Aires de Navidad

Los cánticos “hendelianos” son sensibles. El Mesías (1742) y otros menos oídos, Esther (1735), Saúl (1739) y el Oratorio de Navidad (1734) forjan cumbres

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La música sacra motivada por el advenimiento del Señor se torna siempre vivificante y espigada en sus vuelos por la recepción sonora, por la majestad que rompe la temperatura del silencio. Cala alrededor de una tradición firme e imperturbable ante cualquier intento de disminuirla. Oírla en esta época del año promueve la incorporación del ofertorio, de las misas, de los villancicos, de las pastorelas, de los sones de Pascua. Para fortuna del gozo durante el mismo mes de Diciembre ocurre una doble, una dichosa manifestación que la hace prolífica en los cantares: los trovas a la Virgen María que festejan a la madre del Redentor en una gritería eufórica bendecida por la excitación oral que vino modulada por la influencia española, lo cual tampoco descarta su alto grado de tipicidad y de autenticidad en la conducta mística criolla.

La efemérides del nacimiento invita a vivir —aquí y allá— la alegría. Para ambas ocasiones —dolores para la madre y el hijo— hay música nacida del ingenio del autor nicaragüense con el estilo revelador de su originalidad. La música lo incluye todo en cada uno de sus movimientos y deja ritos vinculados con la devoción aunque respingue la mixtura de lo pagano y de lo divino.

Para ir derecho al patio donde se han sembrado tantas semillas melódicas propias de la inspiración, no cesará la mención renovada de Luís Abraham Delgadillo (1887-1961), de Alejando Vega Matus (1875-1911), quien nos dejó una misa para ser cantada en la misa del gallo con aderezos orquestales del clarín-fanfarria con su gloria que permite disfrutar el airoso impregnado del éxtasis y de la ortodoxia de los tiempos que estuvieron antes que el suyo, y de Carlos Alberto Ramírez (1882-1976), quizá este último el más intenso especialista del género sacro. La calidad de los citados —y faltan otros— como Pablo Vega, Fernando Luna y Manuel Ibarra ocupan también un lugar en la silla de la perdurabilidad y de la interpretación que ha dejado constancia de la obra creada principalmente por la generación contemporánea de los suyos que han sabido guardar el tesoro sobreviviente de la solfa original. Fuera del patio en la riqueza universal se oye al nivel del Mundo el oratorio.

Los cánticos “hendelianos” son sensibles. El Mesías (1742) y otros menos oídos, Esther (1735), Saúl (1739) y el Oratorio de Navidad (1734) forjan cumbres en la recepción piadosa. Juan Sebastián Bach tiene también su oratorio de Navidad concebido para oírse en la función festiva. Por eso sentirlo aún en la esplendidez poco común de la soledad, justificará siempre una perenne recomendación. Puntualizo en Bach: se juntan seis cantatas colocadas en el ciclo, estampadas en la lujosa diversificación de la genialidad de contar con tantos recursos para hacer expansión de la melodía.

Estas seis cantatas están listas para lucirse en Navidad y para la Epifanía con la tendencia de tener un cósmico pronunciamiento cuando la ventana queda abierta oral y melódicamente, pudiéndose verse al cielo desde la tierra. Más que un oratorio es la revelación colorida de un himno al advenimiento. Sonidos solemnes, timbales. Instrumentos de metal incisivos en el transcurso del apogeo coral con el énfasis en la proclamación de la gloria de Dios. Se canta ante la evidencia del Paraíso con la atención medular de darle tributo a la humildad. Un homenaje al triunfo de la “nueva buena”.

El autor es periodista.

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