Las señales que Ortega ignora

Quienes quieren que Ortega se vaya del poder han llenado y vaciado las calles como señales cívicas y pacíficas de quién es la gran mayoría en Nicaragua

Daniel Ortega, reformas

¡Que se vayan!

Para señales de que los nicaragüenses ya no lo quieren en el poder, Daniel Ortega ha tenido mucho. Cuando Rosario Murillo dijo que los inconformes con ella y su marido eran “grupos minúsculos” la gente salió en masa a las calles a firmar con su presencia la petición para que se vayan de una buena vez del Gobierno. Nicaragua vio las marchas ciudadanas más grandes de su historia. Una, dos, tres y cuatro veces. Pero, podrían alegar, es que las calles se llenaron por aquello de “¿A dónde va Vicente? Donde va la gente”. También puede ser al revés si Daniel Ortega quiere. Y se llamó a paro por 24 horas y las calles, donde antes hubo cien mil, doscientos mil o medio millón de personas pidiendo su salida, quedaron vacías gritando con su silencio el mismo pedido: que Ortega y su familia se vayan del poder.

Mandatario

El problema es no saber de Gramática. O darles a las palabras el significado que se les antoja. Entre “mandador” y “mandatario” hay una gran diferencia. “Mandador” es el que manda, el “mandante”. “Mandatario” es quien recibe un mandato de alguien, es el encargado de hacer el mandado. Pero aquí pasa al revés, el mandatario se cree el mandador, de tal forma que cuando el verdadero mandador, el mandante, con todo el derecho que le corresponde le quiere quitar el mandato que le dio al mandatario, este último se hace gato bravo y alega que es víctima de golpe de Estado, como si su voluntad fuese más importante que la de los verdaderos mandamases, el pueblo, pues.

Pleito

Se lo dijo el expresidente Enrique Bolaños: “Es mejor un mal arreglo que un buen pleito”. Daniel Ortega prefiere el pleito porque, según sus cálculos, pocos armados pueden controlar a muchos desarmados. Está proponiendo arreglar a balazos el manejo del poder. Está peleando solo. Nadie del otro lado, por ahora, quiere una salida violenta. El problema es que en ese pleito contra su propia sombra ya lleva más de 300 muertos a su cargo y como casi todos los muertos son de sus adversarios espero no sea tan estúpido como para creer que va ganando una guerra que está peleando solo. No son bajas al enemigo, son asesinatos.

Impunidad

Al empezar a matar ciudadanos, Ortega cruzó una línea que lo perseguirá por el resto de sus días. La impunidad no puede ser negociada. Se podría haber negociado cualquier otra cosa, pero con las muertes no se puede hacer borrón y cuenta nueva. No esta vez. Si los asesinos de estos más de 300 muertos quedan sin castigo, no solo se habrá burlado la justicia, sino que estaremos cargando la pistola para que se mate a otros a tantos cada vez que en el futuro otro loco no se quiera ir del poder.

Investigación

Tampoco nos engañemos. Si esperábamos que estos organismos de Derechos Humanos internacionales entrarían al país investigando, capturando y castigando a los malhechores, estamos equivocados. Eso no es posible. Es más, sin la colaboración del Estado, que es lo más seguro que suceda, ellos no podrán determinar quién mato a quién en cada caso. Pero su presencia es clave. Ellos sí pueden determinar que aquí hay un Estado que no los dejó investigar, un Estado que cubre a los asesinos, porque son los mismos asesinos quienes toman las decisiones en nombre del Estado. Y eso servirá para demostrar, ante nuevos tribunales nacionales o ante tribunales internacionales, la culpa de quienes hoy por hoy están masacrando a los nicaragüenses.

Justicia

Nicaragua necesita una investigación profesional y a fondo de cada uno de esos asesinatos. Un nuevo Gobierno, ya sea en unos meses o en unos años, debe ampliarles el mandato a estos organismos internacionales, como sucedió en el caso de Ayotzinapa, en México, o con la Cicig, en Guatemala, para que junto con una nueva Policía y una nueva Fiscalía determinen las responsabilidades de esta masacre que no puede quedarse impune. Y, si hay justicia en este mundo, pronto veremos que quienes hoy están en la cárcel deben salir libres y quienes los llevaron hasta ahí son quienes deben estar presos.

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