“VolcáNica: Crónicas desde un país en erupción”, será presentado en el país por la escritora Sabrina Duque 

Sabrina Duque entra con este libro en la lista de los cronistas y viajeros que a través del tiempo han escrito buena parte de la historia de Nicaragua como testigos de primera mano

Gioconda Belli, Sergio Ramírez, acompañan a la periodista ecuatoriana Sabrina Duque durante el panel «Nicaragua: el grito de los volcanes», realizado en la sexta edición del Festival Gabriel García Márquez de Periodismo, en Medellín (Colombia). 3 de octubre de 2018. EFE/Archivo/Luis Eduardo Noriega

«VolcáNica» es un reportaje agudo, intenso, perspicaz, escrito por una joven periodista que ha viajado intensamente por el territorio de Nicaragua, y ofrece una visión de doble fondo en cuanto a la naturaleza volcánica del país, que a su vez se repite en su historia con sus sacudimientos, explosiones y llamaradas.

Leyendo este libro he recordado cómo la geografía ató a Nicaragua a un destino nunca realizado de ser puente entre dos océanos, y así atrajo desde el principio a sus costas una cohorte de navegantes, cronistas, exploradores, naturalistas, científicos, diplomáticos, que al describir al país dieron al mismo tiempo cuenta de sus gentes y pudieron entrar en las honduras de su historia siempre tan conflictiva y no pocas veces dramática, tal como a Sabrina le ha tocado registrarlo ahora.

La lista de viajeros y cronistas que se han ocupado de Nicaragua con ojo agudo y mente curiosa a lo largo de los siglos es abundante y variada, y de entre esos nombre entresaco el del fraile irlandés Thomas Gage, reputado como espía de Cromwell, quien describe en Viajes en la Nueva España, publicado en 1648, su travesía desde el puerto del Realejo en el Pacífico hasta el de San Juan del Norte en el Caribe, y donde ensalza “las delicias de este paraíso de Mahoma, encontrando por todas partes caminos llanos y unidos, los pueblos agradables, los campos sombreados por los árboles, y por todas partes una grande abundancia de frutas”. Imaginativo como era, no deja relatar cómo un lagarto de gran tamaño lo persiguió por leguas a lo largo de la costa del Gran Lago de Nicaragua.

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Sabrina Duque (Ecuador), Clara Obligado (España) y Manuel Jabois (España) durante el conversatorio Crónica Periodística y Literatura en el Centroamérica Cuenta, mayo 2017. LA PRENSA/Archivo/Óscar Navarrete

No sólo los espías, sino también los piratas que infestaban las aguas del Caribe solían ser excelentes cronistas, como lo fue A. O. Exquemelin, un barbero que hacía las veces de sangrador y cirujano a bordo de la nave del afamado bucanero Henry Morgan, a quien acompañó en el asalto a Panamá en 1671; y cuando anclaron en la bahía de Bluefields ese mismo año fueron atacados por los indios sumos, según él mismo lo describe en su libro Los bucaneros de América, aparecido en holandés en 1678, y que fue todo un bestseller, traducido muy pronto a varias lenguas.

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Y el mismísimo William Dampier en Un nuevo viaje alrededor del mundo, de 1697, otro bestseller, describe la vida y costumbres de los indios misquitos de Cabo Gracias a Dios. Algunos siglos después, otro pirata esclavista, William Walker, expuso en La guerra en Nicaragua, publicado en 1860, sus afanes para conquistar el país, y de paso hizo un retrato del país mismo y las veleidades de liberales y conservadores, siempre en pugna, quienes provocaron la catástrofe de la Guerra Nacional que envolvió a todo Centroamérica.

