Doraldina Zeledón Úbeda

¿Y el ruido de las mascotas?

Una vecina tenía un hermoso perro, en un solar pequeño. Por asuntos de trabajo, lo dejaba solo, dos o tres días. Pasaba ladrando día y noche. Fue por poco tiempo, pues otra vecina habló con ella. El ruido terminó allí, posiblemente se trasladó a otro barrio.

No siempre es así de fácil. Algunas personas no se percatan de que el ruido que hacen sus mascotas afecta a los vecinos; otros creen que como están en su propiedad, pueden tener los que quieran, como quieran; y no aceptan que   se pretenda callar a los animales. También hay vecinos comprensivos.

Varios son los que se quejan por el ladrar de los perros y las fiestas de gatos en los techos (algunos se sienten con derecho hasta de matarlos). Es quizás uno de los problemas de ruido más difíciles, pues los animales no tienen conciencia de que sus sonidos sean dañinos. A veces, los dueños tampoco. Y los ladridos del perro pueden ser su forma de denuncia pública, por falta de condiciones.

Según la Ley 747, Ley para la protección y el bienestar de los animales domésticos y animales domesticados, los dueños de mascotas deben asegurarles que no sufran por hambre, sed, maltrato, malestar físico, dolor, heridas, enfermedades, miedo, angustia, ni abandono, proporcionándoles un alojamiento adecuado a su raza o especie (Arto. 53).

También deben evitar que ensucien las vías o espacios públicos, así como la molestia a los vecinos o la puesta en peligro de los que habitan a su alrededor. Quien tenga la custodia del animal será responsable de los daños y perjuicios que ocasione a terceros (Arto. 54).

Pero las leyes poco se conocen, y si reclamamos, a lo mejor nos tilden de invivibles, necios, insensibles, problemáticos; y no aceptarán que el perro cause daño. Y, entonces, los afectados por el ruido somos los del problema: ¿Será posible que les molesten los animales?, dirán. Y se tensan las relaciones vecinales. Es necesario buscar la manera de hablar.

Lo mejor es solicitarle de forma amigable, que controle a su perro. Si no hay resultado, le podemos mandar información sobre los efectos del ruido y lo que dice la ley, tanto sobre contaminación acústica como sobre la tenencia de animales. Si no hay respuesta positiva, valoremos si denunciamos o aguantamos.

Y como sabemos que el ruido, independiente de la fuente, puede afectar la salud, la tranquilidad, los derechos humanos, contaminar el ambiente, etc., entonces, podemos denunciar ante instituciones a las que les compete atender estos sectores.

Si decidimos hacerlo por ruido, podemos recurrir a la Alcaldía o la Policía y en el caso de falta de condiciones del animal, ante estas mismas instituciones y el Ministerio Agropecuario y Forestal. Tienen que ver, además, el Ministerio de Salud y el Ministerio de medioambiente. También está la vía penal.

Lo mejor es llegar a una mediación; si no amigable, al menos donde no quedemos de enemigos. No digo que sea fácil, pero también es agotador pasar meses en un proceso jurídico, y años con vecinos enojados.

Lo deseable sería informar y sensibilizar sobre estos temas y sus leyes, por medio de la educación ambiental y los medios de comunicación.

Y, dándole vuelta al asunto, ¿somos conscientes de que nuestro ruido, como pólvora, tambores, disparos, gritos, afecta a los perros?

La autora escomunicadora, ambientalista e impulsora de la lucha contra el ruido que daña la salud.

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