Así contó un testigo la masacre de la Avenida Roosevelt del 22 de enero de 1967



Así contó un testigo la masacre de la Avenida Roosevelt del 22 de enero de 1967

Así contó LA PRENSA en la edición del 3 de febrero de 1967 la masacre del 22 de enero en la Avenida Roosevelt

22/01/2017

Esta fue la portada del 3 de febrero de 1967 de La Prensa. LA PRENSA/Uriel Molina

El 22 de enero de 1967 se llevó a cabo en la Avenida Roosevelt una marcha organizada por la Unión Nacional Opositora en la que miles de nicaragüenses exigían garantías de un proceso electoral transparente. No querían la continuidad de los Somoza en el poder. La manifestación  terminó convirtiéndose en una masacre. La Guardia Nacional, dirigida por Anastasio Somoza Debayle, quien además era candidato a la presidencia, reprimió a los manifestantes y el saldo fue de cientos de muertos. Aunque se desconoce con exactitud cuántos fueron, se calcula que al menos 200 personas fallecieron a manos de la Guardia Nacional.

En esos años, LA PRENSA vivía bajo censura y fue hasta días después que publicó testimonios sobre la masacre. Este es el relato de Salvador Cardenal publicado el 3 de febrero de 1967. Además, reproducimos la versión que ofreció la Guardia Nacional y que fue publicada el 6 de febrero del mismo año en LA PRENSA.

Los sucesos del domingo 22, tal como los vio el testigo Salvador Cardenal

El Sr. Salvador Cardenal Arguello, director de Radio Centauro, fue testigo presencial de los dramáticos sucesos del domingo 22 de enero pasado. Calificado como testigo cabal responsable, y con suficiente responsabilidad moral para ser incapaz de una mentira, el Sr. Cardenal Arguello relató ayer para LA PRENSA, en la siguiente forma, lo que vio y vivió ese día.

Personalmente nunca he sido un político activo, pero he simpatizado siempre con la oposición a la dinastía Somoza y si hace varios meses ingresé al Partido Social Cristiano y acepté ser candidato a senador en un lugar donde era matemáticamente imposible ganar, fue únicamente para ayudar con el pequeño grano de arena que podía significar mi nombre, a un partido que sostiene una ideología con la cual yo comulgo, desde mucho tiempo antes de que se fundara dicho partido.

Soy director de Radio Centauro, que ciertamente ha estado siempre haciendo campaña a favor de la Unión Nacional Opositora. La campaña ha sido intensa, como ha sido intensa de parte de las emisoras somocistas. Escribo estas memorias sobre los lamentables acontecimientos del 22 de enero de 1967 porque fui testigo presencial de ellos y porque como cristiano me siento obligado en conciencia a dar este testimonio de lo que yo vi.

La mañana del domingo

A las 9 de la mañana se congregó un enorme público en la plaza de la República, el cual fue aumentando a medida que el tiempo pasaba. Estábamos en cadena Radio Centauro, Radio Mundial que la encabezaba, Radio 590 y Radio Circuito de León.

Procuraré ser lo más minucioso posible en los detalles de todo lo que yo vi, pues los acontecimientos de ese día serán una fecha importante en la Historia de Nicaragua, y yo quiero dejar mi testimonio de hombre honrado.

Contra la habitual costumbre de las manifestaciones de la oposición, no hubo más que un solo discurso oficial: el del Dr. Fernando Agüero, el cual fue pronunciado antes de iniciarse el desfile por la Avenida Roosevelt. Antes de él y fuera de programa hubo unas pocas y cortas arengas de otros oradores.

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La médula del discurso del doctor Agüero fue una petición que hizo al Estado Mayor de la Guardia Nacional para conferenciar con los dirigentes de la Unión Nacional Opositora y pidió a los manifestantes extenderse a través de la Avenida Roosevelt hasta la esquina de la Casa Pellas, que según entiendo yo, topográficamente era una zona abarcada por el permiso de la Jefatura Política. Allí se debía permanecer indefindamente en un paro pacífico hasta que el Estado Mayor de la Guardia Nacional enviase una comisión para platicar con los dirigentes de la Oposición.