Mark Twain, quien siendo aún joven y desconocido viajó de San Francisco a Nueva York  en 1866 a través de la ruta del tránsito abierta por el Comodoro Cornelius Vanderbilt, dejó en Viajes con Mister Brown testimonio de su paso desde San Juan del Sur a San Juan del Norte, y describe su visión de los volcanes el Concepción y el Maderas, que se alzan en la isla de Ometepe:

En medio del hermoso Lago de Nicaragua emergen dos magníficas pirámides, vestidas del más suave y rico verdor, veteadas de sombras y luz solar, cuyas cumbres penetran las nubes viajeras. Parecen tan aisladas del mundo y sus tumultos, tan tranquilas, tan soñadoras, tan sumidas en su sueño y eterno reposo…

Ephraim George Squier, viajero, diplomático, periodista y arqueólogo, vino en 1849 en calidad de enviado diplomático del presidente Taylor, y como resultado de su estancia publicó en 1852 un libro fundamental,sin el que conoceríamos mucho menos a nuestro país, Nicaragua, sus gentes, paisajes, monumentos, de 1852. José Coronel Urtecho, patriarca de las letras modernas nicaragüenses, dice de Squier que vio a Nicaragua “con ojo fresco”, pues tuvo esa virtud, que también es la de Sabrina más de siglo y medio después, de descubrir como novedoso lo que está a la vista, pero en lo que nadie repara.

El libro de Squier es un compendio de la geografía, la historia, la economía, la vida social, las costumbres, modos de vivir, de vestir, de comer, y sin que olvide, por supuesto, el asunto de la ruta del canal interoceánico, tan presente a través de los siglos en las ambiciones de las potencias mundiales para apoderarse de Nicaragua.

Sabrina, los mismo que Squier, no descuida los rasgos fundamentales de nuestra geografía, un país joven en términos geológicos, que todavía no ha terminado de formarse, una geografía en la que descuellan su cadena interminable de volcanes, junto a las lagunas de aguas esmeralda que duermen en el fondo de los cráteres como antiguas tazas demetéricas, para citar a Rubén Darío.

Esas lagunas de ensueño para el turista,son volcanes muertos que podrían despertar de nuevo debajo de las aguas con consecuencias devastadoras, así como los volcanes mismos, que parecen dormir tranquilos en el paisaje, son verdaderas bombas de relojería. Tal es el tema que está en la base del libro de Sabrina, y que fue lo primero que llamó su atención sobre Nicaragua: ¿cómo se puede vivir de manera tan indiferente entre tantos volcanes en el patio trasero, suficientes para desencadenar el juicio final?

Squier escuchó una antigua historia según la cual el volcán Momotombo se negó a ser bautizado con nombre cristiano por los frailes de la conquista, a quienes ahuyentó con rugidos y temblores, reacio al agua bendita. Víctor Hugo se enteró de ella leyendo a Squier,  y la usó como tema del poema «La Inquisición»(Las razones del Momotombo), incluido en el ciclo La leyenda de los siglos, de 1857.Uno de sus versos sirvió de epígrafe al poema Momotombo de Darío, incluido en «El canto errante»: oh viejo Momotombo, coloso calvo y desnudo…:

Ya había yo leído a Hugo y la leyenda
que Squier le enseñó. Como una vasta tienda
vi aquel coloso negro ante el sol,
maravilloso de majestad. Padre viejo
que se duplica en el armonioso espejo
de un agua perla, esmeralda, col….

Poema, que, a su vez, para seguir adelante con la historia, Sabrina retoma en este libro que, a su vez, retoma la tradición de los viajeros y cronistas que han visto a Nicaragua con ojo agudo y fresco, y con asombro y curiosidad; y, así, la más reciente de ellos, convierte su exploración en una aventura constante, que es a su vez un relato sentimental, el de alguien que se ha rendido frente a un pequeño país encendido.

Sabrina se proponía escribir originalmente un libro sobre los volcanes de Nicaragua, altivos, desafiantes, impredecibles: ruda de antigüedad, grave de mito, la tribu en roca de volcanes viejos, que, como todo, aguarda su instante de infinito, según los canta Darío mirando desde la isla del Cardón, entre penachos de palmeras, hacia la imponente cordillera de los Maribios.

No hay que tomarlos nada más como imágenes de tarjetas postales. Su inmovilidad y su silencio son tan aterradores como sus erupciones, cuando estallan sus cumbres y la lava ardiente se derrama en corrientes letales por sus laderas, y la tierra se estremece. Y así ha sido la historia de Nicaragua: también erupciones constantes, sacudidas, terremotos, ruinas y despojos para volver a comenzar de nuevo. Una revolución sucede a otra entre el estruendo de las armas, y una nueva tiranía, engendrada por aquella revolución, sucede a otra. La historia copia a la geografía, o la geografía copia a la historia.

