La mala hora de Pedro Joaquín Chamorro

Lo buscaron para matarlo varios días, hasta que lo hicieron en la calle. La crónica de los minutos antes y después del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro.

10/01/2018

Pedro Joaquín Chamorro. LA PRENSA/Archivo

Era 1978, enero. El asesino desistió de matarlo en la iglesia Las Palmas, en Managua. El plan urdido por Silvio Peña para asesinar al doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal se llevó a cabo días después.

El nuevo tirador fue traído desde Poneloya, en el occidente del país, para llevar a cabo la misión que no habían realizado. Recibió instrucciones el 9 de enero en uno de los últimos episodios del complot contra el conocido periodista y opositor del régimen de Somoza. Peña pidió dinero entre los enemigos de Chamorro.

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El crimen conmovería al país. Peña prometió que el escándalo pasaría rápido y que los implicados serían protegidos por un funcionario leal al régimen: el poderoso Cornelio Hüeck, el cerebro político y legal que había permitido la reelección de Anastasio Somoza Debayle para un segundo período.

Ofreció también casas que serían donadas por Fausto Zelaya, presidente del Instituto de la Vivienda, denunciado por corrupto en LA PRENSA.

Crítico de la corrupción

La mayoría de los denunciados en el diario eran funcionarios a quienes Somoza Debayle destituyó obligado por la presión pública en diciembre de 1977, después de meses y meses de publicaciones.

En aquellos años se destapó en este periódico la corrupción del régimen que tocaba al tirano, quien desde el 27 de diciembre de 1974 —cuando un comando sandinista se tomó la casa de un funcionario del Gobierno— controlaba cada letra que se publicaba en el periódico de oposición.

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Era tal la severidad de Somoza Debayle que incluso había obligado a publicar un comunicado oficial, a raíz de la toma de la casa de su funcionario, en el que se señalaba a Chamorro de estar implicado, aunque públicamente no apoyaba al Frente Sandinista.

Lo peor del caso es que ni siquiera le habían permitido defenderse en su diario. Fue en ese contexto, explicó en 2007 el veterano periodista Danilo Aguirre Solís frente a su máquina de escribir Olympia —esperando las notas del día en su oficina de director de El Nuevo Diario— que ocurrió todo. Aguirre murió en 2015.

El rastro de los Chavarría

El reparto La Providencia, en León, tenía un nombre apropiado para los pobres que vivían allí en el año 1978. En esas paredes sostenidas con cartón y ripios muchos todavía podían creer que Dios les iba a hacer el milagro de sacarlos de la pobreza.

Allí vivía una familia acomodada, numerosa. Seis hermanas, la madre de todas ellas, Emelina Chavarría, y su único hijo: José Ramón Acevedo Chavarría, un estudiante de Medicina que entonces tenía 23 años. Era hijo de un terrateniente de Poneloya, asesinado el 13 de abril de 1966 por vendettas con otras familias.

En ese choque entre armados murió José Ramón (padre) y por poco matan a su hermano y tío del único varón de esta casa de mujeres: Domingo Acevedo Chavarría; que si lleva los mismos apellidos del sobrino es por una burla a las buenas costumbres de su hermano que se casó con una prima de ambos.

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“Nadie moría de muerte natural entonces, la mayoría de gente moría a los 40 porque alguien lo cueteaba, todo mundo andaba al mejor estilo del oeste, todo mundo con pistola y escopeta. En ese ambiente crecieron ellos, los Acevedo Chavarría”, dice José Ramón, médico, con bigote de brocha.

Aquella mañana, el estudiante de Medicina estaba en su casa junto con su novia cuando escuchó la noticia que se iba repitiendo en todas las casas a medida que recorrían el barrio.

Pipiripipipí… El ruido irrumpía aquella ventosa mañana del 10 de enero: “¡A-SE-SI-NA-N! ¡A-SE-SI-NAN! ¡Asesinan al doctor Pedro Joaquín Chamorro en las calles de Managua! Dicen que fue Somoza el que lo mató. Dicen que fue el Chigüín el que lo mató”, repitió el locutor.

