Concertación y democracia

La democracia es una necesidad ineludible para alcanzar el equilibrio político y la estabilidad social a partir de la integración y funcionamiento de la libertad y la justicia

Managua 04 de Enero 2018 Dr. Alejandro Serrano Caldera, jurista, filósofo y escritor nicaragüense. Foto Jader Flores/ LA PRENSA

La democracia es una necesidad ineludible para alcanzar el equilibrio político y la estabilidad social a partir de la integración y funcionamiento de la libertad y la justicia, como formas que interactúan y se complementan en la realización de sus objetivos y principios.

La participación ciudadana entendida como presencia y acción de la voluntad colectiva, constituye un elemento esencial en su conformación y funcionamiento, y exige la obligación del poder de respetarla y de reconocer que la fuente y origen de toda autoridad se encuentra en esa voluntad colectiva y se expresa en la Constitución Política y en el sistema legal correspondiente.

Hay situaciones históricas en las que las circunstancias políticas requieren la búsqueda de una concertación que evite la confrontación y haga posible la realización de los derechos de la persona y de la sociedad.

Es claro que una concertación no debe significar una actitud de acomodo a las exigencias del poder, ni un pacto de cúpulas políticas para distribuirse sus beneficios y contribuir a afianzar al sistema autoritario, sino un acuerdo que tenga presente los intereses superiores de la nación y la búsqueda de condiciones que hagan posible el respeto a los Derechos Humanos y a los derechos y garantías fundamentales de la persona y la sociedad, basados en la democracia, la institucionalidad y el Estado de Derecho.

No se trata pues de una actitud subjetiva que pretende transformar las ilusiones personales en realidades, sino de una voluntad de cambio, que con una acción debidamente sustentada, busca el país que no existe, pero consciente de que si no existe es porque aún no ha sido construido.

Para ello es necesario definir en una agenda mínima los objetivos fundamentales que se persiguen y los valores y principios que deben sustentarlos. En ese sentido, conviene reafirmar que la democracia es ante todo un sistema de límites al poder y de establecimiento de las condiciones que legitiman su ejercicio.

El objetivo de la democracia y el Estado de Derecho es lograr la integración entre legalidad, que es el apego a las formas jurídicas y al mandato de la ley, y legitimidad, que es la adecuación de la ley a la voluntad general y a los valores y principios que constituyen su fundamentación ética.

Hay pues una correlación necesaria entre el poder, la ley que le da su validez formal, y la voluntad colectiva y la ética que le dan legitimidad. La ley puede dar legalidad cuando es formalmente válida, y al mismo tiempo, negar legitimidad cuando no expresa la voluntad colectiva.

La exigencia del sistema democrático es que la ley tenga legalidad y legitimidad, pues solo en esta forma el ejercicio del poder estaría justificado. Es por ello necesaria la coherencia entre el mundo formal y el mundo real, entre el mundo lógico y conceptual y la realidad estructural.

La concertación, entendida en el buen sentido de la palabra, es un componente importante de la democracia, un objetivo fundamental y a la vez un medio y un instrumento que utilizado como corresponde, contribuye a consolidar sus propósitos y a fortalecerla.

Concertar no es claudicar, es más bien construir las posibilidades para instaurar la democracia y con ella la libertad y la justicia. Para ello es necesario tratar de definir los objetivos y principios que se quieren alcanzar y un plan estratégico para lograrlo.

En Nicaragua es imperativo evitar la instauración de la dictadura como forma habitual de ejercer el poder, y también la confrontación y la violencia como medio para impedirla. Es por ello, para evitar ambas cosas y procurar el establecimiento de un sistema democrático, que es necesaria una concertación que una a los sectores políticos y de la sociedad civil, en torno a un proyecto nacional y a un plan estratégico, y que haga posible luego, un diálogo con el poder para tratar de alcanzar, hasta donde sea posible y sin violencia, los objetivos y fines deseados.

El país que deseamos debe ser fruto de la concertación, una forma de conducta política con miras a la construcción de la sociedad del presente y el futuro, pero que es también un instrumento para tratar de dar respuesta a los problemas inmediatos que agobian a la sociedad nicaragüense.

La concertación significa un salto cualitativo en relación con lo que han sido las dos opciones dominantes de la política nicaragüense: la confrontación o la confabulación.

Se busca la concertación no para tratar de imponer en forma total y sin apelación un modelo político, económico y social, ni para disolver en las estructuras de las fuerzas políticas dominantes la identidad del adversario, sino para tratar de encontrar un plano de coincidencias mínimas de las diferencias, un punto de convergencia de las contradicciones.

Pero sobre todo el propósito de la concertación es para garantizar los derechos fundamentales de la persona y la colectividad, para evitar que se adopten medidas unilaterales y decisiones que no tengan en cuenta los intereses y problemas, las angustias y esperanzas del pueblo nicaragüense y que por lo mismo generan inestabilidad y desequilibrio.

Creo que la concertación es fundamental para la elaboración de un proyecto integral de Estado-nación en el cual se planteen las soluciones a los severos problemas que gravitan sobre nuestro país y se definan con claridad los objetivos y propósitos que deben conducir a nuestra sociedad.

La Nicaragua que deseamos y necesitamos, a la que me he permitido llamar La Nicaragua Posible, no es la Nicaragua de los sueños ideológicos y de las ambiciones políticas, es el país que todos y cada uno de nosotros podemos construir, sin intransigencia pero con firmeza, teniendo en cuenta los puntos de vista diferentes, pero reafirmando a la vez, los valores y principios esenciales a la democracia y el Estado de Derecho.

Es la Nicaragua del consenso y de la democracia, la que debe surgir de la unidad de las diferencias. Ni la Nicaragua homogénea, ni la Nicaragua caótica y confrontada, la del maniqueísmo que niega todo lo que no reproduce la propia imagen, sino la Nicaragua plural y múltiple en la que las expresiones políticas y sociales, puedan tener el espacio necesario para formular sus planteamientos y desarrollar sus acciones.

El autor es jurista y filósofo nicaragüense.

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