Sergio Ramírez y las mañanas

Si bien Nicaragua ha sido maltratada por la historia y la política, es en la literatura, escrita y cantada, donde se muestra lo mejor de su alma, de ese algo especial que habita en saberse un país de poetas y de sueños.

Durante un par de años he grabado horas y horas de conversación con Sergio Ramírez. Es un testimonio literario e histórico que alguna vez compilaré en forma de libro y audio. De todos esos testimonios, así como de las muchas conversaciones sobre literatura que hemos mantenido por más de 15 años, hay algunos momentos de su vida que me llaman poderosamente la atención. La primera, y quizá porque me gusta y me cuesta madrugar, es la del método que siguió como escritor para completar su novela más famosa en Nicaragua: Castigo divino.

Le robaba horas a la madrugada. Entonces era vicepresidente de la Nicaragua en medio de la revolución y la guerra con la contra. “Me levantaba a las cuatro de la mañana y escribía dos horas.

Después, me alistaba para ir al despacho de gobierno. Al mediodía, salía a hacer ejercicio, me duchaba, comía y otra vez a trabajar en la vicepresidencia. Muchas veces hasta la medianoche”, cuenta el propio Sergio. Todo ello cuando no tenía viajes de Estado.

¿Qué era tan fuerte para que uno de los hombres con más responsabilidad de gobierno de la Nicaragua de entonces se impusiese a sí mismo una disciplina tan rigurosa para contar la historia de un famoso envenenador de León? ¿Era acaso una vía de escape? ¿Una distracción ante la adversidad? Pienso que era algo más vital todavía: rescatar lo que quedara de sí mismo como escritor, lo que siempre había querido ser y hacer si no se hubiera cruzado por miedo la revolución y, claro, también las tentaciones del poder.

Lo consiguió. Pero aún tardó algunos años en creérselo. La política le fue expulsando poco a poco hasta que el contundente fracaso electoral del 96 le puso de nuevo en el camino de la literatura.

Después de Castigo divino, fueron Un baile de máscaras y Adiós muchachos, los libros que le consolidaron y le hicieron un mejor escritor.

Margarita está linda la mar fue la cumbre de su regreso a la literatura. Sin embargo, hay una obra de la última etapa de Sergio, una obra que escribió “por jodedera”, según dice, que me parece una de las mejores y la que al día de hoy empezaría recomendando a quien no lo hubiera leído nunca. Se trata de su novela Sara, una relectura de la historia bíblica con una buena dosis de crítica al machismo, una reflexión irónica sobre la fe y, en suma, una historia de lealtad entre una mujer y un hombre que avanzan por un paisaje desnudo y seco. Creo que, sin haberlo pretendido, le salió una obra maestra de pureza, que quedará para siempre.

Hoy las mañanas ya no empiezan tan temprano como entonces, pero aún las disputa a muchas otras distracciones para dedicarlas a escribir. Si uno llama a esas horas al teléfono de la casa de Los Robles, escuchará al otro lado un: “El doctor está en su estudio, escribiendo”.

Por las tardes, sin embargo, el estudio se abre a las visitas, reuniones de edición de revistas, entrevistas, etc. Durante muchas de esas tardes, desde hace más de 15 años, fundamos y elaboramos con Antonina Vivas y Sergio la revista Carátula. Y a ese equipo reducido de tres se nos juntaron luego dos compañeros ausentes: los grandes escritores fallecidos tan temprano Francisco Ruiz Udiel y Ulises Juárez. Con ambos, he brindado en secreto estos días por el premio de Sergio, porque lo habrían celebrado como propio.

Feliz coincidencia que haya sido en la misma semana que Claribel Alegría (“su majestad Claribel Alegría”, en palabras de Fran Ruiz Udiel) recibía el premio de poesía de manos de otra reina: Sofía.

Sabemos que ambos premios no solo se otorgan a sus autores sino a un territorio y a una literatura. Rubén Darío debe estar orgulloso de esta simiente de hijos tan brillantes.

Si bien Nicaragua ha sido maltratada por la historia y la política, es en la literatura, escrita y cantada, donde se muestra lo mejor de su alma, de ese algo especial que habita en saberse un país de poetas y de sueños. Aquí la palabra se vuelve el hombre y la mujer que caminan juntos en medio de paisajes tantas veces desolados. Y es allí, cuando nadie lo espera, donde empiezan a contarse las grandes historias de amor.

El autor es periodista.
sanchomas@gmail.com

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