Es lo que Sabrina descubre cuando empieza a escribir su libro sobre los volcanes, viviendo ya en Nicaragua, y se topa de pronto con la historia viva, tan viva como la lava que hierve y se agita en el fondo del cráter del volcán Masaya hasta donde llegan a asomarse los turistas.

Y puede entonces presenciar una nueva erupción de la historia, la que comienza el 18 de abril de 2018.Es aquí donde naturaleza e historia se emparejan frente a los ojos de la cronista que empieza entonces a alternar las historias:

Las huellas milenarias de Acahualinca asentadas sobre el lodo, pies que huyen de un cataclismo; la erupción del Momotombo que desterró de su sitio original a León, la antigua capital colonial, provocando un éxodo total de sus habitantes; el magma en el cráter del Masaya que un fraile ambicioso creyó oro y fue por el botín haciendo que lo bajaran metido en un canasto; la erupción del Cosigüina que convirtió los días en noches y lanzó las cenizas hasta México y Colombia; Managua destruida dos veces por terremotos, en 1931 y 1972;y, apenas en 1998, el alud de lodo, piedras y árboles que bajó por la falda del Casitas sepultando a miles de campesinos, cuando la furia del huracán Mitch sopló sobre Nicaragua.

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Y, a la par de las catástrofes telúricas, la historia con su movimiento constante de placas teutónicas: hace cuarenta años una revolución armada que derrocó a la dictadura de la familia Somoza, y ahora la  rebelión cívica de miles de jóvenes sin armas, alzados contra la dictadura matrimonial de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Cuando se dio aquel sacudimiento popular que culminó con la victoria guerrillera en 1979, la cual tuvo también a los jóvenes por protagonistas, no pocos de los corresponsales de guerra que llegaron por legiones al país, representando a los medios mundiales de comunicación, dejaron sus crónicas de aquella hazaña en libros memorables, que se suman a la lista de que hablaba al principio; y también escribieron sobre la década de la revolución, que fue la de los ochenta del siglo pasado, cuando se produjo la guerra entre sandinistas y contras. El que recuerdo mejor entre esos libros es «Sangre de hermanos», de Stephen Kinzer, corresponsal del New York Times, publicado en 1991.

Otra erupción, otro remecimiento del suelo, otra alteración del paisaje, que ahora le toca registrar a Sabrina en su crónica: las barricadas, los tranques, las multitudinarias marchas ciudadanas, la cruenta represión, los francotiradores, los paramilitares, los centenares de asesinados, los miles de heridos, los prisioneros políticos, los exiliados, los reprimidos hasta el silencio, todo prohibido, enseñar la bandera nacional un delito, manifestarse en la calle un acto de terrorismo.

La cronista mira hacia uno y otro lado. Mira el paisaje y mira la historia. Se asoma al pasado y se asoma al presente donde encuentra las huellas vivas del pasado. La rueda gira y vuelve al punto de partida. La naturaleza se rebela, y la gente que la habita se rebela. El paisaje no tiene sosiego porque la historia tampoco tiene sosiego.


Sabrina Duque. Imagen/Centroamérica Cuenta/Otto Mejía

Sabrina Duque

Ecuador, 1979. Cronista y traductora. Vivió en Alemania, Portugal y Brasil. Sus historias se tradujeron al portugués,
italiano e inglés.

Está entre los autores de Eduardo Galeano, Un ilegal en el paraíso (2016).

Colaboró con El Estado Mental (España), Gatopardo (Ecuador), Brecha (Uruguay), Mundo Diners (Ecuador), Folha de S. Paulo (Brasil), O Estado de S. Paulo (Brasil), Internazionale (Italia).

Y en los portales Storybench (Estados Unidos) y Gkillcity.com (Ecuador). Desde 2012 escribe para Etiqueta Negra (Perú). Finalista del Premio Gabriel García Márquez, 2015.