Managua 1972, crónica de un terremoto

Hace 44 años, el 23 de diciembre de 1972, Managua fue sacudida por un terremoto de 6.2 grados en la escala abierta de Richter que destruyó completamente la ciudad.

terremoto de managua 1972

Hace 44 años, el 23 de diciembre de 1972, Managua fue sacudida por un terremoto de 6.2 grados en la escala abierta de Richter que destruyó completamente la ciudad, y dejó un saldo de 10,000 víctimas.

LA PRENSA quedó destruida producto del movimiento telúrico y suspendió sus publicaciones por tres meses. Esta es la crónica que este rotativo publicó el 1 de marzo de 1973 escrita por el periodista Horacio Ruiz.

Un ensayo del juicio final

No hubo un ángel que avisara a nadie.

Aquella madrugada del 23 de diciembre de 1972, la capital de Nicaragua era una ciudad moderna, común y corriente, con un balance, pudiéramos decir, normal, de vicios y virtudes.

Si bien es cierto que muchos de sus habitantes bailaban continuamente alrededor de los becerros de oro, también es cierto que predominaba en esas horas el afán de celebrar una vez más la llegada del mesías.

Si bien es cierto que los incensarios al poderoso atosigaban, como todos los días, a los mismos que los balanceaban, y que las cajas registradoras habían tintineado furiosamente todo el día, la propiedad navideña y el antiguo sentimiento de hermandad, habían predominado también en las últimas horas de la ciudad condenada.

No tenía por qué haber en el ambiente la inminencia del fuego del cielo.

Y, sin embargo media hora después de la medianoche, el solo pestilente de todo lo malo que hay sobre la tierra azotó a los habitantes de Managua, y los dejó temblorosos, a la espera del juicio. Por lo menos una estatua de sal había caído.

Por horas y horas después de la sacudida, los habitantes de Managua bien podían, sin que se le tildara de locos, haber aguzado el oído a la espera de la trompeta. Si realmente habrá algún Día del Juicio, este fue el ensayo final.

En esa madrugada y los días que siguieron, todos los 400,00 habitantes de Mangua saborearon la muerte con plenitud. Millares no volvieron a levantarse. Los que sobrevivieron vivirán siempre con la sensación de que algo propio, algo vivo de cada quien, también fue sepultado con la ciudad.

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La experiencia más angustiosa

Millares vieron los techos doblarse sobre sus cabezas; las paredes explotar, las torres doblegarse y sintieron el polvo exprimiéndole las gargantas. O un peso sobrehumano invitándolos a rendirse para siempre. Algunos, lejos del centro del cataclismo, se lanzaron de los techos en una actitud, más o menos, rutinaria, de quien se dispone a capear un temblor más, solo que extraordinariamente fuerte.

En las horas que siguieron, todos en la cómoda habitación o en la choza marginada, iban a pasar por las experiencias milenarias de Pompeya y Acahualinca, juntas.

Terremoto
LA PRENSA/FOTOS CORTESÍA DE FRANCISCO LÓPEZ Y FAMILIA.

Horas después de aquel sacudimiento brutal, los habitantes de Managua iban a vivir la experiencia más angustiosa que un ser humano puede experimentar. La ruina, el fuego, las tinieblas, la sed, el hambre, el saqueo y el caos habían puesto sitio a la ciudad.

Imposible será a las generaciones futuras imaginar lo que vivimos los habitantes de Managua el 23 de diciembre de 1972. En la guerra la destrucción llega cuando todos han huido o se han refugiado. Es una desgracia prevista. En un huracán, los primeros vientos soplan advirtiendo, con relativa suavidad. En los grandes incendios se pueden huir. En un terremoto como el del 23 de diciembre de 1972 en Managua, todos sus 400,000 habitantes fueron lanzados repentinamente a un foso de angustia local. Al miedo del momento se sumaba el miedo del futuro. En segundos, todo se había convertido en nada.

