Ambiente nacional en tensión

A partir de la primavera en el corazón de abril, palidecieron los colores habituales del “arco iris”. Hubo una traslación impulsiva

Sentirse en la normalidad en un ambiente como el de Nicaragua va de la mano con la inútil fantasía.

A partir de la primavera en el corazón de abril, palidecieron los colores habituales del “arco iris”. Hubo una traslación impulsiva. El “rictus” de la seguridad se rompió en un “santiamén”.

A partir del 18 de abril en una trágica prolongación que coincide con la actualidad, la luz se opacó en el Camino de Oriente, una zona donde se prendía la algarabía nocturna. Lo afirmo porque en esos momentos compartía la bohemia otoñal. La sesión raudo se disipó cuando estalló la violencia asumida por las fuerzas paramilitares del gobierno a raíz de que la juventud se mostraba solidaria con la causa de los jubilados. El gesto provocó el polvorín que puso en llamas a la nación, esquilmada en el derecho de ser beneficiaria de la estabilidad con el siniestro efecto de quinientos ausentes de la vida.

Obvio: Nicaragua dejó de ser la misma. Antes se sentía una saludable oxigenación a pesar de todas las dificultades sufridas tanto en la época de la dictadura somocista, como en los ochenta en los cuales la novena no supo cantar “el himno de la alegría”, como en el periodo actual en el que volvió la rutina de la involución.

Nicaragua desde su independencia ha sido el escenario de lo que tiene similitud con una novela trágica en la cual han sido escasas las páginas de la alegría. Creo que hace falta un escritor especializado en los argumentos de la fatalidad que trace una figura histórica sobre el fenómeno de darle imagen patética a una extensión terrenal situada en el centro de América, dotada de todos los privilegios para ser gemela en el paraíso.

Cuando ha pasado lo más doloroso transcurrido en los seis meses, después de frustrarse un diálogo que fue soñado en su momento con la esperanza de la rehabilitación, después de callarse las protestas con las armas de la represión, se pretende ahora a través de la propaganda oficial, de la ficción, se quiere vender la idea de que todo está normal, de darle naturalidad al temperamento festivo del nicaragüense, después de tanta repercusión negativa.

Está fresco el luto encerrado en el clima lacrimoso. Se mantiene el temor y cuando este persiste no habrá posibilidad de que retorne la normalidad. El pánico es un agravante en el semblante integral de la nación, es un producto natural en el “instinto de conservación”. Se nota que el oficialismo se esfuerza por recuperar las primicias legítimas de la euforia pero no puede lograrlo.

Sentir la estabilidad por mucho cosmético que se le ponga es apenas el pedazo de una ilusión.

El autor es periodista.