Paseo por la Roosevelt

Cuando la manifestación estaba bastante avanzada, comencé mi recorrido por la Roosevelt. Las emisoras de la Oposición que estábamos encadenadas, solamente transmitíamos marchas, pues ya no había posibilidad de hacer control remoto.

Marcha del 22 de enero de 1967. LA PRENSA/ARCHIVO

Recorrí la Roosevelt, creo que dos veces, desde el Parque Central hasta la esquina del Banco Nacional que queda frente al Banco Central. La multitud había rebasado la cuadra no comprendida en el permiso del a jefatura Política, es decir la que queda entre la Casa Pellas y el Banco central.

La orden de Agüero

Ya la Guardia Nacional estaba cubriendo la bocacalle de la Roosevelt colocada la primera fila casi exactamente siguiendo una linea imaginaria de la acera del Banco Central al otro extremo de la Avenida. Pocas varas más atrás estaba la segunda fila de guardias. Todos al mando de un teniente que se paseaba continuamente entre las hileras de guardias.

Por parte de los manifestantes estaba una camioneta con parlantes, donde varios jóvenes gritaban constantemente los slogans de la oposición. Es por eso que un poco después de las 12 del día, llegó el doctor Pedro Joaquín Chamorro, coordinador de la UNO, quien ocupando el micrófono se dirigió al pueblo diciendo más o menos las siguientes palabras: “Por orden del Dr. Fernando Aguero y de la dirigencia nacional opositora, se les ruega a todos que retrocedan unas 100 varas atrás hasta situarse en la esquina de la Casa Pellas. No queremos ningún roce con la Guardia Nacional. Ellos son nuestros hermanos y debemos evitar todo contacto con ellos. La lucha es contra los Somoza y esta es una resitencia pacífica indefinida. Porfavor retrocedan hasta la esquina de la Casa Pellas. Es una orden del doctor Agüero nuestro candidato”.

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Después que se retiró el Dr. Chamorro una cantidad numerosa de personas obedeció, pero otro núcleo fuerte no se movió. Yo me fui inmediatamente a Radio Centauro y transmití por tres veces la orden del doctor Agüero. Después me fui para Radio Mundial para que toda la cadena transmitiese la misma orden.

Al llegar allí me encontré con el segundo de la Jefatura de Radio y varios guardias armados, que estaban notificando que no debía transmitirse nada más sobre la manifestación, ni siquiera marchas. Yo le dije al capitán: “Ni se moleste conmigo, que ya estoy entendido y voy para la Centauro a cumplir sus órdenes”. Pero mi amigo, el capitán con el cual hasta tragos hemos tomado juntos, parece que no me creyó y me siguió. Entramos juntos a la cabina de locución. Yo tomé el micrófono y dije: “Por orden de la Jefatura de Radio suspendemos…” En ese momento el capitán me arrebató el micrófono y me hizo seña de que no siguiera hablando. También le hizo seña al controlista de que pusiera música.

El relato del testigo publicado en LA PRENSA  el 3 de febrero de 1967. LA PRENSA/Uriel Molina

Yo le protesté con educación diciéndole que lo único que iba a decir era que por orden de la Jefatura de Radio suspendíamos toda noticia acerca de la manifestación. Esto lo he hecho todas la veces que la Jefatura de Radio o la Dirección de Policía nos han suspendido noticieros, y nunca ni el jefe de Radio ni el Director de Policía me han protestado por ello.

Por lo que yo me formé el criterio de que estando como estamos, sujetos a un terrible Código de Radio y Televisión, por lo menos me daban el simple derecho de explicar al público que en cumplimiento de ese Código nos silenciaban. Pasado este incidente me fui a mi casa a almorzar pensando que la resistencia pacífica podría durar toda la noche, y ya a mi edad la hora de almuerzo se me estaba pasando. Inmediatamente después que almorcé volví a la Roosevelt y la recorrí lentamente, deteniéndome en diversos lugares.