Parte de la familia Chamorro Barrios. Violeta Barrios de Chamorro, Cristiana Chamorro, Pedro Joaquin Chamorro y Claudia Chamorro. LA PRENSA/CORTESÍA

José Ramón pensó lo peor: “¡Se cagaron en Nicaragua, él es la cara más pública de la oposición!” Esa misma tarde es casi seguro que, como miles de ciudadanos de este país, leyó LA PRENSA con un titular que decía todo en medio de la expectación generalizada: “¡Mandaron a asesinarlo!”, la foto del cadáver de Chamorro perforado por los perdigones de escopeta y, cuando vio la imagen y oyó a sus compañeros quejarse y decir airados pestes de la dictadura, no sabía que el relámpago de las críticas alcanzaría a su familia.

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Cinco minutos antes de las 8:00 de la mañana del 10 de enero, Edmundo Jarquín marcó el teléfono que conocía desde hacía años y escuchó casi de inmediato la voz de su jefe y amigo. El doctor Pedro Joaquín Chamorro le respondió desde su oficina en la casa y le orientó que lo esperara en el Diario LA PRENSA.

Chamorro se despidió de su nieta Valentina, salió de su casa en su carro nuevo café, placa MA-2C454, marca Saab y cogió rumbo al periódico, agarrando la Carretera Sur y enrumbándose luego a los escombros. Jarquín llegó antes. “Yo lo llamé porque quería estar seguro que iba a ser puntual, porque el día anterior cumplía 78 años doña Margarita Cardenal, su madre, e iba a haber tragos, una cena familiar”, cuenta Jarquín.

“Fue un atentado”

Al principio creyeron que era un accidente. El jefe de Redacción de LA PRENSA, Danilo Aguirre, agarró su carro, montó a su amigo el periodista Ernesto Aburto y salieron con rumbo donde en este tiempo están las instalaciones de la Asamblea Nacional.

Probablemente el capitán Rigoberto Mayorga y su ayudante Oscar Morales, del Benemérito Cuerpo de Bomberos, recibían la llamada del aviso que hizo un señor llamado Ervin Urroz, de acuerdo con el reporte oficial en que se consigna incluso el número de teléfono: 60443.

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Cuando Aguirre llegó al lugar del crimen, ya el vehículo conducido por Mayorga llevaba al hombre herido en el pecho y los brazos por tres escopetazos hacia el Hospital Oriental, hoy Manolo Morales.

Fue cuando Aguirre se encontró con la señora que hacía las páginas de Sociales en LA PRENSA, quien lo ubicó inmediatamente. “No fue un accidente —le dijo llorando— fue un atentado”.

Disparos mortales

El vidrio del lado derecho del vehículo estaba en pedazos. Allí había disparado Domingo Acevedo Chavarría. “El dicente (Silvio Vega) miró que lo apuntó y volteó la cara para no ver el crimen, pero que oyó los tres disparos que le hicieron al doctor, que estos los hizo Domingo”, reza el informe de la declaración de Vega ante la primera judicatura de Policía de Managua.

A las 8:00 de la noche del día siguiente, el sobrino e hijo de crianza de Domingo Acevedo, José Ramón, encendió el televisor en su casa en el reparto La Providencia. No hubo esa noche providencia alguna que escuchara a esta familia.

El coronel de Policía, Luis Ocón, juez de Policía de Managua de la Guardia Nacional, que además había llevado a los asesinos delante del dictador, presentaba uno a uno a los implicados.

Aquella era una galería un tanto extraña. ¿Cómo había coincidido Peña, el mentiroso, con el cambista Silvio Vega, quien tenía un feo pasado en el negocio de ruletas? ¿Cómo habían coincidido ambos con Harold Cedeño, un joven recién casado; con Domingo Acevedo y un hijo de este Juan Ramón Acevedo Medina que lo acompañó al momento del asesinato?

El féretro que guardó los restos mortales de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal fue cargado en hombros del pueblo después de salir del hospital Oriental. La bandera de Nicaragua cobijaba el ataúd. LA PRENSA/ARCHIVO

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Se sintió contrariado, porque la imagen que siempre mantuvo mientras vivió su tío era la del hombre que había sido fino con él, pese a tener 43 hijos regados por todo occidente. Además era un personaje conocido en la ciudad que participaba en celebraciones religiosas en el pueblo.

