Un dictador posfáctico

Ortega es el dictador más mentiroso que ha existido en toda la historia política de Nicaragua, el campeón de la falacia y, desde esta perspectiva, su régimen puede ser considerado como una dictadura de la posverdad.

Ortega es el dictador más mentiroso que ha existido en toda la historia política de Nicaragua, el campeón de la falacia y, desde esta perspectiva, su régimen puede ser considerado como una dictadura de la posverdad, en el sentido que el Oxford English Dictionary atribuye a este nuevo vocablo: “Como lo relativo a, o que denota, circunstancias en que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de opinión pública que el recurso a la emoción y las creencias personales”.

El fenómeno político de lo que se ha dado en llamar posverdad coincide con el renacimiento y auge del populismo, pero lo que disparó las alarmas en el mundo desarrollado fue el Brexit y la llegada de Trump a la Casa Blanca. En Nicaragua, Ortega lleva más de una década poniendo en práctica una política de la mentira, posfáctica, para usar el término preferido por la Academia de la Lengua Alemana, en la que lo importante no es lo verdadero sino la apariencia. Vivimos en el reino de lo artificial, de las percepciones inducidas o fabricadas, de las imágenes que flotan en el plasma de la televisión y el celular; apariencia y emociones no en el sentido gracianesco o maquiavelano sino en el de aquel aforismo de Nietzsche, de que no existen hechos sino solamente interpretaciones. Lo posfáctico es la manera impúdica e impune, desfachatada y cínica de mentir, un discurso político cuya preocupación fundamental no es la coincidencia entre la realidad y las palabras sino agradar y narcotizar a los seguidores y creyentes.

No estamos ante el uso ocasional, o en situaciones límite, de la falsedad, o en campaña electoral, cuando ordinariamente se recurre a promesas exageradas que después no se cumplen. Estamos ante el uso del secretismo y la mentira como sistema de comunicación, acompañado, en nuestro caso, de la propiedad y el control de la mayoría de los medios y la manipulación de las cuentas, encuestas y estadísticas nacionales. No se trata simplemente de contar mentiras sino de convertirlas en la forma de procesar al mundo, en una narrativa impermeable a toda crítica o contradicción, como una burbuja autosuficiente en la que los acólitos encuentran seguridad, satisfacción y alivio a todas sus pulsiones y ansiedades. Un discurso que esconde, en la oscuridad de sus entrañas, el excremento de la corrupción, que alimenta al sistema y lo descompone al mismo tiempo.

La retórica de Ortega, restos de un antiguo naufragio, sumada a la cháchara de Rosario Murillo, manipuladora de los sentimientos religiosos, las frustraciones y los miedos, son una de las muestras más sórdidas y vomitivas de la vaciedad y charlatanería que caracteriza al bullshit político de la era de la posverdad de nuestro tiempo. Estulticia nada inofensiva y que, por el contrario, envenena y prepara a la juventud para futuros holocaustos.

Que Ortega es un dictador de la posverdad, o posfáctico, lo demuestra una vez más la última en la lista de sus grandes mentiras y megaproyectos: los 17,000 millones que, supuestamente, EE.UU. debe a Nicaragua, como indemnización por las actividades declaradas por La Haya contrarias al derecho internacional y llevadas a cabo por la Administración Reagan.

Ortega sabe que las probabilidades de que ese juicio pueda ser retomado, después de que Nicaragua desistió de los derechos que le otorgaba la sentencia, son remotas. Y que son aún más remotas las probabilidades de que EE.UU., no habiendo reconocido la jurisdicción de la Corte y habiendo ignorado el contenido de la sentencia durante más de treinta años, vaya a conceder indemnización alguna. Pero todo eso, para él y su público, no tiene la más mínima importancia: la cifra es mágica, suena como un talismán o ábrete sésamo que vendrá a solucionar los graves problemas de Nicaragua. Tan poco o menos que los hechos importa el derecho: para eso cuenta con juristas a sueldo, que se encargarán de hacer el teatro y justificar la decisión insensata. Lo importante es el efecto embriagador de esos 17,000 millones de dólares, que pueden llegar a ser 50,000 (el costo del Canal) por intereses moratorios igualmente inventados, en la mente de sus seguidores.

“Forma parte del horror de este mundo —dijo Theodor Adorno, cuando recibió en su exilio estadounidense la noticia de la muerte de Hitler— que la verdad suene alguna vez como mentira y la mentira como verdad”. La posverdad, o lo posfáctico, o la práctica de la mentira política en la era de la revolución en las comunicaciones, representa en los países desarrollados una patología social, una modernización regresiva, lo que Norbert Elías prefiguraba como procesos descivilizatorios, formas de regreso a la barbarie. La barbarie de la que nosotros pareciera que nunca hemos salido.

El autor es jurista y catedrático.

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