Existen los buenos líderes

El problema es que el Estado moderno se define como el monopolio de la violencia sobre un territorio y, así, los gobiernos utilizan ese monopolio para forzar leyes

“El hartazgo de la ciudadanía europea —y occidental en general— no se desinfla… Brexit, Trump y Bolsonaro son productos de ese sentimiento… Macron también lo es”, escribe Andrea Rizzi en El País de Madrid. Pero, al final, todos los “antisistema” terminan siendo políticos, y a Macron le tocaron sus “chalecos amarillos”.

La mejora de la economía, con tasas de crecimiento del PBI de la Unión Europea superior al 2 por ciento desde 2015, no ha sido suficiente como tampoco la mejora de la economía en EE.UU. “El cabreo es visceral”, remata Rizzi. Es probable que en las elecciones europeas de mayo un 60 por ciento de los ciudadanos no vote y del restante, una cuarta parte lo haga por partidos radicales.

El denominador común es el hartazgo con la política tradicional. Pero la gente no percibe el fondo con lo que vuelve a caer en la misma trampa: votan “outsiders” que, al final, terminan siendo políticos. El problema es que el Estado moderno se define como el monopolio de la violencia sobre un territorio y, así, los gobiernos utilizan ese monopolio para forzar leyes. Y, como ya decían los griegos, incluido Aristóteles, la violencia es contraria al ordenamiento del cosmos y, por tanto, destruye la armonía, la naturaleza de la creación.

Si una ley debe ser forzada es, precisamente, porque no se cumpliría voluntariamente y, entonces, el forzado quedará descontento. Ahora, ¿es posible convivir sin que las personas sean forzadas? Pues sí, el mercado es eso, es la sociedad que realiza transacciones —con consecuencias económicas— voluntarias y pacíficas. Pero, aunque la gente sufre el malestar que le provoca esta coacción estatal, no comprende la naturaleza destructiva de la violencia y hasta la apoya, de otro modo estos gobiernos no subsistirían, ni sus enormes gastos en armamento. El gasto militar mundial creció 2.6 %, superando los US$1.8 billones en 2018, máximo histórico según el SIPRI. Washington y Pekín suman más de la mitad del gasto global en armas. El gigante asiático gasta el 2 % de su PBI. Ahora, mientras que Japón destina el 0.9 %.

Entretanto, Japón asistió el 30 de abril a la primera abdicación imperial desde hace 200 años, cuando Akihito cedió su puesto a su hijo Naruhito cuyo carácter podría ahondar las divergencias entre la familia imperial y el gobierno de Shinzo Abe que pretende militarizar más a Japón. Akihito afirmó que el “más importante deber del emperador es orar por la paz” y pidió perdón durante su visita a China en 1992 al reconocer que Japón había “infligido un gran sufrimiento” al pueblo chino y pidió “que los estragos de la guerra nunca se repitan”. Quedan líderes que no pretenden imponerse por la fuerza, y son los mejores.

El autor es miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California.
@alextagliavini
www.alejandrotagliavini.com

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