“Para mí era imposible que estuviera involucrado en un acontecimiento como este, yo me hacía la pregunta de cómo Anastasio Somoza mandaba a traer a un hombre campesino para que hiciera un trabajo que podían hacer cualquier mercenario de la Guardia Nacional”, opina José Ramón Acevedo Chavarría.

Sin embargo, los periódicos dijeron otra cosa. “En León era conocido —afirmó LA PRENSA— como un finquero con posibilidades económicas, no rico. Tiene en su haber un deshonroso expediente de haber sido miembro de la Patrulla Fatídica que conformó el extinto coronel Ángel López, para exterminar campesinos en occidente (…). Era activo de los Frentes Populares Somocistas”.

Después del crimen

En las horas que siguieron el crimen, dos patrullas llegaron a la casa de este hombre, ubicada junto a la finca del diputado Francisco Argeñal Papi, en Poneloya. Las patrullas también se multiplicaron en las casas de sus hermanos y pronto yacían presos Antonio, Pedro, José María y otro hijo de Acevedo Chavarría. Domingo empezó a ser conocido como Cara de Piedra desde que los lectores abrieron el Diario y vieron aquel rostro pétreo, inexpresivo.

En enero de 1978, en la Universidad de León, donde estudiaba Medicina José Ramón, había inconformidad como en el resto del país. El mismo día del asesinato, muchos manifestantes con retratos de Chamorro en sus manos quemaron el edificio de Plasmaféresis del cubano-norteamericano Pedro Ramos, ubicado frente al sitio donde estaban los hilares El Porvenir de la familia Somoza y donde hoy se ubica una zona franca al oeste de los semáforos de La Robelo.

Fue a Ramos a quienes los asesinos materiales acusaron de facilitar la suma con que se pagó el crimen (unos 14,285 dólares de la época) y quien había sido denunciado en LA PRENSA como socio de Somoza en esta empresa que le compraba su sangre a los borrachos y mendigos.

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La posición sobre este caso de Chamorro Cardenal quedó bien clara en un editorial publicado bajo el título Detrás de la sangre el 18 de noviembre de 1977. “Todos sabemos, repito, quién está detrás de ese lucrativo y despreciable negocio, cuya base es la explotación de la necesidad social”, aseguró.

“Le extraían el plasma a la sangre de picaditos y luego le volvían a inyectar la sangre sin plasma. Ese plasma era patentado en Miami y seguía siendo caro. Era un negocio redondo, aquello parecía un hospital de Drácula. Pedro Ramos había acusado a Pedro. A los picaditos les daban por una pinta, que es más o menos medio litro de sangre, el equivalente a tres dólares y medio, unos 25 córdobas”, recordó Aguirre Solís.

“Pedro era como una especie de confesor político —agregó Aguirre al recordar las manifestaciones populares—. (Los somocistas) no se dieron cuenta que cuando a alguien le asesinan la conciencia se siente desguarnecido. El pueblo nicaragüense sintió que en cualquier esquina podían matar a cualquiera”.

Peña y los implicados

El contacto directo de Ramos era Silvio Peña, un mentiroso que se ufanaba de ser agente somocista y que, según Aguirre, andaba por la vida extorsionando a la gente con información que le daban sus contactos en la Oficina de Seguridad Nacional.

El segundo involucrado fue Silvio Vega, quien en más de una ocasión cambió dólares a Chamorro muy cerca de LA PRENSA, donde trabajaba como cambista. Él fue el que contrató a los tipos que se rajaron en la iglesia primero y quien fue a buscar hasta León a su pariente: Domingo Acevedo Chavarría, un hombre sin miedo. Aguirre dijo que no puede precisar el parentesco, pero Vega estuvo casado con una sobrina del señor, según rola en el expediente criminal.

Así quedó el carro de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal luego de su asesinato. LA PRENSA/ARCHIVO

De acuerdo con la descripción policial, Acevedo Chavarría no lucía como alguien peligroso aunque fuese muy serio. Frente estrecha, moreno, de 53 años, bigote largo, si algo sobresalía era su estatura: seis pies que soportaban sus 180 libras de peso, pero una cosa es la apariencia.

