El Dios en el que creo

El cristiano es el hombre que a través de Jesús ha descubierto y ve a Dios, a un Dios del que se siente orgullo de llamarle Padre, Hijo y Espíritu Santo

Celebrar la Santísima Trinidad es compartir la fiesta de nuestro Dios. Los cristianos nos sentimos orgullosos de creer en el Dios que nos ha enseñado Jesús. De Dios se ha dicho muchas cosas y cosas contradictorias las unas de las otras. “Como a Dios nadie lo ha visto jamás” (Jn. 1, 18), cada cual se imagina o se representa a Dios como puede. Esta manera de hacer de Dios un traje a nuestra medida ha traído consecuencias muy lamentables; hemos desfigurado a Dios y hemos dado pie a fomentar el ateísmo en mucha gente. Como decía Juan Arias en su libro El Dios en quien no creo: “Muchos ateos en lo que no creen, es en un Dios en el que yo tampoco creo”.

Cada uno nos hemos hecho un Dios a nuestra imagen y semejanza. Un Dios cómodo, un Dios que hemos venido utilizando según nuestros gustos y caprichos. Por eso, sería mejor no tener ni siquiera una opinión de Dios antes que tener una opinión indigna de Él.

Nuestro Dios no es, ni puede ser otro que el Dios de Jesús, quien es el único que nos puede hablar de Dios porque Jesús es la manifestación y la revelación de Dios a los hombres.

“A Dios nadie le ha visto jamás”, dice San Juan en el prólogo de su evangelio (Jn. 1, 18). Dios se nos ha manifestado en Jesús y solo en Jesús podemos conocerlo. Dios se nos ha hecho visible en los gestos, en las palabras, en las acciones y en toda la vida de Jesús: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14, 9). Jesús, como nos dice San Pablo, “es la imagen de Dios invisible” (Col. 1, 15).

La única forma de que nosotros conozcamos a Dios es reconociéndolo en el mismo Jesús.

El Dios invisible para los hombres se ha hecho visible en Jesús: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14, 9); “Yo hablo lo que he visto junto a mi Padre” (Jn. 8, 38). El Dios innombrable se ha hecho palabra en Jesús (Jn. 1, 1.14) y el mismo Jesús nos ha dicho que llamemos a Dios: “Padre”, “Abba”, “papaíto querido” (Mt. 6, 9).

El Dios incognoscible se ha dado a conocer en Jesús: “Nadie va al Padre si no por mí. Si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre” (Jn. 14, 6-7). El Dios que buscamos y no encontramos, se ha hecho el encontradizo en Jesús: “El Padre y yo somos uno” (Jn. 10, 30). “El Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn. 10, 38), El Dios inalcanzable se ha hecho carne de nuestra carne en Jesús: “La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” (Jn. 1, 14).

El cristiano es el hombre que a través de Jesús ha descubierto y ve a Dios, a un Dios del que se siente orgullo de llamarle Padre, Hijo y Espíritu Santo:
Padre, porque nos asume como hijos (Gal. 3, 26; 4, 6-7). Hijo, porque se ha hecho carne de nuestra carne, nuestro hermano mayor (Jn. 1, 14). Espíritu, porque al descubrirle, le ha dado sentido a nuestra vida (Jn. 16, 13).

El autor es sacerdote católico.

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