El maestro

Hace algunos años le dediqué una de estas cartas a mi viejo amigo y maestro doctor Emilio Vargas Pérez, carta que provocó el entusiasmo de una amiga oyente llamada Isabel Sirias Montes.

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CARTAS DE AMOR A NICARAGUA

Querida Nicaragua: Hace algunos años le dediqué una de estas cartas a mi viejo amigo y maestro doctor Emilio Vargas Pérez, carta que provocó el entusiasmo de una amiga oyente llamada Isabel Sirias Montes. Ella me escribió emocionada por la carta que le dediqué al maestro Vargas Pérez.

Su carta, decía, me hizo regresar a esos días felices del estudiantado y vi desfilar ante mí a los profesores de entonces. Al doctor Ernesto Ruiz Zapata con sus rimas de Bécker, al doctor Leonardo Moreno, al padre Benito Oyanguren y en especial a mi muy querido profesor de matemáticas doctor Emilio Vargas Pérez. Luego expresa que si en muchísimos países del mundo se rinde culto al soldado desconocido que, con un fusil defendió a su patria, por qué no se le rinde tributo al humilde profesor que, con un libro en la mano y un gran corazón, supo formar a los profesionales, a los ingenieros, a los médicos, arquitectos, a todos aquellos que construyen una sociedad digna en una patria digna. Decía en su carta doña Isabel que los maestros son como las herramientas que se usan y se desechan cuando envejecen.

En realidad el maestro es, o debería ser, un apóstol. Yo recuerdo a todos mis maestros, de primaria y secundaria. Eran realmente pobres, sencillos. Hombres que nacen con esa vocación nobilísima de enseñar a los demás todo lo que ellos saben, que viven casi en el anonimato y a los que nadie les reconoce méritos. Sobre todo aquí en nuestro país en donde hemos vivido llenos de soldados y generalotes, nunca hemos sabido valorar el enorme sacrificio de ese maestro rural que gana una miseria o de cualquier maestro citadino que gana menos que cualquier oficinista medianamente calificado. Estamos hablando de maestros, no de negociantes de colegios y universidades. Hablamos de maestros por vocación no por cálculo ni por negocio.

Durante largo tiempo tuvimos y todavía tenemos la estatua de Montoya, el Soldado Desconocido. Está bien. Este dio su vida luchando por la patria. Y ¿por qué no una estatua al maestro anónimo, a ese que día a día entrega su vida por la patria y hereda esperanza y progreso a las generaciones futuras? Tuvimos durante largo tiempo una arrogante estatua ecuestre que el primer Somoza se hizo erigir frente al Estadio Nacional. Honor al fusil, a la prepotencia, a la dictadura, mientras en el parque San Antonio se levantaba la humilde estatua del maestro Gabriel y la excelsa educadora doña Josefa Toledo de Aguerri tenía un pequeño busto al lado norte de la vieja Catedral de Managua.

Hoy en día pasa lo mismo. Tenemos una enorme estatua de fierro y concreto para el guerrillero clandestino que levanta el fusil. Para uno liberador, para otros esclavizador. Una silueta de Sandino en el mismo sitio en donde los dictadores de todos los signos han tenido y siguen teniendo sus guaridas. ¿En dónde hay una estatua para tanto y tanto maestro de generaciones? En donde una plazoleta con el nombre de doña Josefa Toledo de Aguerri, o una aula universitaria con el nombre del padre Azarías H. Pallais, o del maestro Arnoldo Argüello Gil, o del padre Benito Oyanguren, o del poeta y maestro Juan de Dios Vanegas.

Pero no hablemos de estatuas. Hablemos de darle al maestro la dignidad que merece, salarios justos para una vida digna, reconocimiento a una labor en extremo generosa. Históricamente el maestro ha sido el símbolo de la humildad y la pobreza. ¿Por qué no tomar en serio el problema de la educación comenzando por elevar el salario de todos los maestros de la nación?
Somos un pueblo de poetas que también son maestros. No se sabe en dónde comienza el poeta o en donde comienza el maestro. Ya es hora de que los privilegiados en nuestra patria sean los que más le han dado: los maestros.

El autor es gerente de Radio Corporación y excandidato a la Presidencia de la República en 2011.

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