El régimen del terror está aquí

Robespierre tuvo la audacia de defender el terror como método revolucionario. Asumió sus muertos. Daniel Ortega y Rosario Murillo, en cambio, son de los que “tiran la piedra y esconden la mano”

Daniel Ortega, reformas

Régimen del terror

Maximiliano Robespierre fue un revolucionario francés que encabezó lo que se conoce como “régimen del terror”. Unos 11 mil franceses fueron enviados al cadalso entre 1793 y 1794 como un acto desaforado por defender la revolución. Comenzó como un intento para “contener los excesos” de los adversarios, pero pronto el llamado “terror de Estado” cayó a su vez en excesos al condenar a muerte todo lo que le parecía sospechoso, amigos y aliados incluidos. Este baño de sangre terminó dos años después de su inicio, cuando fueron llevados a la guillotina a quienes originalmente impusieron el terror, Robespierre incluido.

Verdugos

Nicaragua vive su propio régimen del terror. Comenzó cuando policías y paramilitares recibieron licencia para matar a los ciudadanos que protestaban. Entre 320 y 545 muertos, según diferentes listas. Una masacre. Siguió con el secuestro y enjuiciamiento exprés de otros. Unos 674 presos políticos actualmente. Continuó con el acoso y asedio a medios, iglesia y líderes de la sociedad civil y ahora el cadalso está instalado en la Asamblea Nacional, a donde llevan vendados de ojos y maniatados a los organismos de la sociedad civil que les incomodan para cortarles la cabeza. Son los mismos verdugos. Los paramilitares les pasaron sus capuchas a los jueces y fiscales, y estos a su vez se las pasan a los diputados.

Magazine

La última edición de la revista Magazine le pone rostro a este terror. Tratamos de mostrar en fotos los rostros de cada muerto y contar quiénes eran. De todos. Con la mayor objetividad posible. Foto, quién era y cómo murió. Al verla en su conjunto, sin embargo, saco las siguientes conclusiones: hay varios simpatizantes de régimen muertos, algunos asesinados de forma cruel, pero son los menos y la mayoría de ellos murieron durante ataques a las protestas. Siete de los 22 policías murieron en zonas rurales: 4 Morrito y 3 Mulukukú. Pero la gran mayoría de los muertos de estos meses fueron ciudadanos que protestaban, asesinados en esa primera ola de terror de Estado.

Meteorito

Robespierre tuvo al menos la valentía, o audacia, de defender el terror como método revolucionario. Asumió sus muertos. Daniel Ortega y Rosario Murillo, en cambio, son de los que “tiran la piedra y esconden la mano”. Si de su versión depende, las personas que protestaban se mataron entre ellos. O no cuentan. No son humanos. Para darle forma a esa alucinante tesis se han inventado “intento de Golpe de Estado” y “terrorismo”, dos conceptos que solo repiten los mismos que aún creen que aquí cayó un meteorito el 6 de septiembre de 2013.

Matemáticas

Debe haber justicia para todos los asesinados. Justificar un asesinato por ideología es terror. Y si lo hace el Estado, es terror de Estado. Aquí las matemáticas no cuadran. Hay 674 personas presas o enjuiciadas por la muerte de los ciudadanos cercanos al régimen, que son alrededor de 60, entre policías y simpatizantes. En cambio, no hay una sola persona detenida por la muerte de los al menos 200 ciudadanos restantes. Debe haber justicia para los cercanos al régimen asesinados. Pero también para el resto. Aquí no hay justicia ni para unos ni para otros. Hay persecución y venganza, como en los dos años de régimen de terror de Robespierre y su gente.

Rueda

Es incompresible como en estos días muchos aplauden el terror como método de normalización. “De paz”, dice Ortega. El terror es una rueda. Da vueltas. Los que aplauden la degollina a organismos de derechos humanos, medios de comunicación u otras organizaciones, ¿a dónde se irán a quejar o pedir ayuda cuando esa rueda comience a triturarlos a ellos? ¿Van air a Canal 4? ¿O al 19 Digital? ¿O a la Procuraduría de Derechos Humanos? Una sociedad uniforme no le conviene a nadie. Ni a los verdugos. Cuando el terror se desata nadie está seguro. Ahí está la historia de Robespierre. Comenzó volando cabezas, aplaudió la sangre, y terminó con su propia cabeza en una cesta.

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