En todos los rumbos de la ciudad, el que había escapado, corría hacia la calle sobre la tierra ondulante. Allí esperaba azorada que terminara aquel  baile mortal con la naturaleza. El gran temblor tuvo su formidable climax y se extendió por segundos interminables en una agitación febril; en un vaivén intenso y sostenido, hacerse difuso con el vuelo de las grandes nubes de humo. Por todas partes, la gente que había sido sorprendida en el centro por la conmoción, o se unía a los grupos que trataban de liberar a la gente atrapada, o emprendía el camino a sus casas, al trote a la carrera.

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Muchos hombres suplicaban, llorando a los que traban de avanzar en sus vehículos, que los adelantaran un poco hacia sus casas.

Hacia el cielo de Mangua subía una terrible sinfonía de gritos, gemidos y llamados de auxilio que podía oírse fácilmente por todas partes. Al crujido formidable del desplome de millares de estructuras, siguió ese gemido humano gigantesco que llenaba todo el aire y era transportado, en un sonido terrible, hacia todas partes.

La muerte, cosa común

Los nombres de las primeras personas muertas conocidas empezaron a surgir. Se sabía que había perecido fulano o sutano. Lo habían visto sepultado entre los escombros. Poco a poco, fueron surgiendo más nombres. Una madre lloraba la muerte de su hijo tierno, pero nadie parecía interesado en consolarla.

En las primeras horas, la idea de personas muertas pareció limitada, porque la información sobre los miles de víctimas circulaba lentamente. Dos horas después del gran temblor, un nombre u otro nombre; la mención de esta o aquella persona que había perecido, vino perdiendo,  poco a poco, relevancia.

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LA PRENSA/FOTOS CORTESÍA DE FRANCISCO LÓPEZ Y FAMILIA.

La idea de la muerte se acomodó en las mentes de los habitantes de Managua y el fallecimiento de alguien vino a ser sólo un detalle de un gigantesco cuadro, una cifra unidad a la gran mortandad.

Muchas personas trataron de avanzar hacia el centro de la ciudad y regresaron al no poder encontrar paso. Unos a otros se informaban que la destrucción y la mortandad había sido enorme, pero la imagen total, completa, de lo que había pasado, todavía seguía siendo limitada para todos.

Unos contaban que tal sector había sido arrasado. Otros decían lo mismo de otras zonas de la ciudad. Pero iba a ser hasta el amanecer que todos los habitantes de Managua pudieran darse cuenta de la magnitud del desastre que estaban viviendo.

A eso de las 2 de la mañana, el segundo gran temblor se abatió sobre la ciudad. Fue una remecida intensísima, que obligó a millares de personas a abrazarse unas a otras; a aferrarse a árboles y postes para no caer. Las hojas de los árboles sonaban en lo alto sacudidas con furia.

Fue el momento en que comenzó la vida al aire libre. Millares de sobrevivientes sacaron camas portátiles, colchones y sillas de toda clase para pasar a una larga temporada en las aceras y calles.

A esta altura, dos meses después, muchos siguen viviendo en las mismas condiciones.

El fuego

Como a las 3 de la mañana, los primeros resplandores del fuero iluminaron el cielo de Managua. Fue un amanecer tétrico, adelantado por la tragedia.

La Luna había empezado a opacarse, y la inmensa llamarada fue aumentado y aumentando. Algún tiempo después de haber aparecido en el cielo de Managua, el fuego dio la impresión de que avanzaría sobre toda la ciudad y consumiría sus escombros.

Los capitalinos se sentían cada vez más acorralados por la terrible serie de sucesos que se habían desencadenado. En medio de esta situación, que iba en un aumento terrible de tragedia, el fuego, a pesar de que amenazaba con exterminar todo, pareció ya ser cosa secundaria para los capitalinos. La destrucción sufrida era de por sí, suficiente desgracia. Haber escapado de la muerte permitía soportar mejor la amenaza de las llamas.

Entonces circularon las noticas de que el gigantesco incendio no podía ser apagado, ni se podía intentar apagarlo siquiera porque todo el equipo de los bomberos estaba aplastado.

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Poco a poco los habitantes de Managua fueron sumando, mentalmente, su desgracia: no se podía circular; no había agua; los alimentos estaban escasos; en medio de la oscuridad de la noche, los primeros hampones en busca de cosas fáciles que robar, empezaban a aparecer; los teléfonos  estaban muertos; todos los servicios de electricidad, luz pública, refrigeración habían desaparecido.

