Crítica de cine | Extraordinario

Nuestro crítico ya vio el estreno de cine Extraordinario. Le adelantamos que esta vez superó sus expectativas. ¿Usted ya la vió?

Las escenas promocionales de “Extraordinario” casi me convencen de no verla. El protagonista, Auggie (Jacob Tremblay), es un niño que nace con malformaciones faciales, producto de un desorden genético conocido como síndrome de Treacher Collins. Anticipaba el chantaje emocional de productos oportunistas: castigarnos con el sufrimiento de Auggie, solo para felicitarnos después por estar de su lado. Para sorpresa mía, la película se revela como un drama familiar sensible e inteligente que se gana cada lágrima que provoca.

Auggie se presenta en primera persona. Su narración recapitula su vida hasta el momento en que inicia la película. Nace como el segundo hijo de Nate (Owen Wilson) e Isabel (Julia Roberts), hermano menor de Olivia (Izabela Vidovic). El tono cómico de la escena del parto cambia cuando posan sus ojos en él —nosotros no lo vemos—. Más de veinte operaciones y diez años después se revela ante nosotros, primeramente cubierto con un casco de astronauta de juguete, así crean anticipación por el momento en que veremos su rostro. Después de años de estudiar en casa, protegido de la lástima y la crueldad de los demás, sus padres deciden matricularlo en una escuela.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine
Juan Carlos Ampié, crítico de cine

La sobreprotección de los maestros y el recelo de los compañeros se manifiestan de formas esperadas. Auggie lo soporta, apenas. Y justo cuando creemos que ya sabemos como funcionará la película, el punto de vista cambia a otro personaje. Como en una carrera de relevos, Olivia pasa a controlar la narrativa, poniendo en perspectiva como el predicamento de su hermano la manda a un segundo plano en la dinámica familiar. El aislamiento que el niño sufre es tan lacerante como el que experimenta Olivia cuando su mejor amiga, Miranda, regresa después de las vacaciones de verano con aparente intención de sacarla de su vida.

El gran director francés Jean Renoir dice en “Las Reglas del Juego” (1939) que “lo más terrible de la vida es esto: cada quien tiene sus razones”. Esa máxima rige el espíritu de “Extraordinario”. No he leído el libro original de la escritora RJ Palacio, que se convirtió en un best seller del New York Times, en la reciente bonanza de literatura para “jóvenes adultos”. No sé si la efectiva estructura episódica proviene de ella o de Chbosky. Pero no importa. Venga de donde venga, el efecto de la película es conmovedor y humanista.

La acción se desarrolla en un mundo real y reconocible. Los personajes no viven en una utopía donde todo el mundo pertenece a una ideal clase media. Jack (Noah Jupe), el mejor de amigo de Auggie, es un estudiante becado. El estatus social de Miranda se tambalea por el divorcio de sus padres. Desde el condominio estéril que comparte con su madre alcohólica, piensa con añoranza en la acogedora casa de Olivia, un paraíso del cual ella misma se ha expulsado. Auggie y su familia pueden ser burgueses bohemios, pero Isabel tuvo que dejar su carrera para dedicarse tiempo completo a educar a su hijo.

No debería extrañarme que el director presente un trabajo de este calibre. Chbosky irrumpió en el radar de Hollywood con “The Perks of Being a Wallflower” (2012), una de las mejores películas juveniles de los últimos años. “Extraordinario” supone un premio y desafío: trabaja en el género que probó dominar, pero ahora debe hacerlo con estrellas de alto calibre. Wilson y Roberts funcionan mágicamente en el contexto de una historia coral, sin acaparar la escena. Él queda limitado en el territorio del alivio cómico, pero Roberts aprovecha al máximo su tiempo en pantalla. Ojalá encuentre la forma de actuar más.

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