En ese recorrido pude apreciar la alegría del pueblo. En una esquina el atabal y un gran grupo de personas bailando. En otra esquina un tocadiscos tocando música sobre todo el VIVA AGÜERO. Habían guitarras y marimbas. El espíritu era totalmente festivo. Caras alegres, mujeres sonrientes, niños contentos. Nadie se imaginaba que estábamos al borde del abismo.

La cuestión comunista

Ni en la plaza de la República, ni en la Avenida Roosevelt vi líderes comunistas conocidos por mí. En la plaza de la República estaba un letrero de regular tamaño de “Juventud Socialista Nicaragüense”. Otro más pequeño del “Frente Sandinista de Liberación Nacional” y un tercero aún más pequeño con texto marxista pero sin ninguna filiación determinada.

El núcleo que rodeaba estos letreros lo calculé en un máximo de 50 personas. Quiero hacer hincapié en que tuve mucho interés en examinar cuidadosamente todo lo que fuera comunista porque yo temía que los camaradas echaran a perder nuestra resistencia pacífica. En honor a la verdad yo no vi que hicieran nada. Alguno se podrá preguntar el por qué de ese temor. La respuesta es bien sencilla. Los comunistas se infiltran en todas partes. Como están infiltrados en la oficinas del gobierno. Y yo estoy seguro que el jefe de la Seguridad, en el fondo de su conciencia, sabe muy bien que hay más comunistas infiltrados en el régimen que en la oposición.

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Me acabé de tranquilizar al observar el orden absoluto que reinó durante todo el tiempo, antes que comenzara la masacre. Ni un vidrio roto, ni un letrero destruido, ni una teja fuera de su lugar. Y hasta me admiré que nuestro pueblo tan amigo del alboroto y del desorden, que aún no ha aprendido a ponerse en fila para comprar los boletos de cine, haya dado ese día una demostración extraordinaria de civismo y de orden.

Los disparos

Aproximadamente un poco antes de las 5 de la tarde llegué hasta la esquina del Banco Nacional que queda frente al Banco Central. Allí me detuve a observar. Vi que la mitad de la gente (era una apreciación aproximada) había obedecido las órdenes del Dr. Pedro Joaquín Chamorro, de replegarse hasta la Casa Pellas, pues había un gran bache desde un poquito antes de la Casa Mántica hasta la esquina de la Casa Pellas.

Los parlantes de la oposición que se habían reconcentrado hasta la Casa Pellas, estaban de nuevo allí, con un grupo de estudiantes sobre la tolda y situados un poco más atrás de la esquina del Banco Nacional. Los estudiantes todo el tiempo se estuvieron refiriendo a la Guardia y al Pueblo, que no queríamos roces entre pueblo y Guardia, que todos éramos hermanos. Era un llamado siempre a la cordura. Hablando en esos o parecidos términos vi también al Ing. Lacayo Fiallos, colocado exactamente entre la primera fila de guardias y los primero manifestantes, distancia que a lo sumo llegaba a dos varas. No puedo sí precisar a qué horas es que vi al Ing. Lacayo Fiallos.

La bomba de agua

Permanecí algunos minutos en esa esquina del Banco Nacional, y después me bajé a la pavimentada para ver mejor lo que había detrás de las filas de guardias nacionales. Me llamó la atención una bomba roja de agua que a la distancia no sabía si era el cuerpo de bomberos o no. ESA BOMBA DE AGUA NUNCA SE MOVIÓ MÁS ACÁ DE LA SEGUNDA HILERA DE GUARDIAS NACIONALES.

Me estuve unos pocos minutos más y vi que no sucedía nada anormal y pensé volver en mi recorrido hacia atrás cuando vi venir una camioneta con parlantes que se detenía aproximadamente en la segunda hilera de guardias.

Entonces me quedé donde estaba para oír qué decían por los parlantes. Me imaginé que era la disolución de la manifestación y con extraordinaria curiosidad seguí observando la bomba roja donde suponía que había agua pues pensé que esa sería la forma de disolver la manifestación.

