Siempre hay una nueva oportunidad

Con relativa frecuencia solemos oír decir: “Por favor, deme una nueva oportunidad”. La nueva oportunidad la pedimos todos

Jesús, vida

Con relativa frecuencia solemos oír decir: “Por favor, deme una nueva oportunidad”. La nueva oportunidad la pedimos todos: La pide el obrero a su patrón, cuando ve perdido su trabajo. La pide el estudiante a su profesor o a sus padres, cuando ve peligrar su cupo porque le han suspendido.

Se la piden los esposos, cuando ven que su matrimonio está pasando por graves crisis. La piden los hijos a sus padres, cuando estos han dejado de tenerles confianza. Todos deseamos una nueva oportunidad. A Dios también se la pedimos una y mil veces. Las oportunidades no se pierden. Cuando una puerta se cierra, otra se abre.

Jesús nos dice que Dios está siempre dispuesto a darnos esa oportunidad y ese momento decisivo, capaz de hacer cambiar nuestras vidas y salvarnos.  Dios constantemente nos está brindando ese momento oportuno de salvación:

Se la brindó a la Samaritana, la aprovechó y se salvó (Jn. 4, 1-29). Se la dio a la mujer adúltera, la aprovechó y cambió su vida (Jn. 8, 1-11). La tuvo Pedro, la aprovechó y lloró su traición (Lc. 22, 54-62). La tuvo el ladrón en la cruz, la aprovechó y ese mismo día gozó de la gloria del Padre (Lc. 23, 40-43).

La tuvo Pablo, la aprovechó y se convirtió en el más grande misionero del cristianismo (Hch. 9). La tuvo Judas, pero no quiso aprovecharla y se ahorcó (Jn. 13, 18-27).

Todos tenemos ese momento o momentos decisivos en la vida que solemos llamar “momentos de Dios”. Son oportunidades que Dios va poniendo en nuestro camino para que cambiemos de vida. Son momentos oportunos que nunca debemos desaprovechar. Dios siempre me dio una segunda oportunidad en la vida.

Son momentos en los que Dios se nos hace el encontradizo para brindarnos la salvación, como lo hizo con Zaqueo (Lc. 19, 5). Y Zaqueo, a raíz de ese encuentro con Jesús reflexionó y dejó que Jesús entrara en su casa y en su vida, y se salvó él y toda su familia (Lc. 19, 9-19): Zaqueo rompió con la corrupción de su vida y devolvió lo robado (Lc. 19, 8). Zaqueo dejó de mirar solo a su yo y empezó a compartir sus riquezas con los más pobres (Lc. 19, 8). Aquel encuentro de Zaqueo con Jesús fue el momento decisivo para su vida y, al aprovecharlo, “entró la salvación en él y en toda su familia” (Lc. 19, 9).

Todo encuentro con Jesús conlleva una invitación a un cambio: sin signos de cambio es imposible la salvación. La fe conlleva un estilo de vida que no concuerda con la corrupción ni con los falsos valores que hoy nos propone esta sociedad.

Cada uno de nosotros tiene en su vida muchos momentos decisivos que son auténticos encuentros y llamadas de Dios para nuestra salvación. Por eso, no dejes siempre cerradas tus puertas. Dios siempre está ahí haciéndose el encontradizo, como lo hizo con Zaqueo, para brindarnos su salvación. Sin embargo, nosotros puede que cerremos nuestra puerta para que él no entre.

A todos, adultos, jóvenes, niños, solteros o casados, Dios nos brinda constantemente nuevas oportunidades para que abandonemos cuanto corrompe nuestra vida y convivencia, y nos salvemos, como lo hizo con Zaqueo. ¡Mañana puede ser tarde!

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