En horas, el habitante de Managua se sintió transportado de la comodidad de su cama, poco antes, a una situación infernal. Se sentía la sensación de un espantoso aislamiento, no sólo con el país, sino con el mundo entero.

Millares de nicaragüenses hubieran sentido un regocijo inmenso de oír una voz fortalecedora y que les diera ánimo a través de sus radios de transistores. La banda era recorrida  incesantemente de un lado a otro en busca de una voz amiga, pero sin resultados. Nunca un núcleo de población tan aterrorizado se había sentido tan solo.

Velas y funerales

Por todas partes, cuando casi iba a amanecer y los incendios parecían ser una sola hoguera de toda Managua, los cadáveres de personas que pudieron ser localizadas e identificadas empezaron a llegar a las casa de los familiares más cercanos o de los únicos familiares que tenían un lugar donde realizar una vela.

En las cuadras donde las casas habían quedado en estado más o menos  aceptable, pero poco a poco se fueron recibiendo cadáveres, para un tributo rápido. La magnitud  de la mortandad, vino haciéndose más clara. Los capitalinos, sin embargo, no estaban sino entrando solamente en aquel túnel de horrores.

Poco antes de que saliera el sol, el número de heridos había sobrepasado la capacidad que tenía los patios del hospital  “El Retiro” y seguían  amontonándose.

Se había agotado el plasma; se había agotado la sangre; las farmacias de los hospitales se habían destruido y no se podían entrar a ellas en busca de medicinas. Todas las farmacias de Managua habían sido destruidas también.

De pronto, todos los caminos se cerraban a la población de 400,000 habitantes. El agua empezó a escasear y la gente se aferraba a pequeños recipientes quedando un poco.

El amanecer

Una nueva escasez surgió al llegar la luz de la mañana; no había ataúdes. Difícilmente puede recibirse, en medio de una desgracia natural, una noticia impresionante: no hay en qué enterrar a la gente.

A las 6 de la mañana del 23, los niños empezaron a circular de nuevo. Era la agitación febril de intervenir. Se iba a un lugar en busca  de personas conocidas, familiares, amigos, para ver cómo habían salido del desastre. La frase ¡“se acabó Managua”! empezó a decirse por todas partes con profunda emoción de resentimiento, cólera y espantoso sentimiento de que no había nada que hacer.

En dirección al hospital “El retiro” sobre la avenida que lleva directamente a él, todas las casas, a ambos lados de la calle, se habían convertido en una formidable masa de tejas, reglas, barro y ladrillos.

Había secciones enteras en que los temblores convirtieron en montones de material pobre de construcción. Muchas personas, simplemente estaban sentadas en aquellos montones de tierra y piedras con la cabeza hundida en el pecho y el pelo cubierto de polvo como que hubiera encanecido de la noche a la mañana.

A las orillas de las aceras, bultos cubiertos con sábanas formaban filas. El viento de la mañana soplaba y levantaba ligeramente el velo sobre los rostros de ancianas, niños, hombres y mujeres.

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LA PRENSA/FOTOS CORTESÍA DE FRANCISCO LÓPEZ Y FAMILIA.

El gran dominio

Se preguntaba por fulano o por sutano. Una vecina le decía a la otra: “Ahí quedaron”… Era el anuncio de que tal o cual persona estaba tan profunda bajo los escombros que no habría manera de sacarla de allí. Las casas eran sepultura definitiva.

Las dimensiones del desastre podían palparse en la zona residencial de Bolonia, donde muros, techos, paredes enteras armadas para residencias sólidas, o estaban desmoronadas o presentaba innumerables grietas.

El Reformatorio de Menores, una estructura rectangular, se había deslizado de oeste a este, y parecía un enorme cepillo de los que se usaba antaño para raspar hielo.

Circulando alrededor de Managua, por el sur se podía llegar hasta las colonias del sector oriental.

En Bello Horizonte, los techos se deslizaron todos hacia el centro de las casa, en una sola dirección, casi matemática.

El reparto entero daba la impresión de un enorme juego de domino que hubiera sido revuelto por una sola mano, para empezar a ordenar las piezas. Algunos derrumbes resultaron  espectáculos sobrecogedores, por si solo.