Solo en el cine había visto esa forma civilizada de disolver manifestaciones y me pareció interesante ver la reacción del pueblo nicaragüense ante esos nuevos sistemas. También se me pasó por la cabeza que usarían bombas lacrimógenas. En esas cavilaciones estaba, pues el pensamiento es extraordinariamente cuando de la camioneta con parlantes salió una voz que dijo más o menos lo siguiente: “¡Atención señores! El permiso concedido por la Jefatura Política para esta manifestación expiró a las 4 de la tarde, por lo que se les ruega a todos retirarse pacíficamente a sus casa”.

Inmediatamente el pueblo en masa que estaba a las costillas, digámoslo así, de la Guardia nacional, con la cual habían compartido todo el día, gritó a una sola voz: NO! NO! NO! al mismo tiempo que agitaban las manos y las banderolas confirmando con el gesto la negativa de obedecer. Por segunda vez la voz del parlante repitió la misma conminatoria y la respuesta del pueblo fue igual: Un NO rotundo, a lo que se suma la voz de un joven, parado con el micrófono en la mano en la tolda de la camioneta con parlantes de los opositores. Habían más o menos apiñadas unas mil o mil quinientas personas.

Con mi experiencia de aficionado a la fotografía por muchísimos años de mi vida y con la aún más reciente experiencia de grabar jingles comerciales tengo un sentido bastante exacto de los segundos que transcurren en determinado período de tiempo. Y puedo afirmar que mucho antes de 30 segundos de la última conminatoria salida de la voz de los parlantes, sentí no una lluvia, sino un aguacero de balas sobre mi cabeza.

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Instintivamente me agaché poniéndome de espaldas y todavía pensé que eran al aire. Pero instantáneamente después se desató un tiroteo mientras yo lentamente buscaba cómo colocarme detrás de la camioneta que iba retrocediendo. Vi caer el primer muerto, luego otro, después otro y otro. La gente recorrió despavorida tratando de refugiarse pegándose a las paredes. Yo me lancé a media calle pues prefería morir de un balazo que ser víctima de la estampida como lo fueron algunas personas. Seguí retirándome con alguna lentitud y comencé a ver correr la sangre en el pavimento, en las cunetas y en los vestidos de los fugitivos.

Me encontré con una pirámide de mujeres, calculo que diez, unas encima de otras que por poco me hacen caer sobre ellas. Así logré llegar hasta la esquina del Invi sin ser atropellado y sin recibir ningún balazo. Allí me detuve buscando medio protección en la pared y volví a ver hacia atrás. Había varios muertos y heridos tendidos en el pavimento. Vi que la Guardia se replegó metiéndose una parte en el edificio de Novedades, creo yo, y otra parte en el parquéo que está detrás del Banco Central. Pensé que eso era todo, pero a los pocos instantes salió de nuevo la Guardia en plan de avanzar.

La Guardia avanzaba con lentitud, disparando. Creo que fue desde esa esquina del Invi donde presencié el gesto más impresionante. La parte pavimentada de la Roosevelt estaba casi desocupada, pues el pueblo se arremolinaba contra las paredes buscando protección.

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De pronto un hombre se lanzó a media calle con los brazos en alto y las manos tendidas gritando BASTA YA. Lo vi estremecerse y tambalearse al primer impacto que recibió en el pecho. Instantáneamente al recibir el segundo impacto el cuerpo se agitó y cayó de bruces sobre el pavimento. Un gran charco de sangre que pude apreciar desde donde estaba se extendió por la calle. Dos hombres corrieron a recogerlo.

Reacción del pueblo nicaragüense

Al estar en la acera del Banco Nicaragüense vi varias personas tirando piedras contra las vitrinas. Más adelante comencé a ver varias pistolas. Vi un rifle y luego una metralleta. Vi a la gente ensangrentada sentada en el suelo, no sé si muertos o heridos. Seguí mi mirada viendo cómo el pueblo quemó un automóvil. Seguían quebrando vitrinas.

