Así es la vida cotidiana de un expresidente en Nicaragua

Un día tuvieron el máximo poder político del país. Ahora viven tranquilos. Así es la vida de Enrique Bolaños, Arnoldo Alemán y Violeta Barrios de Chamorro

expresidente en Nicaragua

Arnoldo Alemán, Violeta Barrios de Chamorro y Enrique Bolaños Geyer expresidentes de Nicaragua.

Todos los días a las 7:00 de la mañana el expresidente Arnoldo Alemán sale de su casa en Ticomo y a las 7:10 llega a la hacienda El Chile a vigilar el ordeño de sus vacas y de paso a platicar un rato con ellas. Dice que eso le ayuda a quitarse todo el estrés que tuvo en el transcurso del día pasado. No necesita un “loquero” que lo atienda, porque sus vacas le hacen suficiente bien. Así empieza el día para Arnoldo Alemán.

A esa misma hora, el expresidente Enrique Bolaños está terminando de alistarse para ir a trabajar a su biblioteca, ubicada a menos de un kilómetro de su residencia en El Raizón, donde dice vivir desde hace más de cincuenta años.

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Doña Violeta Barrios de Chamorro vive en la misma casa que construyó con Pedro Joaquín Chamorro en los años 60. La acompañan siempre un equipo de enfermeras y sus hijos se turnan para visitarla todos los días. “No tienen grandes lujos, tiene un carrito Susuki Grand Vitara y todavía conservan el carro de cuando ella fue presidente”, dice su hijo Pedro Joaquín Chamorro vía telefónica.
La Prensa conversó con Enrique Bolaños, Arnoldo Alemán y la familia de Violeta Barrios de Chamorro para saber cómo han vivido después de dejar la Presidencia.

Un día en la vida…

El expresidente Arnoldo Alemán en su oficina, ubicada en la Fundación Arnoldo Alemán, en Bolonia.  LA PRENSA/ Óscar Navarrete

Siete minutos después de la hora acordada para la entrevista, Arnoldo Alemán entra apresurado en su despacho, caminando rápido y disculpándose porque llegó tarde.

Su esposa, la diputada del PLC María Fernanda Flores, con quien se acordó esta entrevista, aclaró que no era posible hacerla en la casa de residencia de Alemán, ubicada en Ticomo. Por eso la entrevista se realiza en su oficina, en la Fundación Arnoldo Alemán, un lugar al que él llama la Pulpería.

Se levanta militarmente a las 5:15 de la mañana todos los días, porque ya va a haber tiempo para dormir eternamente. A las 6:00 desayuna huevos “machacados” con chorizo criollo, galletas de soda y café Tata Carlos, que es producido en su finca, viendo CNN y un canal de noticias colombiano.


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Está sentado en su escritorio y la entrevista va a empezar. Antes, revisa las cuentas de la fundación y firma las facturas que le lleva su secretaria. Pide una taza de su café e insiste en que la pruebe. “Te voy a dar uno para que lo llevés a LA PRENSA. No los voy a envenenar”, dice sonriendo.

A las siete de la mañana Alemán sale de su casa en Ticomo hasta la propiedad que ha sido de su familia durante más de cien años: El Chile. Durante años Alemán y su familia vivieron en la hacienda, pero se mudaron desde que su hija de 17 años va a fiestas y regresa a las 3:00 de la mañana. “Ahora las fiestas comienzan a las 11:00 de la noche, imagínate qué locura. En mis tiempos comenzaban a las 8:00 y a las 12:00 ya estábamos golpeando en la casa diciendo: Ya vine. Yo no voy a estar de baboso esperándola allá en El Chile. Hay un espacio sin iluminación, no hay viviendas, y si le pasara cualquier cosa… entonces decidimos venirnos a Managua”, dice el expresidente.

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A las 7:10 llega a El Chile, diario. Solía montar a caballo y andar por la hacienda a toda velocidad, pero desde que lo operaron de la pierna usa un cuadraciclo para recorrer el lugar. Ahí se encarga de revisar el trabajo manual de la caficultura, de vigilar el ordeño de las vacas y también se queda hablando con ellas. “Cuidado no me das leche”, les dice.