“Esto se acaba hoy”

La mañana del 10 de enero, según los informes policiales, Domingo Acevedo Chavarría disparó la escopeta 12 marca Gevelot número 43603 que acabó con la vida del director de LA PRENSA. De acuerdo con las declaraciones de los indiciados ante la primera judicatura de la Policía de Managua, Peña dijo: “Esto se acaba hoy”, refiriéndose a la vida del director de LA PRENSA.

Siguieron desde muy temprano a Chamorro, se parquearon una cuadra al norte de su casa, estaban pendientes de su salida y lo siguieron hasta bloquearlo con su vehículo en los alrededores de los escombros, pero con tal mala suerte que se le zafó un borne al carro conducido por Vega en el que iba Domingo Acevedo Chavarría, supuestamente porque en una maniobra de última hora Chamorro los impactó.

El hecho es que se quedaron a 20 varas del vehículo del periodista y luego fueron levantados por Peña que los seguía en otro auto. Cuando Danilo Aguirre Solís llegó al Hospital Manolo Morales encontró a Xavier Chamorro, hermano del periodista asesinado. Caminaba alrededor de la camilla donde yacía el cuerpo. Gritaba culpando a los Somoza, mientras otro de los parientes espetaba: “¡Malditos!”

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Según las memorias de la viuda de Chamorro, la expresidenta Violeta Barrios, Peña reveló en sus primeras declaraciones que tras el complot estaba Cornelio Hüeck, quien había acusado a Chamorro por injurias y calumnias; Pedro Ramos, Fausto Zelaya, denunciado por corrupción en la presidencia del Banco de la Vivienda y a quien Aguirre Solís señaló como el que pudo financiar la operación.

Otro de los involucrados era Anastasio Somoza Portocarrero, conocido como el Chigüín, quien dirigía la poderosa Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, una acusación que, de ser cierta, explicaría por qué Somoza Debayle nunca hizo nada para extraditar a Ramos, pese a que había salido del país una Navidad antes.

Según el juez Félix Trejos, quien condenó a los implicados, Peña le dijo que fue a buscar a Ramos y le ofreció la muerte de PJCh. El Chigüín habría dado el visto bueno.

La versión de los Somoza

Somoza Portocarrero, radicado en Guatemala, no habló para este reportaje en 2007, pero su padre acusó a Ramos en su libro Nicaragua Traicionada y justificó prácticamente el crimen cuando en la última entrevista que dio, antes de ser ajusticiado en Paraguay el 17 septiembre de 1980, dijo que “últimamente él (Pedro) se había puesto insoportable”.

Finalmente el hijo de Somoza Debayle aceptó conversar en febrero de 2008 con el periodista Fabián Medina. “¡Mamita linda! La muerte del doctor Chamorro me la están queriendo encaramar a mí y yo estoy diciendo: ‘¡Momentito! Aquí alguien está manufacturando esto por razones, obviamente de hacerme mal, por razones políticas”, le dijo.

Domingo Acevedo salió de la cárcel en 1995 por un gesto de buena voluntad de Violeta Barrios de Chamorro, viuda de Chamorro Cardenal y quien entonces era presidenta. Tenía, según su sobrino, 70 años.

“Domingo Acevedo es recordado en su pueblo como el hombre que preparaba la enramada el día de la procesión del triunfo, cuando entra Jesús en la burrita el Domingo de Ramos. Para mí era una buena persona”, dice José Ramón en su casa de Chinandega. Domingo era uno de los 12 hijos que procreó Salvador Acevedo Martínez y Giralda Chavarría y cuando cayó Somoza huyó como otros reos cuando se abrieron las puertas de la cárcel.

Violeta Barrios escucha la lectura del expediente el día del jurado, junto a su hija Cristiana y su nuera Martha Lucía Urcuyo. LA PRENSA/CORTESÍA/FAMILIA CHAMORRO BARRIOS

Lo recapturaron, según el sobrino, en el barrio Open-3, actualmente Ciudad Sandino, donde un ejército de pobladores pedía que lo ajusticiaran. “Después del crimen era como que teníamos sarna.