Los que tenían armas seguían disparando. Muchos querían reiniciar los grupos pero la balacera seguía tan tremenda que tenían que disolverse. Comprendí que era una verdadera batalla y logré llegar hasta las cercanías del Gran Hotel. En ningún momento vi saquear ningún establecimiento, y dudo mucho que después de las 6 de la tarde en que logré llegar hasta las cercanías del Gran Hotel, haya sido posible un saqueo.

Nunca se supo la cantidad exacta de civiles muertos en la masacre. LAPRENSA/ARCHIVO

Quise seguir hasta el parque buscando la Centauro pues había notado que estaba apagada y quería saber si era por orden de la Guardia o por prudencia de mis empleados. Piquetes de guardias disparando por todas partes me obligaron a entrar al Gran Hotel de donde ya no pude salir más. Desde allí todavía logré hablar por teléfono con la Centauro y me comuniqué con el jefe de redacción de La Prensa en el Aire, Prof. Gustavo Montalván quien me comunicó que él por prudencia había ordenado apagar la radio. También hablé con mi esposa quien me dijo: “No te movás de allí”… sin saber la prójima lo que me esperaba por la noche.

Todo esto se lo narré bajo juramento a un sacerdote la madrugada del lunes y afirmo que ésta es la verdad de lo que yo presencié.

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Apelo al testimonio del propio Presidente de la República, Dr. Lorenzo Guerrero, al del Secretario de la presidencia, Dr. Gonzalo Meneses Ocón; del Dr. Juan José Morales, del Dr. Lugo Marenco, del Lic. Hernán Aróstegui, Secretario de información y Prensa y de otros más, personas todas del Gobierno, que me conocen bien y saben que soy equilibrado y de conciencia recta.

Versión de G.N sobre los sucesos del 22

La Guardia Nacional por medio de su oficina de relaciones, dio a conocer ayer una versión propia en relación con los sucesos del 22 de enero. La versión contiene los siguientes puntos:

Que la unidad contra incendio (bomba de agua) manejada por personal que no portaba arma alguna, positivamente avanzó hacia el frente de los manifestantes que ocupaban la Avenida Roosevelt a la altura del
Banco Central, habiéndose replegado hacia los lados y aceras de dicha avenida la tropa que componía el Primer Pelotón de Policías, para dejar paso a la unidad contra incendio.

Que cuando el personal de esta unidad inició las operaciones con las mangueras para echar agua, los manifestantes abrieron fuego con armas de diversos tipos y dispararon de distintos lugares, causando la muerte de los operadores de la Bomba de Agua.

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Que tal situación es evidente, pues de otra manera habrían sido del Primer Pelotón de Policías, los que hubieran recibido el impacto del fuego de los agresores y tenido más bajas en sus filas.

La Policía, después de hacer descargas al aire, se vio precisada a disparar contra los elementos ubicados en los árboles que bordean el Banco Nacional y hacia la prominencia de los edificios altos que dominan tal
área, para neutralizar el fuego que provenía de los francotiradores apostados en dichos sitios.

Un soldado de la guardia Nacional abatido a tiros. LA ESTRELLA DE NICARAGUA

Que es absolutamente infundado el número de muertos que se dice “fueron por lo menos 200 y según tengo informes fueron llevados y enterrados en zanjas comunes”, afirmación totalmente falsa. Los componentes de la Benemérita Cruz Roja Nicaragüense, con excepcional altruismo y grandeza de espíritu humanitario, exponiendo sus propias vidas, fueron los únicos que tomaron a su cargo el traslado respectivo de heridos y muertos (a los centros asistenciales y a la morgue) habidos en las filas de los manifestantes. Esa eminente institución es la que puede proporcionar cómputos verdaderos y fehacientes al respecto.

Compromete nuestra imperecedera gratitud y vivo reconocimiento el que los socorristas de la benemérita Cruz Roja y otras personas civiles hayan dado su valioso concurso para posibilitar la evacuación de las bajas que sufriera la policía.

Desmentimos enfáticamente la versión de que fueron enterrados en fosas comunes los muertos resultantes de los sucesos a que nos referimos, más bien estamos en capacidad de asegurar que estos fueron retirados de la morgue por sus familiares para su correspondiente sepelio.

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