreros y artesanos, así como otros miembros distinguidos de la sociedad leonesa.

En las veladas nocturnas leen sus homenajes Carlos A. Bravo, Joaquín Sansón, Horacio Espinosa, Modesto Barrios, Luis H. Debayle, Francisco Paniagua Prado y otros. Se declaman los poemas más célebres de Darío.
Comenta Torres Bodet: “Darío, muerto, tuvo que someterse a un tratamiento que habría sido para él, en vida, tortura de su espíritu: escuchar discursos y más discursos…”

El día 12 es el homenaje de la Iglesia. A las ocho de la mañana el alto clero lleva el féretro a la Catedral. Así describió la escena el periodista Juan Ramón Avilés en su crónica para el diario El Comercio de Managua: “La Catedral era como una montaña de duelo”.

De las inmensas columnas pendían listones negros, en las puertas el gran cortinaje de luto, en los altares el duelo sagrado. De las torres, descendían hasta el atrio luctuosos atributos. Iban a sonar las ocho de la mañana cuando el cadáver entraba por la puerta mayor.

Los apoteósicos funerales de Rubén Darío recorrió las calles de León. Miles se unieron. LA PRENSA/ CORTESÍA/ ARCHIVO

Los apoteósicos funerales de Rubén Darío recorrió las calles de León. Miles se unieron. LA PRENSA/ CORTESÍA/ ARCHIVO

Sonaron los clarines

El obispo Pereira, con traje violeta, salió a recibirlo, llevando en la diestra la bandera de luto de la Iglesia. Hizo descender la bandera sobre el cadáver, y en medio de un recogimiento profundo, se oyó el toque agudo de los clarines. En la nave central se levanta el blanco y severo catafalco.

Lo rodeaban cuatro columnas, cada una de ellas consagrada a una de las repúblicas de Centroamérica, hermanas en el dolor por la muerte del genio.

Sobre cada una de ellas, las coronas enviadas por las representaciones respectivas, coronas de los presidentes, de los congresos, de los ateneos. Y en el centro, junto a la cabeza del poeta, una alta columna cuadrangular, trunca: era la de Nicaragua, cuyo pabellón, inclinado sobre el cadáver, tenía un no sé qué de pena augusta, como si aquel trapo azul y blanco hubiese tenido un alma maternal… “A las cuatro y media de la tarde, la procesión, va de regreso a la Universidad”.

Al salir el cadáver por la puerta mayor, lo cobija un palio con los colores nacionales y se detiene. El público era una compacta muchedumbre.

El obispo Pereira subió a la tribuna y pronunció un discurso lleno de verdadera elocuencia. “Después siguió la procesión. Los altos dignatarios del clero, a distancia de diez o más varas el uno del otro, bajo capuchas blancas, iban paso a paso, cruzados los brazos, inclinada la cabeza, con las largas caudas sostenidas por acólitos y pajes”.

10 mil personas

Diez mil personas irían en la procesión que encabezaban tres carrozas simbólicas. Y al llegar a la Universidad, desde una de las ventanas de la casa del general Ortiz, el presbítero Azarías H. Pallais leyó su discurso admirable.
Este será, por cierto, el más recordado de los discursos pronunciados en los funerales de Darío. Según Edelberto

Torres, la tercera de las carrozas ostentaba la leyenda siguiente: “Al insigne nicaragüense español, los españoles nicaragüenses de León”.

El entierro

El entierro fue programado para el domingo 13. A las dos de la tarde, un cañonazo da la señal de partida a la multitudinaria procesión apiñada en los corredores de la Universidad.

El presbítero Félix Pereira se afana en organizar las delegaciones, tarea nada fácil por la cantidad de asistentes. Al iniciarse el desfile, cerca de las cuatro de la tarde, una bandada de inmaculadas palomas alzan su vuelo sobre el féretro y la concurrencia.

De todos los campanarios de las iglesias de León llegan los toques de profundo duelo. Desfilan las delegaciones con banderas de Argentina, Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica. Se han hecho presentes nutridos grupos de representantes de los departamentos del país y de los Ateneos.

