Las sacerdotisas de la diosa Vesta

Vesta, hija de Saturno y Cibeles, es la diosa del hogar. Según el mitólogo francés Juan Imbert es una divinidad originaria de Frigia, en el Asia Menor.

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Mencioné en la columna anterior (La historia de Caco y Caca), a las vírgenes vestales, sacerdotisas de la diosa romana Vesta, cuyo equivalente en la mitología griega es Hestia.

Vesta, hija de Saturno y Cibeles, es la diosa del hogar. Según el mitólogo francés Juan Imbert es una divinidad originaria de Frigia, en el Asia Menor. Eneas, sobreviviente de la Guerra de Troya, la llevó a las tierras itálicas.

Unos cinco siglos después de la llegada de Eneas a Italia, cantada por Virgilio en su poema épico La Eneida, el rey Numa  erigió en Roma un templo consagrado a Vesta, en cuyo interior ardía un fuego que simbolizaba la defensa de la ciudad y la seguridad de los hogares.

En ese templo se guardaba el Paladión, antigua estatua pequeña de madera de la diosa griega Atenea, que cayó del cielo en Troya y se conservaba allí desde los tiempos de la  fundación de esa legendaria ciudad. El Paladión era símbolo de  la defensa y la seguridad de algo (la ciudad, la tribu, la familia, el hogar, la persona) y se guardaba celosamente en el templo de Vesta.

Vesta era una diosa virgen. Su animal asociado era el burro, porque una vez, mientras ella dormía en un prado, Mutinos (un dios menor que simboliza el poder fructífero de la naturaleza y se le representa como un hombre con un falo enorme y siempre erecto) pretendió violarla. Pero un burro que pastaba  cerca del lugar rebuznó ruidosamente, despertando a Vesta, quien pudo así escapar del agresor. En agradecimiento por tan valioso servicio Vesta adoptó al  burro como su animal emblemático.

El fuego del templo de Vesta no debía apagarse nunca, pues si se apagaba Roma podría ser conquistada. Del mismo modo,  el fuego del hogar siempre debía estar vivo porque si no la gente no tendría cómo calentarse ni preparar sus alimentos.

Según la leyenda solo una vez se apagó el fuego del templo de Vesta en Roma. Ocurrió en tiempos muy remotos, cuando la vestal Emilia, hermana de Rómulo y Remo, los fundadores legendarios de Roma, se quedó dormida durante su turno de cuidar el fuego y este se extinguió. Aterrorizada por el terrible castigo que le esperaba por haber dejado que se apagara el fuego de Vesta, Emilia imploró a la diosa que la salvara. Vesta iluminó el entendimiento de Emilia, quien rasgó su vestidura y arrojó un pedazo de tela sobre las cenizas. De inmediato, el trapo se encendió y el fuego del altar de Vesta volvió a arder.

Tan importante era el fuego del templo de Vesta que el encargado de velar por su mantenimiento era el Pontífice Máximo, el jefe del colegio de sacerdotes (pontífices). Al principio este cargo era estrictamente religioso y solo podían ejercerlo los patricios, o nobles, aunque se dice que en una ocasión un plebeyo logró desempeñarlo. Cuando llegó la época del imperio, el cargo de Máximo Pontífice fue asociado  al título de emperador,  se convirtió en una dignidad política y  el primero en ejercerlo  fue Octavio Augusto César.

Pero el Máximo Pontífice no podía cuidar él mismo que el fuego de Vesta estuviera siempre encendido. Para eso fue creado el Colegio de las Vestales, que al principio eran nombradas  por los reyes de Roma y  después por  los Máximos Pontífices.

Las vestales debían pertenecer a familias de la nobleza, ser las niñas más bellas y permanecer vírgenes durante su período sacerdotal de treinta años. Gozaban de respeto absoluto y envidiables privilegios. En asuntos de justicia su palabra era ley y cuando salían a la calle en procesión, si encontraban a un condenado a muerte en camino a su ejecución se le suspendía la pena. Pero la vestal que violaba el voto de castidad, hacía algo indebido grave o dejaba que el fuego del templo se apagara, era enterrada  viva como castigo. El verdugo la acostaba sobre el fondo de una fosa, ponía a su lado una lamparita, un poco de aceite, un pan y otro poco de agua y leche. Y después colocaba sobre el sepulcro una pesada losa que  sellaba herméticamente.

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