—¿Y cuántas vacas tiene?

—¿Vos sos de ingresos?

—No.

—Entonces no me preguntés eso.

A las 11:00 de la mañana, que ya ha recorrido la hacienda de un lado a otro, sale hacia su oficina ubicada en Bolonia, conocida por él como la Pulpería.

—¿Por qué le dice la Pulpería a su oficina?

—Porque aquí hay chicle, hay café, hay té, hay rosquillas. Y aquí atiendo a Raymundo y todo mundo.

Hoy, por ejemplo, hay alguien en la sala de espera aguardando a que la entrevista termine. El expresidente llegó siete minutos tarde a la cita porque estaba en un acto conmemorativo por la muerte del niño soldado Ramón Montoya, pero tuvo que “abandonar” la actividad por la entrevista.

Alemán siempre está resguardado por dos escoltas de la Policía Nacional. El día de la entrevista había tres con él. LAPRENSA/ Óscar Navarrete 

Durante el día, Alemán pasa normalmente en su oficina. El segundo tiempo de comida —de los cinco que hace en el día— es en la Fundación. Poco después de las 11:00 de la mañana pide rosquillas con su respectivo café.

La oficina de Alemán, de paredes grisáceas y alfombra azul, está repleta de fotos con presidentes y personajes de la política. Tiene un busto de él mismo y uno de Rubén Darío que, según recuerda, surgió de un intercambio que hizo con la expresidenta Violeta Barrios de Chamorro: él le dio un busto de Pedro Joaquín Chamorro y ella le obsequió el de Rubén Darío. También tiene un bastón que le regalaron en Cuba, lugar donde viajó hasta después de dejar la presidencia.

Se está acercando la hora del almuerzo y “de repente” el doctor Arnoldo Alemán come en su casa o se manda a comprar una comida chatarra barata. A mediodía, también suele reunirse con amigos en Los Ranchos, que ha sido su restaurante favorito durante más de cuarenta años. En su casa, normalmente almuerza indio viejo o masa de cazuela, como le dicen en su zona. También le gusta el consomé, la carne desmenuzada o la carne en caldillo.

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Para la familia Alemán, es una tradición hacer una sopa de cola todos los sábados. “Nos reunimos toditita la familia. Desde María Dolores, mi hija mayor, hasta mi hijo Arnoldo José, que repuso a Arnoldo José que se me murió”, dice. También es tradición un viaje familiar para celebrar el cumpleaños del expresidente, nacido el 23 de enero de 1946. Han estado en Ecuador, Dominicana, Costa Rica, etc.

Durante la tarde, Alemán suele quedarse en su oficina o andar de un lado para otro supervisando los negocios de la familia, como la barbería y salón de belleza María Fernanda. “También estamos en planificación del negocio de compra y venta de bienes inmuebles, ganándose uno sus centavitos porque como diría Luis Benavides, ‘la calle está dura’”, explica Alemán. Alemán recibe una pensión como expresidente, que equivale al salario mensual de quien ejerza el cargo.

Desde 1968 Arnoldo Alemán no maneja un vehículo, así que ahora le paga a un chofer. Fue por un accidente que tuvo a finales de los años 60. Viniendo de León hacia Managua se le cruzó una persona y falleció. “Se fue a estrellar conmigo y yo dije: no vuelvo a manejar. Solo manejo mi cuadraciclo en la finca, si choco es contra mis vacas”, dice. Dice que tiene asignados dos policías escoltas, que normalmente viajan en una camioneta siguiendo a la que viaja él, sin embargo, al salir de la entrevista, en la fundación había tres policías esperándolo.

Alemán regresa a su casa a eso de las 8:00 o 9:00 de la noche. Le da un beso a su esposa y se dispone a cenar y a ver noticias. Uno de sus hobbies preferidos es ver todas las series habidas y por haber en Netflix. “Me acabo de ver el Ministerio del Tiempo, para distraerme”.

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Se acuesta a las 12:00 de la noche y duerme apenas cinco horas porque se despierta a las 5:15. “¡Si ya voy a dormir eternamente, niña! Y vos también, ni al vecino le vas a hablar”, bromea.

