Alejandro y Enrique

Hay ahora, una gran diferencia cuando dos hermanos, que apartando sus profesiones y quizá muchas de sus alegrías familiares, se han empecinado en enseñar la historia de Nicaragua a como deberíamos de aprenderla

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En la escuela, recitábamos de memoria los pasajes de historia enfrente del profesor.
No había análisis, no se meditaba, simplemente se aprendía, como lora diría yo, lo que decía el texto muchas de las veces poco didáctico.
Un error fundamental para las futuras generaciones del país.

Estudiando eficientemente historia aprendemos para el futuro y lo que nos espera. Podríamos modificar nuestras actitudes y comportamientos mejorando y haciendo más fácil el vivir de nuestras comunidades y el de nosotros mismos.

Si comprendiéramos a profundidad por qué pasó esto o aquello antes de nuestra existencia, evitaríamos la pobreza y la debacle en que hemos vivido desde hace aproximadamente cinco siglos cuando se comenzó a conocer historia. Mal escrita, porque es difícil decir equitativamente y sin tapujos lo que ha pasado y porque mucho se ha perdido de ella.

Pero aunque malo, debemos aprender historia o al menos escrutinizarla y saber por qué pasó esto o aquello, cuáles fueron los problemas que lo causaron y cómo podríamos enderezarlos para que no nos vuelvan a dañar.

Hay ahora, una gran diferencia cuando dos hermanos, que apartando sus profesiones y quizá muchas de sus alegrías familiares, se han empecinado en enseñar la historia de Nicaragua a como deberíamos de aprenderla obligatoria y concienzudamente desde el primer día de escuela.

El doctor Alejandro Bolaños Geyer ya fallecido, y del cual en una simple tarde de las muchas que tuve el honor de platicar con él en su modesta casa en St. Charles, Missouri, aprendía más historia de la que había leído por muchos años. Y, actualmente, su hermano el ingeniero Enrique Bolaños Geyer, con quien hasta el día de hoy no he tenido el placer de conversar, pero sí que he leído con bastante admiración su último libro La lucha por el poder.

No hay dudas, pensé, estos no son hermanos de sangre, son historiadores gemelos.
El libro, que gracias a la generosidad de su sobrino Julio Velázquez llegó a mis manos con una dedicatoria de su autor, debería de ser un texto de enseñanza para todos, estudiantes y no estudiantes, aunque ya estemos llegando al ocaso de nuestras vidas.

En él hay plasmadas de una manera didáctica y bien organizada lo que nos ha hecho llorar y reír, lo que nos ha hecho matarnos, darnos la mano con la derecha y tener la izquierda con la guatusa en la espalda. En fin, lo bueno y lo malo. Lo güegüense y lo que los genes de Diriangén, Nicarao, Adiac, Gil González, Pedrarias, Zelaya, Sandino, Somoza y Ortega nos hablan.

Es además de un profundo análisis crítico y sociológico, una forma antropológica de ver la historia.
Oigo, al leer en sus páginas, las palabras sabias y proféticas de su hermano Alejandro.

Escribir historia muchas veces duele. Tener que decir algo que no nos gusta, pero que lamentablemente así sucedió. Decirlo de alguien que fue nuestro pariente, quizá de un amigo cercano a la familia o del que creíamos noble y bueno, y del que de pronto realizamos que no es o no fue así.

Se te resiente la mano para escribirlo, pero hay que ponerlo y a veces con dolor del alma en las páginas de nuestra historia para que las futuras generaciones juzguen y aprendan.
A los historiadores gemelos, a como yo cariñosamente les llamo, no les ha temblado el pulso para hacerlo, ni han escatimado el tiempo para buscar, investigar y luego palpar les duela o no, lo que han encontrado y comprobado.

El doctor Alejandro Bolaños Geyer, cuando me miraba cierto recelo de duda, acudía a sus gavetitas de oro —a como yo les llamaba por su valioso contenido— en el sótano de su casa y me sacaba no una, sino varias referencias que sustentaban lo que me decía. Su risa de satisfacción al verme boquiabierto jamás la olvidaré.

Era un excelente y bien documentado científico y no dudo que su hermano lo es también a como lo demuestra con este libro.
Dios y la patria se los agradecerán. Ellos lo supieron y lo saben, pero lo han callado por la modestia que llena sus corazones.
Todo mi aprecio y agradecimiento a los historiadores gemelos don Alejandro y don Enrique.

El autor es médico.

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