Seamos felices

Las bienaventuranzas y malaventuranzas de Lucas (Lc. 6,20-26) son la quintaesencia, el centro y el eje del mensaje de Jesús

Las Bienaventuranzas son nada más ni nada menos que el talante, el estilo de vida para quienes quieren seguir a Jesús y de quienes pretenden vivir su fe cristiana. Ahí está el compendio de la forma de pensar, de vivir, de ser y actuar de todo cristiano.

Las bienaventuranzas y malaventuranzas de Lucas (Lc. 6,20-26) son la quintaesencia, el centro y el eje del mensaje de Jesús. Este fue el estilo de vida que Jesús vivió y este es el estilo de vida que quiere que lleven sus discípulos. San Pablo decía: Jesús “siendo rico, se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza” (2 Cor. 8, 9).

Jesús está viendo la cruda realidad en su pueblo: unos pocos viven muy bien y además a costa o prescindiendo de la mayoría que viven muy mal. Ante esta situación injusta Jesús no puede estar de acuerdo; por eso no puede sino que decir: “Felices ustedes los pobres (Lc. 6, 20)”; los que están llorando y pasando hambre. No por eso, sino porque Dios está con ustedes. Está de su parte animándoles a luchar por una sociedad más justa y humana, en la que haya pan para todos y no solo para unos cuantos. En la que seamos capaces de hacernos pan compartido para quienes no lo tienen, porque no somos egoístas.

Felices ustedes, los que han optado, no por atesorar, sino por compartir lo que son, lo que saben y lo que tienen. (Hch. 2, 44-45).

Felices ustedes los que lloran (Lc. 6, 21) y con los que lloran porque su llanto solidario puede convertirse en una eterna sonrisa.

Felices ustedes, los que se solidarizan con quienes lo pasan mal y se esfuerzan para que les sea devuelta la sonrisa a su rostro (Lc. 6, 21), porque dejan de estar marginados de los bienes que gozan los demás.

Felices ustedes los que, al descubrir que Dios es papá de todos, empiezan a tomar conciencia de que los otros, los pobres de la tierra, son hermanos y no pueden permitir que se siga construyendo pobreza, hambre, marginación y dolor para ellos (Lc. 6, 21).

Felices ustedes los que no tienen miedo de clamar por la justicia a favor de los más pobres de esta tierra porque saben que están dignificando a sus hermanos y colaborando para liberarlos de la marginación (Lc. 6, 22).

Felices ustedes, los que sienten más alegría en dar que en recibir (Hch. 20, 35).

Felices ustedes, los que han optado por superarse; no solos, sino que en comunión con los demás seres humanos.

Es cierto que hoy las bienaventuranzas resultan incómodas; el mundo va por otros caminos y busca otros dioses que dan felicidad distinta, más cómoda y evasiva. El gran Dios de hoy es el dinero y ante él no nos humilla hincarnos de rodillas. Ellos, como nos dice Jesús, no pueden ser felices. ¡Pobre de ellos! (Lc. 6, 24-26).

Quienes no entienden o no quieren entender las bienaventuranzas, no han entendido, ni quieren entender al Dios de Jesús, porque, como decía San Oscar Romero: “La Gloria de Dios es que el pobre viva”.

El autor es sacerdote católico.

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