Quitémonos la venda de los ojos

Las universidades nicaragüenses están a la cola en la región. Este resultado no debe sorprendernos, la calidad de la educación en Nicaragua, ya sea a nivel primario, medio, universitario o técnico, es deplorable. Punto.

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El día jueves LA PRENSA publicó un artículo sobre una clasificación de las universidades a nivel latinoamericano. El estudio, como lo dice el título del artículo, pone a las universidades nicaragüenses a la cola en la región. Este resultado no debe sorprendernos, la calidad de la educación en Nicaragua, ya sea a nivel primario, medio, universitario o técnico, es deplorable. Punto.

Hay que reconocer esa realidad si queremos comenzar a cambiarla. Y es fundamental cambiarla si queremos en realidad que la sociedad nicaragüense se desarrolle y que la mayor cantidad de ciudadanos pueda disfrutar de una vida digna.

Actualmente muchos nicaragüenses —y también extranjeros que nos visitan— se asombran porque a simple vista hay actividad en sectores como la construcción y el comercio, entre otros. Esa actividad se refleja en los números de crecimiento económico; pero debemos estar claros que ni esa actividad ni ese crecimiento bastan ni necesariamente conducen al desarrollo.

Antes de seguir, hay otra realidad a tomar en cuenta. El periodista Andrés Oppenheimer, quien se ha dedicado en los últimos años a estudiar las claves del desarrollo de los países, ha publicado en varios de sus libros que en la clasificación de universidades a nivel mundial, las latinoamericanas están entre las últimas. Entonces la situación es realmente preocupante, nuestras universidades están al final del grupo que va entre los últimos en el mundo. Si no se reconoce este hecho y no se empieza a diseñar planes y estrategias, y asignarles fondos, para hacerlas realidad, esto no va a cambiar.

Por eso es triste leer las declaraciones de funcionarios del Centro Nacional de Evaluación y Acreditación (CNEA), un organismo que todavía debe demostrar su efectividad y eficiencia.

La señora Maribel Duriez, presidenta del CNEA, dice que esas calificaciones se hacen con estándares muy altos. Esa actitud debería dejar a la ciudadanía fría de preocupación. Pero continúa la cita textual en LA PRENSA: “Esos rankings son hechos por las universidades grandes de los países desarrollados, Centroamérica no alcanza a llegar al ranking porque de hecho son rankings con estándares muy altos. Entonces América Latina no tiene estándares muy altos y a lo que aspiramos es a tener estándares regionales centroamericanos, vamos a ir paso a paso y se puede lograr”, dijo Duriez.

Aunque tiene razón en que se debe ir paso a paso, también hay que hacerlo en la dirección correcta. La afirmación está totalmente equivocada cuando justifica el pobre desempeño por los “estándares muy altos”.

La Universidad de Costa Rica aparece en esa clasificación como número 18 entre 300. ¿Cómo se coló la Universidad de Costa Rica entre las mejores de Latinoamérica? (que para mantener la perspectiva debemos recordar que es un grupo de países que no destacan entre las mejores universidades del mundo).

Pero la respuesta es clara: Costa Rica, aunque es un país con pocos recursos y una población pequeña, se ha venido desarrollando a través de las décadas porque ha puesto énfasis en la educación, y no en la universitaria sino en la primaria y media. No es casualidad que cuando se miden índices de desarrollo humano en América Latina, siempre aparecen entre los primeros lugares Costa Rica, Uruguay y Chile, países que le dan a la educación básica y secundaria la importancia primordial que merece.

Tampoco es casualidad que nueve universidades chilenas se encuentren entre las primeras 50 universidades del ranking. Y que la Universidad de la República del Uruguay ocupe el lugar número 39.

En Nicaragua las universidades tienen una educación politizada y deficiente, pero el problema más grande es que la base, la educación primaria y secundaria son desastrosas. Hay que comenzar a cambiar la educación desde los primeros años, si no es imposible lograr algún cambio.

Muchos en el país exponen con orgullo el índice de crecimiento de Nicaragua que se mantiene en un cinco por ciento y es “el segundo más alto de Centroamérica”, obviando la realidad que un cinco por ciento de crecimiento de la economía en Nicaragua genera mucho menos riqueza que un dos o tres por ciento de crecimiento en la vecina Costa Rica.

Tal vez el hecho de que muchos se enorgullezcan de ese magro logro y se atrevan a compararlo a otros crecimientos que en números absolutos son mucho mayores es otro reflejo de lo débil que está nuestra educación.

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