Pasan los estandartes del Cuerpo Diplomático, del Cuerpo Consular, del Congreso Nacional, de la Sociedad Cultural de Obreros y de la Oficina Internacional Centroamericana. Los estandartes son más de veinte.

A la cabeza del desfile van los representantes de los Poderes del Estado, de la Universidad, los familiares del poeta, el alcalde de la ciudad y los magistrados de la Corte de Apelaciones. Los colegios y escuelas forman valla en toda la procesión.

Con el rostro descubierto

“El cadáver, nos narra Edelberto Torres, lleva el rostro descubierto y coronado de laurel, vistiendo un himatión griego, y es conducido en andas adornadas de blanco y azul, bajo un magnífico palio de flecos colgantes.

Los representantes de los gobiernos centroamericanos y de La Nación, de Buenos Aires, llevan las cintas negras que penden del catafalco.

A ambos lados, filas de canéforas con sus albos trajes y sus cestillas colmadas de flores van arrojándolas al ritmo de la marcha. El bello ritual pagano lo desempeñan las lindas leonesas Virginia González, Mercedes Fernández, Mercedes Ayón, Virginia Rojas, Estela Argüello, Anita Navas, Marina Argüello, Berta Castro, Amalia Argüello, Fidelina Castro, Leticia Argüello, Julia Barreto, Carmen Argüello, Margarita Argüello y Emelina Argüello”.

“El desfile sigue el curso de la procesión del Domingo de Ramos, y al pasar bajo el arco levantado cerca de la casa de la tía abuela Bernarda, se abre una granada de cuyo seno caen flores y versos, exactamente como en aquel

Domingo de Ramos de su infancia, en que sus versos cayeron al pasar el Jesús triunfal y fueron arrebatados por la multitud.

De aquellos papelitos con sus estrofas primigenias no se conserva ninguno, ni ellas se conocen, y por eso los que ahora caen de la granada tienen impreso el precioso poema A ti, de 1881, Yo vi una ave / que suave / sus cantares / a la orilla de los mares / entonó / y voló…”

Santiago Argüello orador

El último orador fue Santiago Argüello. Cerca de las seis de la tarde el féretro entra por la puerta principal de la Basílica Catedral.

Se escuchan los acordes de Marcha Triunfal, compuesta por Luis A. Delgadillo. El cadáver es llevado por la nave central hasta la gruesa columna que ostenta la estatua del apóstol San Pablo.

A los pies de esa estatua se ha abierto la cripta donde será depositado el cadáver del Príncipe. Primero es introducido en un ataúd metálico y luego en otro de madera.
Todo el proceso dura más de dos horas, sin que nadie se retire de la atiborrada Catedral. Al entrar el ataúd en su morada definitiva se oyó una salva de doce cañonazos.

Rubén Darío, Muerte de Rubén Daríoa

La tumba de Rubén Darío se encuentra custodiada por un león triste en la Catedral de León. LA PRENSA/ ARCHIVO

En la Catedral de León

Un león doliente, símbolo de la ciudad, descansará sobre su tumba en actitud vigilante. Se cumple lo dicho por el poeta español Antonio Machado en su poema A la muerte de Darío. En un severo mármol se esculpe la siguiente inscripción:

“Nadie esta lira taña, si no es el mismo Apolo,
nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan”.

Cabe observar que el verso de Machado en realidad dice: “Nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo”.
Hoy, quizás tanto homenaje, dibuje en nuestra cara una sonrisa benevolente. Pero, en el contexto de la época, los funerales de Darío fueron apoteósicos. Nicaragua y en particular la ciudad de León, rindieron a Darío los honores que merecía.

“Traté siempre de ser sincero, de decir con valentía mi verdad de hombre y de poeta”, afirma el propio Darío al final de la biografía escrita por Ian Gibson. Un testimonio tan humano jamás lo podrá derribar el tiempo.

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