De dónde salió todo eso

Los jóvenes de ahora, perseguidos a muerte, son como nosotros entonces, una generación que, igual que esta, convirtió sus ideales en convicciones

La Nicaragua de hoy día era inimaginable cuando luchábamos por la utopía de la revolución. Los jóvenes de ahora, perseguidos a muerte, son como nosotros entonces, una generación que, igual que esta, convirtió sus ideales en convicciones.

El poder pasó a manos de unos guerrilleros inexpertos. Y no había un caudillo. Las tres tendencias en que el Frente Sandinista se hallaba dividido poco antes del triunfo formaron una Dirección Nacional sin cabeza visible. La ruptura de aquel equilibrio implicaba el riesgo de una lucha intestina, con miles de armas en manos de los combatientes.
Este fenómeno de mutua contención explica el surgimiento de la figura de Ortega. No tenía dones oratorios, ni era carismático. Lo que para un político resultan desventajas obvias, fueron para él ventajas.

En 1985, por lo mismo, resultó electo presidente de la república, y secretario general de la Dirección Nacional. Pero eso tampoco creó al caudillo. El colectivo, con sus pesos y contrapesos, seguía rigiendo al país.

En cada sesión el primer punto de la agenda era la crítica y autocrítica. Cualquiera que hubiera pecado de vanidad o exceso de figuración tenía que mostrar firme propósito de enmienda.

Esa forma de poder equilibrado se hizo pedazos con la derrota electoral de 1990, cuando la dirección colectiva desapareció. Y la utopía ha llegado a convertirse hoy en distopía.

La revolución misma, con su cauda de ideales, y errores que fueron pagados al precio de la derrota electoral, murió. Es de esa ausencia que Ortega fue surgiendo como caudillo al “gobernar desde abajo”, decidido a frustrar el gobierno legítimo de doña Violeta Chamorro.

Así se ganó la lealtad de quienes, engañados por la promesa de retorno inmediato al poder, empezaron a verlo, con nostalgia agresiva, como encarnación de la revolución perdida. Viejos combatientes, colaboradores históricos, líderes de los sindicatos en escombros.

Se reinventó a sí mismo en la soledad, y se apropió de los símbolos de la vieja revolución, de sus consignas, de su retórica antimperialista, y soportó tres derrotas electorales, sin superar nunca el tercio de los votos.

En el 2000 pactó con el expresidente liberal Arnoldo Alemán una reforma constitucional que rebajaba al 35 por ciento los votos para ser electo en primera vuelta. A cambio, le abrió al otro las puertas de la cárcel, condenado por lavado de dinero. Ortega controlaba ya los tribunales de justicia.

Y aunque la Constitución le prohibía reelegirse, hizo que sus fieles magistrados de la Corte Suprema decretaran que semejante prohibición era nula. La Constitución fue declarada inconstitucional.

Cuando en 2006 ganó otra vez la presidencia, se prometió que nunca volvería a perder. Y con los millones del petróleo de Chávez, asumió el control del Consejo Electoral y los demás poderes del Estado. Y fue copando a la Policía Nacional, y al Ejército.

También pactó con su acérrimo enemigo el cardenal Obando. Y con los empresarios: a cambio de plenas garantías para sus negocios, les quedaba vedado el territorio político. Y creó, con ventaja, su propio poder empresarial, gracias al petróleo venezolano.

Sin embargo, ahora, tras más de 400 muertos, Ortega conserva apenas un veinte por ciento del electorado. La última encuesta de Cid Gallup así lo muestra; es decir, la fidelidad básica que consiguió en sus años de soledad.

Tarde o temprano tiene que aceptar que el país no puede volver a las condiciones en que se hallaba antes del 18 de abril. No hay compatibilidad posible entre el caudillo que se apropió de una revolución ya muerta, y la sociedad de hoy, que no acepta nada que no sea la democracia.

El autor es escritor. Medellín, octubre 2018.
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