¿Tigre de papel?

Aquí el presidente norteamericano parecía que iba con todos los fierros: en su discurso del 18 de febrero, en Miami, dio una especie de ultimátum al estado mayor del ejército de Maduro

¿Es míster Trump, o la presente administración norteamericana, un tigre de papel? La expresión tiene origen chino para designar algo que aparenta ser muy peligroso, pero no lo es. La usaron Mao Zedong y luego Vietnam del Norte en relación con Estados Unidos. Hoy algunos quieren aplicarla a Donald Trump. Alegan que es propenso a bravuconadas o amenazas que no ejecuta. Citan, como ejemplo, el caso del muro con Méjico, que iban a pagar los mejicanos, y, últimamente, el caso de Venezuela.

Aquí el presidente norteamericano parecía que iba con todos los fierros: en su discurso del 18 de febrero, en Miami, dio una especie de ultimátum al estado mayor del ejército de Maduro. Luego su administración orquestó, con Guaidó, un vistoso operativo de ayuda humanitaria que entraría al país con o sin la voluntad del dictador. Los ojos del mundo se posaron en Cúcuta, la ciudad de donde saldría el convoy en un día histórico, en que algunos, equivocadamente, hasta avizoraban portaaviones gringos acercándose por el Caribe.

No pasó nada. Peor que eso, los rusos comenzaron a jugar con las barbas del tigre cuando, en abierto desafío, comenzaron a descargar un primer contingente militar en lo que consideran el traspatio de Norteamérica. Maduro se envalentonó —y de rebote también el presidente Ortega de Nicaragua— cuando olfatearon que el tigre podía rugir, pero no morder. Habría, es cierto, sanciones económicas muy duras, pero ningunas capaces de tumbar regímenes que, como el cubano, menosprecian el dolor de sus pueblos, pero confían en la eficacia de sus matones bien armados.

Que Estados Unidos, y sus aliados regionales, Brasil y Colombia, no quieran usar la fuerza militar, es más que entendible. Ningún país quiere mandar sus muchachos a morir. Ningún político quiere arriesgar su popularidad en aventuras expuestas a graves imprevistos. Lo que es menos entendible es sacar las garras y rugir fuerte cuando no hay voluntad de clavar los colmillos. Al comienzo funciona. Amedrenta. Pero una vez que sus rivales intuyen o descubren que no es más que show, se vuelve en algo muy contraproducente.

El expresidente Teddy Roosevelt decía a comienzos del siglo pasado que “hay que hablar suave, pero portando un gran garrote”. Ahora parece que el lema está invertido. Giro riesgoso pues no hay peligro más grande para un político que perder la credibilidad o el respeto de sus rivales. Ni peor peligro, para una potencia, que ser vista como un tigre de papel. Cuando eso ocurre los adversarios se envalentonan. Si país o persona alguna quiere evitar el desprecio, debe acatar esta advertencia: no ladres si no vas a morder.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.