Al lado del pueblo

El odio como aglutinante ideológico es la derivación del perfil de intolerancia de la cual dio manifestaciones el régimen de Ortega, desde el primer día

Ortega, Silvio Baéz

Aunque no le conozco personalmente, me ocurre lo mismo que a la casi totalidad del pueblo nicaragüense: por monseñor Báez tengo respeto y admiración.

Por estas fechas hace un año le entrevistaron con motivo de la visita que la Conferencia Episcopal realizó al papa Francisco, y recuerdo que ante una pregunta suya el papa les dijo que el lugar de la Iglesia y sus pastores era al lado del pueblo. ¿Dónde se esperaba que estuviesen los obispos, que ya habían anticipado su preocupación por los problemas de Nicaragua en sus numerosas pastorales, y en la carta que dirigieron a Ortega en mayo de 2014 y que nunca respondió, en la masacre que no termina? Si hasta los sandinistas, como Brenes, Maldonado, Morazán y muchos más, han participado de las protestas y están siendo perseguidos con rencor, ¿qué se esperaba de los obispos que en su ecumenismo no distinguen de sandinistas y no sandinistas, empresarios y empleados, católicos y no católicos?

Son diversas las interpretaciones de la ferocidad y fragilidad de los ataques de esta semana contra el obispo Báez, y el involucramiento de Ortega y su círculo más inmediato en los mismos. Todas tienen en común el atrincheramiento del régimen en el terror, no importándole las consecuencias sobre Nicaragua. Y el núcleo político-ideológico de ese atrincheramiento, habiendo sido Ortega expropiado hasta de las consignas que en alguna ocasión aglutinaron a sus simpatizantes, es el odio.

“¡Que se rinda tu madre! ¡El pueblo, unido, jamás será vencido! ¡Vivirás Monimbó!”, y muchas otras, pertenecen a las protestas que estallaron en abril, y las hay nuevas que responden a esta épica nicaragüense, como “¡Eran estudiantes, no eran delincuentes!, ¡Alvarito Conrado, presente!”, ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!, y la muy sugerente y que resume todo el ideario democrático de las protestas: “¡Patria libre y vivir!” Al orteguismo solamente le ha quedado el odio: “¡Golpistas asesinos!”, que han repetido contra el obispo Báez, y de paso contra toda la Conferencia Episcopal.

El odio como aglutinante ideológico es la derivación del perfil de intolerancia de la cual dio manifestaciones el régimen de Ortega, desde el primer día. A esa intolerancia le pertenece desde el progresivo fraude, hasta el cierre total de los procesos electorales salvo para sus colaboradores, y las limitaciones a la libertad de expresión y subordinación de todos los poderes del Estado, hasta terminar en el actual baño de sangre.

Pero, como lo dijo el padre Miguel Mántica, entrevistado por TV sobre los ataques al obispo Báez, la nación que queremos pertenece a todas y todos, incluso a los orteguistas, porque se trata de realizar ese eslogan lleno de futuro, entonado por los manifestantes en las protestas: “¡Patria libre y vivir!”

El autor fue candidato presidencial.