En la calle “27 de Mayo”, pasando por filas y filas de casa derrumbadas, se llegaba hasta el viejo edificio donde estuvo el Seguro social, cuyos cuatro pisos habían ido a reposar, a reposar, en toda su extensión sobre la avenida, como el mazo de un naipe. Desde la Calle Colón, la gran loza que coronaba el nuevo edificio administrativo de Seguro Social. San Pedro sacaba una punta amenazante, en dirección a la Plaza.

Avionetas y humo

De pronto, un ruido distinto, desusado en esos momentos, surgió en el cielo. Una avioneta blanca sobrevolaba la ciudad. No era nada más que el primer vuelo de reconocimiento que realizaba un piloto, pero el ruido trajo un poso de satisfacción.

Hasta ese momento, los habitantes de Managua habían tenido la sensación de haber sido cortados de toda comunicación y cercados para el exterminio final, como en el Juicio. No era nada más que una avioneta, pero en aquel momento resultaba una señal de vida, una como ilusión de que los managuas teníamos comunión con algo, por insignificante que era, y que ese algo estaba separado de aquel panorama desolado y terrible.

Poco después, uno de los helicópteros del ejército voló de este a oeste en la misma misión de reconocimiento.

Los enormes incendios, aunque eran ahora más grandes que cuando se produjo el resplandor, solo se percibían por el humo ralo que subía al cielo. A una persona ansiosa de que la destrucción terminara allí se le podía ocurrir que el fuego se había apagado por si solo y era que el humo que subía era el que habían dejado las llamas sofocadas.

Pero eso no era verdad. El fuego ardía en manzanas y manzanas de Managua y avanzaba hacia el occidente, impulsado por el viento. “¿Llegará hasta aquí? , era lo que todos se preguntaban. Lo más tremendo es que eso era, en aquellos momentos, lo más probable.

“El fuego sigue avanzado y no se sabe hasta donde llegará”, fue el pronóstico de un bombero que cuidaba las ruinas del cuartel.

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Otra escasez aun peor

A las 7 de la mañana, los habitantes de Managua tuvieron otra sensación horrible: el combustible se terminó en los tanques de los automóviles y no había manera de rellenarlos.

La falta de fluido eléctrico impedía mover las bombas de toda la ciudad. Los cálculos mentales fueron rápidos: si no hay energía, no hay gasolina. Si no hay energía, no hay producción de gasolina. Si no hay ni energía ni gasolina, Managua no solo está destruida, sino que paralizada, si no hay energía, no habrá agua durante meses, y vamos a padecer sed.

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Transportarse vino a ser la otra gran pesadilla y el peor presentimiento. Si se agota el agua ¿Cómo ir a buscarla? Si hay comida y agua en otro lugar, ¿Cómo ir en busca de ella? Si se presenta una emergencia con un familiar en esta situación, ¿Cómo transportalo?, Pero eso no es todo: si se logra transportar a un familiar en estado de emergencia, ¿A dónde llevarlo? Y si se logra llevar, ¿A quién encargarle su atención? Y si se logra encontrar quién lo atienda, ¿Con que materiales va hacerlo esa persona?

Será mejor salir de Managua…pero, ¿A dónde? Y, sobre todo ¿Con qué gasolina? Las preguntas sin solución iban en una progresión espantosa, y todas terminaban en “una situación negativa, cerrada, sin solución”.

Vino después, la otra escasez: el dinero. Las dos gasolineras que abrieron en Managua, operadas manualmente, consumieron, junto con algunas compras urgentes de alimentos, el dinero del bolsillo de los nicaragüenses. Había amanecido viernes y la gente pensaba retirar fondos de los bancos ese día, para los gastos finales de Navidad. Pero todas las sucursales bancarias estaban destruidas. Cómo prepararse para una hambruna si no hay dinero, no hay transporte, ni hay dónde comprar nada.

Todas las necesidades esenciales de los habitantes de Managua parecían no tener solución.

Managua había sido, no solo destruida totalmente, sino también lanzada en un limbo de terrible impotencia, como una gran invitación a la desesperación.

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