Toda la vida ha tenido esta rutina y sus vacaciones llegan dos o tres veces al año con un viaje. Los fines de semana va al mar, le
encanta. Antes iba a San Juan del Sur, pero dice que el agua es muy helada para su nueva esposa, así que ahora va a Pochomil.

“Estas son mis vacaciones”

Enrique Bolaños Geyer, ex presidente de Nicaragua cuenta para como vive su vida después de la presidencia. LA PRENSA/ Óscar Navarrete

Son las 9:00 de la mañana y Enrique Bolaños está de pie bajo el umbral, sosteniendo la puerta para recibirnos en El Raizón, la casa donde ha vivido al menos los últimos cincuenta años de su vida. Del único bolsillo de su camisa celeste cielo cuidadosamente planchada, saca una agenda donde verifica la hora de la cita.

En este lugar vivió cuando fue vicepresidente, cuando fue presidente y también ahora que es expresidente. No necesita más, dice. Hay un Policía que custodia la calle y otro que le “choferea” cuando tiene que salir.

Camina lento pero ágil. Se dirige hacia su oficina, un amplio lugar que solía ser una sala en su casa, donde guarda diplomas,
libros, fotos, recuerdos. Todo militarmente ordenado por fechas. Un cuadro resalta entre el resto. Es una mujer joven con peinado corto y un fondo turquesa que resalta su piel blanca. “Allá tengo a doña Lila T.”, dice, mientras empieza a contar cómo conoció a su única novia.


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Desde hace algunos años, la rutina es diferente para don Enrique. Se despierta entre las cuatro y las cinco de la mañana todos los días. Lo primero que hace es arreglar la cama. Es un hábito que tiene desde los 11 y que ha mantenido durante 79 años. Cuando doña Lila T., su esposa, estaba viva, solían hacerlo juntos porque también a ella así se lo enseñaron.

La secretaria de don Enrique, Merlet, lleva café para todos. El de don Enrique es el que tiene menos café. Siempre lo toma simple.
Ya se acercan las 10:00 de la mañana y el expresidente debería estar en su biblioteca, trabajando como todos los días de la semana, pero decidió quedarse en su casa atendiendo la petición del periódico de hacer la entrevista en su residencia. “Yo no tengo nada que ocultar”, dice.

Después de levantarse y arreglar su cama, don Enrique se baña y se dispone a desayunar. Come gallopinto y algún fresco natural mientras lee los titulares de los principales diarios nacionales. “Yo invitaba a muchos ministros aquí a desayunar a las 7:00 de la mañana”, dice Bolaños. “¡Siete de la madrugada!”, decían asustados los ministros.

Los días se los pasa entretenido con dos grandes legados que asegura estar dejando al país: su libro “La lucha por el poder” y la Biblioteca Virtual Enrique Bolaños, en la que trabaja todos los días, incluyendo fines de semana.

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En el desayuno le gusta comer gallopinto o los famosos nacatamales de doña Lila T. (cuya receta copiaron las empleadas la casa) y algún refresco natural. Cuenta que un día, una doméstica le preguntó qué quería tomar y don Enrique le contestó que qué había y ella le dijo que pidiera cualquier cosa. “Y yo pensando en qué decirle para que no tuviera le dije que quería una jocotada. Cortó los jocotes, los licuó y la hizo. Es horrible. Si alguna vez te la ofrecen, no la tomés, es un purgante”, dice carcajeándose.

Enrique Bolaños en uno de sus lugares favoritos de la casa: su patio. Ahí celebra la Purísima en diciembre y los cumpleaños. LA PRENSA/ Óscar Navarrete

Hasta donde se alcanza a ver, la casa de don Enrique no es nada lujosa para un expresidente. Tiene su oficina, una sala llena de cuadros y recuerdos de él y doña Lila T; altares, su cuarto, la cocina, el área de comedor y un patio fresco con una terraza, donde presume de sus árboles, sobre todo el de aguacate, porque está cargado.

Aún no sabe qué va a hacer para celebrar su cumpleaños, pero él va a recibir y agradecerle a cualquiera que llegue a visitarlo, dice, mientras se mece en una silla que le regaló uno de sus hijos antes de morir.

