La historia del payaso rebelde

Detrás del maquillaje que utiliza Ottoniel Espinoza para protestar contra el gobierno, se esconde un rostro que ha vivido mucho en 25 años de vida. Drogas, violencia, cárcel y rebeldía se cuentan en esta historia

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Hay dos razones por las cuales Ottoniel Espinoza se pintó la cara de payaso. La primera es la que se conoció cuando llegó a la lectura de su sentencia con el rostro todavía manchado de colores y dijo que lo hacía porque los juicios contra los presos políticos le parecían “un circo, una payasada”.

La segunda razón, la que debería de ser la más importante en esta historia, viene desde mucho tiempo atrás. Antes, incluso, de que lo atraparan, lo encerraran y condenaran a 24 años de cárcel por participar en las protestas antigubernamentales que iniciaron en Nicaragua desde el 18 de abril de 2018.

Ese motivo quizás fue el que lo llevó a apoyar las marchas y tranques que los rebeldes hicieron en la ciudad de Estelí el año pasado. Y también puede ser la razón por la cual esté dispuesto a seguir con cualquier tipo de rebeldía contra el gobierno.

Es por eso que después de bajarse de la moto en la que llega a su casa con un amigo, sin dudarlo pregunta: “¿Quieren que me pinte como payaso para la entrevista?”

Unos minutos después también se coloca la camisa azul que utilizaba en la cárcel. Y mientras se ve en el espejo termina de dibujarse una sonrisa. “Ya estoy listo para empezar”, dice.

Cada vez que ha hablado, en estas dos semanas desde que fue liberado el 15 de marzo como parte de un grupo de 50 presos políticos, Ottoniel se pinta la cara y se pone la camisa de reo. “Yo todavía no me explico por qué me liberaron. Yo ya me había hecho la idea de quedarme preso hasta 2021”, dice con la voz segura, los ojos fijos.

Al final, después de hablar sobre lo que vivió en los 210 días que estuvo preso, la piensa mejor y aclara que la cárcel no se la desea ni a su peor enemigo. Tal vez porque recuerda los días de aburrimiento y desesperación en los que se agarraba de los pelos y quería estrellarse contra las paredes. Quizás porque salió de la cárcel, pero sus días los lleva en la piel, como los tatuajes regados en su cuerpo.

Las enfermedades crónicas de Imelda se agravaron durante su hijo estuvo preso. LAPRENSA/O.Navarrete

Madre

La casa de Ottoniel está ubicada en el sector conocido como La Chiriza, en los márgenes del suroeste por donde debe terminar la ciudad de Estelí. El barrio tiene varias casas sin pintar, a veces de bloque, minifalda, y algunas de dos pisos. A una cuadra de aquí hay una calle principal en la que se ven varias ferreterías, pizzerías o pulperías que lleva hasta un tope donde se levanta la Universidad de Ingeniería (UNI-Norte).

Pero la casa de Ottoniel es parecida al resto. Montada sobre una pequeña colina, mitad bloque y tablones, con piso de tierra, y unos cuartos que se dividen con cortinas. Adornada con varios retratos colgados de sus hermanos, dos varones mayores, y una muchacha menor que él, que hoy se encuentra chineando un bebé de tres meses de nacido.

Imelda Espinoza Calderón, madre de Ottoniel, cuenta que a esta casa llegaron hace unos años, después de vivir en un barrio del centro de la ciudad donde abundaban las pandillas. Ottoniel tenía más de 15 años y un mundo iniciado en las drogas y en las calles. “Era todo para mí”, dice Imelda, una señora de 49 años de edad, blanca, pelo negro, la misma sonrisa ancha del hijo.

El rostro de Imelda pareciera haber vivido más de los años que tiene. El padre de Ottoniel, con quien tuvo sus tres primeros hijos, la vivía golpeando. El hombre le quitó a sus dos primeros hijos y ella se separó cuando estaba embarazada del chico que 25 años después se pintaría de payaso para ir a un juicio político. “Es por eso que todo el amor que no lo di a mis primeros hijos, se lo di a Ottoniel”, dice la madre.

Con Ottoniel anduvo “rodando” durante 15 meses en los que trabajaba como doméstica en Estelí o Managua. Había decidido quedarse sin pareja y dedicarse al trabajo y al estudio. Sin embargo, un señor la enamoraba todos los días por la acera donde pasaba. Al inicio a ella le molestaba, lo sentía como un acosador, pero después vio que sus sentimientos eran genuinos.