En la efervescencia universitaria, todos querían andar armados, participar en la lucha contra Somoza y eso significaba que donde aparecía en parentesco con los Acevedo Chavarría decían: ¡Chiva, ¿quiénes son estos?!”, asegura.

El médico relata que varios de sus familiares fueron asesinados y dice que también les negaban crédito para cultivar la tierra a sus parientes campesinos. Después de la revolución de 1979, la gente miraba en las calles, en medio del revuelo del triunfo, a los antiguos miembros del régimen y los ejecutaban.

El médico José Ramón Acevedo Chavarría cuenta las víctimas de su familia producto de la venganza política: tres hijos de un pariente de apellido Chavarría fueron asesinados, otros huyeron a Honduras y otros más fueron encarcelados y amarrados de pies y manos.

El dolor de la familia

La esposa de PJCh, doña Violeta Barrios de Chamorro, se encontraba con su hija Cristiana en Miami, Florida, Estados Unidos, preparando el ajuar porque pronto se casaría con Antonio Lacayo.

Jaime Chamorro Cardenal, hermano del periodista, buscó a su cuñada para avisarle. También se encontraba en Miami, atendiendo una cita médica de uno de sus hijos. Finalmente la encontró en un centro de compras cercano al hotel donde se hospedaba. La información que tenía era que PJCH había sufrido un accidente.

“Doña Violeta y Cristiana estaban en un hotel, la fuimos a buscar a unas tiendas. De repente había una vitrina y al otro lado estaba ella. Entré y le dije: Violeta, me llamaron que Pedro tuvo un accidente. ‘¿Lo mataron?’, me dijo, porque ella tenía esa sensación”, recuerda don Jaime, director de LA PRENSA.

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal junto a su esposa Violeta Barrios, en San Carlos, Río San Juan. LA PRENSA/ ARCHIVO

La muerte lo rondaba

El 13 de febrero de 1975, el periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal dejó por escrito que había recibido información del abogado Sergio García Quintero de que algo podría sucederle. Se trataba de un plan fraguado desde el somocismo, en el que intentarían secuestrarlo, llevarlo a la Fuerza Aérea y tirarlo al mar.

Según el libro Pedro Joaquín: ¡Juega!, de Edmundo Jarquín, casado con Claudia Chamorro Barrios, una de las hijas del periodista mártir, los asesinos seguían los pasos del director de LA PRENSA e incluso estuvieron apostados esperándolo frente a la casa de Jarquín, en residencial Altamira D´Este, número 535. El poeta Pablo Antonio Cuadra le contó que PJCh había recibido un día antes dos amenazas mortales, una por escrito y otra a través de una llamada telefónica.

Jarquín, excandidato a presidente por el Movimiento Renovador Sandinista, dice que no hay manera que se le pueda achacar el crimen al Frente Sandinista. “Esas hipótesis se vienen a levantar muchos años después en el marco de la confrontación antisandinismo-sandinismo (…). A nadie de la familia se le ocurrió pensar que no había sido un complot en el seno del régimen somocista. Aún siendo anti-Ortega en la actualidad, culpar al FSLN sería una gran injusticia histórica, una distorsión bestial”, aseguró Jarquín.

Sin embargo, en enero de 2017, Jaime Chamorro Cardenal, hermano del mártir y actual director de LA PRENSA, dudó de la implicación de Somoza en el crimen, mientras Ana María Chamorro Cardenal, su hermana, habló de la posible implicación de los sandinistas.

“Creo que los que tuvieron más que ver con la muerte de él fueron los sandinistas. Esos eran los que ganaron por la muerte de él. Pero no les gusta que les digan, pero así fue. Pedro Ramos le había escrito una carta (a Jaime Chamorro Cardenal), le juraba que no había sido él. Que no había tenido nada que ver con esa muerte”, dijo ella a los periodistas Fabrice Le Lous y Alejandra González, del suplemento Domingo.

En esta imagen, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal junto a Violeta Barrios, sus hijos, su nuera y sus yernos en el bar de su casa. LA PRENSA/ARCHIVO

*Este reportaje se publicó originalmente en la revista Magazine, en 2007, bajo el título Operación: Eliminar a Chamorro.

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