De Barcelona a Managua hay un mar y una música

Una vez, en una de esas tardes en su jardín, frente a un vaso de ron blanco y mucho hielo, la querida Claribel Alegría me dijo que los buenos poetas, los que a uno le tocan, se distinguen porque dejan en el subconsciente al menos un verso.

Una vez, en una de esas tardes en su jardín, frente a un vaso de ron blanco y mucho hielo, la querida Claribel Alegría me dijo que los buenos poetas, los que a uno le tocan, se distinguen porque dejan en el subconsciente al menos un verso. Solo un verso hace que nuestra memoria involuntaria se quede con unos y eche a otros al olvido.

La memoria, es cierto, puede ser caprichosa. Pero casi siempre atrapa todo lo que esté rodeado de un ritmo. Y todo lo bueno tiene ritmo. De ese modo, asociado al nombre del poeta, surgirá un verso bueno, como un rezo aprendido de rodillas y con los ojos cerrados, acudirá casi al roce de los labios sin voluntad mediante. Así, si uno escucha el nombre de Bécquer, de inmediato la memoria hará revolotear oscuras golondrinas: “…pero aquellas que supieron nuestros nombres, esas nunca volverán”. Si escucha el de Miguel Hernández, no dejará de pedir a un ser querido, cuya partida sucedió muy temprano, que vuelva, “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”. Con Neruda nos hará creer que podemos “escribir los versos más tristes esta noche”. A Rubén Darío lo recordará como “aquel que ayer no más decía el verso azul y la canción profana”.

Hay un verso de un poeta de Barcelona que se me prendió a esa memoria involuntaria de la que hablaba Claribel. Escucho el nombre de Santiago Montobbio y surge un verso: “El mar está al final de algunos niños”. Escúchenlo: “El mar al final de algunos niños”. ¿No es verdad que en él se contiene el rumor de las olas en la orilla y la algarabía de unos niños?

Montobbio tiene una trayectoria enriquecida con numerosos libros de poemas que, según confiesa, nunca corrige. Su obra más importante comenzó con Hospital de inocentes y con El anarquista de las bengalas (qué maravilla de títulos y de versos, ¿no les parece?). Así que no es extraño que un cazador de poesía para la música lo trajese a Nicaragua con su son.

Ofilio Picón tiene un nombre propio entre los cantautores nicas y se ha especializado en musicalizar la poesía. Y otra vez, esa memoria involuntaria, que guarda lo que vale la pena, destapa un sonido al escuchar el nombre de Picón. Es el de los primeros acordes de una canción para siempre, y de un poema para siempre: La Bala. Esa magnífica obra de Salomón de la Selva cuyas sinestesias supo Picón extraer la música exacta que en él se contenía.

En un viaje poético-musical de ida y vuelta, que fue siempre más común de lo que hoy en día parece, Ofilio Picón y Santiago Montobbio unieron sus armas en un disco titulado La libertad y el mar son una música que presentarán el próximo 1 de marzo en el INCH, en Managua, y estoy seguro que será una delicia, extraña y a la vez íntima.

Siempre es una gran noticia que la literatura salga del mundo de los libros y que la música se encuentre con la poesía que es su esencia. El disco se escucha desde la ternura, la de la voz y los arreglos de Ofilio y la de los versos de Montobbio. Dispongámonos a dejarnos arrullar por ellos, yendo hacia dentro de los versos, con “el miedo de un labio que te espera”, según se canta. Buen viaje de ida y vuelta a este proyecto que acerca distancias entre países que se han sufrido, amado y cantado, hermanos de sangre, de mar, de música y palabra.
El autor es periodista.