“Me dijo que se iba a hacer cargo de mí y de mi hijo. Fuimos platicando, y 15 días después vivíamos juntos”, dice Imelda.

Veinticinco años después todavía vive con el señor, con el que tuvo una niña y que fue la figura paterna para Ottoniel. Sin embargo, Imelda cree que cometió errores porque no tenía paciencia. “Yo le pegaba por todo: si no se abrochaba bien la camisa, si no se amarraba los zapatos, si salía mal en clases. Vivió un violencia bien fea desde pequeño”, dice Imelda, y agrega: “Yo por eso me culpaba de haberlo criado mal. Quizás él encontró en los muchachos que le ofrecían drogas en las esquinas, la acogida que yo no le pude dar en la casa”.

Ottoniel fue adicto a las drogas. LAPRENSA/O.Navarrete

Deporte y calle

En la categoría amateur de Artes Marciales Mixtas ganó 18 peleas por nocaut y tuvo dos derrotas. En profesional su récord era de una victoria, una derrota y un empate.

Ottoniel dice que su vida ha sido en las calles, donde le gusta platicar con los amigos y hacer tatuajes. “Mi vida ha sido loca, en las calles haciendo cosas malas. No he sido una persona santa, he hecho de todo, mi vida ha sido complicada”, agrega. “Voy a ver qué me dice el psicólogo, pero soy de los que piensan que ellos no me harán cambiar de parecer”.


Cárcel

Ottoniel lloró cuando le dijeron que sería liberado. Pero no lloraba de alegría, sino de tristeza. “Sentía que tenía una familia en la cárcel y no me quería venir”, dice Ottoniel, quien se encontraba en el módulo 1 de la galería 16 de la cárcel La Modelo.

Ahí conversaba con Brandon Lovo y Glen Slate, condenados por el asesinato del periodista Ángel Gahona, y los estudiantes Edwin Carcache, Dillon Zeledón y Nahiroby Olivas, entre otros. Con ellos hablaba de las anécdotas en las barricadas, de la familia o de los amigos caídos en las protestas.

Dodanim Castilblanco, taekwondista de Estelí, fue uno de los amigos de Ottoniel que cayó el año pasado. Iban al mismo gimnasio, entrenaban juntos y platicaban largos ratos. Según él, todos los atletas que practican deportes de contacto en Estelí se conocen. Incluso, el policía que lo arrestó era su compañero en Artes Marciales Mixtas.

Esta fue la primera imagen que se vio pintado de payaso. LAPRENSA/Tomada de redes

“A mí no me golpearon porque el policía era amigo mío. Él fue quien le avisó a mi familia que me habían capturado”, cuenta Ottoniel.

En la cárcel —recuerda Ottoniel—, a veces cuesta que los días pasen. No comía ni dormía bien durante los siete meses. Eso sí, necio como siempre ha sido, le gustaba dar bromas a sus compañeros de celdas. “Yo me metí a varios problemas porque soy hiperactivo, y a veces me gustaba aventarles papeles mojados a mis compañeros o lanzarles con una hulera papelitos a los funcionarios del penal”, dice mientras se carcajea.

Los días más difíciles para Ottoniel eran las visitas familiares. Siempre se alegraba porque llegaba su mamá con su hermana, pero lo más duro era verlas partir. “Nunca me arrepentí de estar en la cárcel. Me nació hacerlo. A veces la gente me dice que soy tonto porque ando en esto y no soy político. Pero yo les digo que es cierto que no soy político, pero soy nicaragüense y soy el único que puede hacer valer mis derechos”.

El cielo

El sacerdote de la iglesia donde iba Imelda siempre les decía a sus fieles: “Cuando tengan un problema, algo que les perturbe, salgan al patio, contemplen el cielo, y verán la paz que les llegará”. Entonces eso mismo hizo Imelda después que Ottoniel intentara suicidarse por tercera vez en menos de 20 años de vida.

Imelda acababa de levantar a Ottoniel del piso, luego de que su hijo se agarrara la cabeza con las dos manos y se estrellara contra una cama de hierro. Antes le había dicho a su mamá: “Quiero cerrar los ojos y nunca más abrirlos”.

Para esos días Imelda estaba recién operada de la cervical y llevaba puesto un collarín en el cuello. Aunque quería, no podía llorar porque si la miraba en ese estado Ottoniel “se sentía culpable y aumentaban sus deseos de hacerse daño”, dice Imelda.

