La canción del oro de Rubén Darío y su «prosa poemática»

Cantemos al oro, porque “tapa” las bocas que nos “insultan”, “detiene” las manos que nos “amenazan” y “pone” vendas a los pillos que nos “sirven”

El rey burgués, obra de Mauricio Rizo. LA PRENSA/Cortesía

Dentro de la estructura de Azul…, La canción del oro forma parte de los nueve relatos de Rubén Darío. Se trata de “prosa poemática”, con tipos de oraciones y otros recursos estilísticos que predominan.

Muchos poetas en la historia de la literatura expresan la insatisfacción del escritor, el artista marginado, su duda ante las verdades de la ciencia, el opulento e indiferente mundo burgués; todo ello nos demuestra que Darío recurrió a las fuentes literarias de mayor prestigio estético.

Zunilda Gertel afirma: “…Ante el fracaso positivista el hombre siente su incapacidad para proyectarse en la realidad y comienza la búsqueda en su interioridad” (68).

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La unidad de lo subjetivo y lo objetivo del mundo del “mendigo-poeta”, mediante el lenguaje lírico, es pues en La canción del oro la perfecta simbiosis. Desnudar su alma requería un nuevo lenguaje, un código distinto capaz de sugerir y simbolizar la esencia del pensar y del sentir.

Darío, como verdadero artista creador, habría de bucear en la lengua para descubrir aquellos recursos que pudieran adecuarse a una actitud, a un sentimiento y a su concepción del mundo hostil.

En La canción del oro, las imágenes se acumulan en esta “letanía infernal”, a base de violentos contrates; admiración y rechazo se entremezclan en la visión del “mendigo-poeta”.

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La experiencia sensorial es transmitida a través del empleo de frases y oraciones cortas, rápidas, generalmente oraciones unimembres (carecen de verbo) como se observa en los ejemplos siguientes: “…inmenso tesoro, leche rubia, río caudaloso, fuente de la vida, fuego sólido, hecho sol, enamorado de la noche…”.

La composición carece de verbos, excepto “cantemos”, que pertenece al estribillo. Con esta oración exhortativa de ruego, con su carga emotiva de matiz irónico, constituye el soporte estructural sobre el que está constituido el himno.

Observamos que en los tres primeros párrafos la forma verbal “había”, propia del cuento infantil, se repite tres veces que se complementa con el adverbio de tiempo “entonces”, propio de un pasado que es presente y futuro; predominan los verbos de vida interior: “brotó”, “pasó”, “llegó”, “encendía” y “entrechocar”, que reflejan una prosa de estilo rápido, nervioso, emotivo:

Entonces, en aquel cerebro de loco, que ocultaba un sombrero raído, “brotó” como el germen de una idea que “pasó” al pecho, y fue opresión, y “llegó” a la boca hecho himno que le “encendía” la lengua y hacía “entrechocar” los dientes.

El adverbio de cantidad “todo”, junto con los gerundios “tanteando” y “cayendo”, prolonga el efecto de la caída del personaje en el abismo de la angustia y la desolación:

Fue la visión de “todos” los mendigos, de “todos” los suicidas, de “todos” los borrachos, del harapo y de la llaga, de “todos” los que viven, ¡Dios mío!, en perpetua noche, “tanteando” la sombra, “cayendo” al abismo, por no tener un mendrugo de pan para llenar el estómago.

Esta expresión “¡Dios mío!”, representativa de la actitud del hablante, manifiesta desconcierto, compasión e impotencia al colocar al poeta junto a todos los desheredados de la fortuna.

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En la prosa, proliferan las metáforas: “El oro (es) rey del mundo, dicha, luz, sol despedazado, leche rubia, río caudaloso”. A veces el hilo del discurso es interrumpido por verbos violentos:

Cantemos al oro, porque “tapa” las bocas que nos “insultan”, “detiene” las manos que nos “amenazan” y “pone” vendas a los pillos que nos “sirven”.

Darío logra una admirable síntesis comparativa del ser humano (espíritu y materia) y que culmina con un símil fatalista: “Cantemos el oro, amarillo como la muerte”. El estallido final en un ritmo de increcendo:

¡Eh, miserables, beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos, vagos, rateros, bandidos, pordioseros, peregrinos, y vosotros los desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, ¡oh poetas!.

En La canción del oro predomina el contraste de dos mundos que nos ha mostrado nuestro genial poeta: lleno de ideales y de ensueño, pero marginado e incomprendido; y el mundo utilitarista de una sociedad frívola que se encamina hacia la prosperidad económica versus el mendigo poeta.

*Miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

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