Pobre negociadores

La verdad es que han asumido un papel muy difícil y riesgoso. Difícil porque en una negociación no se puede exigir la rendición del otro

¡Qué difícil estar en los zapatos de los negociadores de la Alianza Cívica! Primero les fallaron los obispos, rehusando a actuar de testigos. Luego los estudiantes, retirando transitoriamente su representante. Simultáneamente han venido siendo vilipendiados en las redes sociales y en otros medios: “blandengues, incoherentes, sirvientes del capital, no representativos”, etc. Una caricatura en LA PRENSA los dibujó como “Alianza Cínica”.

La verdad es que han asumido un papel muy difícil y riesgoso. Difícil porque en una negociación no se puede exigir la rendición del otro, siendo inevitable entrar en un complejo proceso de mutuas concesiones. Difícil porque una de las partes es un gobierno zorro, nada inclinado a restituir al pueblo sus derechos como muestra su reticencia a liberar a Miguel Mora, Lucía Pineda, Medardo Mairena y otros injustamente detenidos. Difícil porque la otra parte es un pueblo ardido y dolido, en el que muchos desearían ver fusilados a Ortega y sus secuaces. Riesgoso porque difícilmente los negociadores llenarán las expectativas de muchos, quedando expuestos a cosechar repudio y desprestigio. Con todo, la esperanza de que se abra para el país una senda de paz y verdadera democratización depende, en parte, del éxito de estas negociaciones. Su colapso llevaría a consecuencias que nadie parece dispuesto a asumir. Por tanto, si queremos que estas lleguen a un final potable para las partes, tanto el pueblo como los negociadores deberán hacer un esfuerzo excepcional.

El pueblo debe guardarse del negativismo destructor o del escepticismo ciego. Hay personas o sectores que nunca están contentos con nada y siempre buscan el pelo en la sopa. Como quienes criticaron al nuncio, por haberse reunido con un grupo limitado de presos —como si fuese posible hacerlo con todos— o al equipo negociador de la Alianza, por no representar a todos los sectores —como si fuese posible negociar con docenas de representantes—. Como dije antes, los que integran el equipo negociador, sin ser necesariamente santos, son individuos de muy buenas credenciales que merecen un voto de confianza. No uno indefinido y ciego, sino uno sujeto a que muestren resultados y no cedan en lo esencial, sin perder de vista que, por la naturaleza del caso, sus logros no pueden ser instantáneos ni masivos, sino graduales y escalonados.

Los negociadores tienen que hacer un mayor esfuerzo por estar en sintonía con sus bases, informándolas bien y oportunamente. Deben dejarse aconsejar, no tomando decisiones claves solos, pero sin que sus representados pretendan micro manejar sus movimientos. El reto que enfrentan es doble: negociar simultáneamente con un gobierno y una oposición difíciles, inmersos en una cultura política donde la racionalidad cede fácilmente a la emotividad. Que tengan éxito exigirá la madurez y cooperación de todos; mente fría y corazón caliente.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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