Entonces, en el solar abierto de su casa, nada más ella y sus ojos puestos en el cielo, le ofreció a Dios su vida a cambio de la de su hijo. “Porque ya no aguantaba verlo sufrir”, dice Imelda, quien recuerda días de angustias sin saber de él, esperando a que apareciera por la puerta de su casa. O las veces que lo regañaba, y en represalia Ottoniel le lanzaba piedras a su propia casa.

Imelda Espinoza, madre de Ottoniel, en las afueras de la cárcel Modelo el día que lo liberaron. LAPRENSA/O.Navarrete

Poco después, al aburrirse de pelear en la calles y llegar a su casa con los ojos morados, Ottoniel entró a una academia de Artes Marciales Mixtas que se convertiría en su nuevo vicio. Era hábil en la lucha en el octágono y lo comenzó a tomar en serio. Comía, dormía y entrenaba como un profesional. En esas estaba cuando estalló la crisis de abril de 2018: tenía una pelea pactada el 26 de ese mes pero se suspendió porque el país cambió para siempre.

Por cierto, su vida había cambiado desde los 20 años de edad, cuando ingresó al deporte, se alejó de las drogas y en estos seis años sigue luchando día a día para no volver a caer.

Casa por cárcel

Ottoniel vomitó los primeros alimentos que probó cuando salió de la cárcel. Allá solo se mantenía comiendo galletas con avena porque la comida de la cárcel “era un asco, lleno de hormigas, virutas y vidrio molido”.

Ahora, Imelda, su madre, le sirve poco y casi no condimenta los alimentos para que no le provoquen dolores de estómago o se le reduzca aún más el apetito. Porque aunque Ottoniel fue liberado, se sigue sintiendo preso. “Yo tengo casa por cárcel. Si la Policía me mira afuera, me puede volver a capturar”, agrega.

Para Ottoniel estar en un espacio pequeño es como estar preso. De pequeño iba bastante al psicólogo porque era bien hiperactivo. “Ahorita mismo estoy quieto porque estoy platicando, pero si no estuviera dando vueltas por a la casa”, dice Ottoniel.

Este es altar que hizo Imelda mientras su hijo estuvo en la cárcel. LAPRENSA/O.Navarrete

No era mal alumno, reconoce su madre. Pero repitió cuatro veces el primer año de secundaria por la mala conducta. Ottoniel no tiene novia porque no le gusta que “lo controlen” y le huye a tener una familia. “Mi mamá ya me controla demasiado”, dice.

Este miércoles de marzo se despide para montarse en la moto. En unas horas va a preferir hacerle un tatuaje a un amigo que ir a su primera cita con el psiquiatra.


Delitos

Ottoniel fue declarado culpable el 1 de febrero por los delitos de “entorpecimiento de servicios públicos, robo agravado, uso de armas restringidas, portación ilegal de armas, crimen organizado y secuestro, y extorsión”.

En los medios oficialistas señalaban que Ottoniel había “confesado su participación en los diferentes actos delincuenciales que se cometieron en Estelí. La publicación dice que Ottoniel, alias Catala o Comandante pretendía huir hacia Costa Rica, luego de participar en los tranques “donde torturaban a simpatizantes sandinistas”.


Payaso

La idea de pintarse la cara ocurrió después de que llegaban los funcionarios del penal a las celdas, y los reos decían: “Ahí vienen los payasos del circo de Daniel Ortega y la Chayo (Rosario Murillo)”. Y poco después se convenció de que funcionaría para protestar contra las acusaciones, testigos falsos y las teorías inverosímiles de los fiscales.

La primera vez que se le miró pintado fue cuando los eurodiputados del Parlamento Europeo visitaron las cárceles del país a finales de enero y apareció pegado a las rejas con el maquillaje del Guasón. “En la cárcel me pintaba un maje que se llama la Sexy Carolina, un gay, Augusto se llama. Él es de Carazo”, dice Ottoniel.

Sin embargo, Ottoniel ya se había manchado la cara para andar caminando dentro de la galería, por lo que podría ser la verdadera razón. “En la cárcel uno no pasa sonriendo. Pasa ahuevado, triste, solo esperando a que lo lleguen a sacar”, dice. Entonces, un día cogió un lápiz de cejas y un labial rojo y se hizo una sonrisa falsa para demostrar que no estaba triste.

A la izquierda de la foto, Ottoniel Espinoza previo a una pelea profesional de Artes Marciales Mixtas.
LAPRENSA/Cortesía.
Ottoniel Espinoza, el guasón en protesta. LAPRENSA/O.Navarrete

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