Ahora sí es hora de ir a la biblioteca. Le dice a su secretaria y ella va a avisarle al escolta. Él mismo se va a su oficina y guarda su laptop para trabajar. Llega otra vez al umbral de su puerta y al no ver a su escolta ahí, chifla como niño para llamarlo. El oficial sale riéndose y le abre la puerta del vehículo.

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La biblioteca queda a menos de un kilómetro de la casa de don Enrique Bolaños. Su oficina es azul y tiene una pantalla enorme donde les enseña el sitio de la biblioteca a quienes llegan a visitarlo. En el escritorio también tiene un tarro de caramelos y uno lleno de galletas. “Es para las visitas”, dice con una sonrisa que lo delata. Empieza a recorrer el lugar hasta llegar a la bodega, llena de libros y documentos que aún no ha digitalizado.

A mediodía don Enrique va a almorzar a su casa siempre. Es la misma rutina todos los días. Luego se regresa a trabajar a la biblioteca, que es su orgullo, y ahí permanece hasta las 6:30 de la noche que regresa otra vez a su casa.
Mientras está sentado con su computadora trabajando, enciende un parlante y me dice que quiere enseñarme una canción que le gusta mucho, que de hecho es su favorita. Se llama Nabucco y es una tragedia lírica de Giuseppe Verdi.

—¿Y usted trabaja todos los días? ¿No tiene vacaciones? —le pregunto a la mitad de la canción.

—Yo hago lo que me gusta… ¡Estas son mis vacaciones! —exclama.

Cuando Daniel Ortega fue expresidente

Daniel Ortega votando cuando estaba en la oposición. LA PRENSA/ Óscar Navarrete

Desde 1990 hasta 2006, durante los gobiernos de Violeta Barrios de Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños, Daniel Ortega fue expresidente de la República. Algunos periodistas aseguran que durante la época, la casa de Ortega estaba rodeada de decenas de policías y miembros del Ejército, igual que cuando fue presidente.

En una entrevista de Daniel Ortega siendo expresidente de Nicaragua, incluida en el libro Secretos de Confesión, de Fabián Medina, Ortega aseguró que no se imaginaba haciendo nada más que siendo político y que recibía dinero del coronel Gaddafi. “Yo no administro ningún negocio. No tengo tiempo para eso tampoco. No creo que sea pecaminoso, pero tampoco… Imagínese, ya meterme yo… Si uno quiere que un negocio funcione bien hay que meterse”, dijo Ortega.

Violeta Barrios de Chamorro

Violeta Barrios de Chamorro con Blanca Segovia Sandino Aráuz, hija del General Augusto C. Sandino. LA PRENSA/Óscar Navarrete.

De la expresidenta Violeta Barrios de Chamorro es de quien menos se sabe cómo expresidente de la República.

Su hijo Pedro Joaquín Chamorro explica que doña Violeta vive en la misma casa en la que vivía con Pedro Joaquín Chamorro (padre), construida en 1965. Está bastante deteriorada y su hijo se encarga del mantenimiento de esta.

“Todavía conservan el carro de 1990, cuando ella fue presidenta. El carro todavía está bueno, pero no se usa porque no está en condiciones óptimas. Es muy humilde su manera de ser y de tratar”, dice Chamorro.

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Hace unos años tenía un escolta al que mataron, y ahora la Policía le ha asignado a dos oficiales con los que sale cuando tiene que hacerse chequeos médicos. “Antes iba a visitar las casas de los hijos, pero ahora por su condición ya no puede”, dice Chamorro.

Después de dejar la presidencia, doña Violeta era visitada por mucha gente y amigos. Pero a medida que fue pasando el tiempo menos personas llegaban. “También la entrevistaban los medios, en las encuestas aparecía en primer lugar en popularidad y como el presidente que había hecho el mejor gobierno de Nicaragua”, dice Chamorro. Su hijo también asegura que en 2001 un grupo de amigos se acercó para pedirle que fuera candidata a la presidencia por segunda vez. Pero no aceptó.

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