La historia del buzo corinteño que perdió la mitad de la cara por su perro

Como consecuencia del ataque, sufrió un infarto y entró en coma durante 11 días. La boca y parte del esófago le quedaron casi destruidas.

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Desde su casa, ubicada a 200 metros de Costa Azul, el corinteño Erick Altamirano, conocido como el Chele buzo, escucha el embiste de las olas contra las rocas, los acantilados, y ese sonido le pone triste porque recuerda la vida que perdió de golpe hace seis meses , cuando su mascota, un perro pitbull, le destruyó casi la mitad de la cara.

Altamirano, de 39 años de edad, estaba acostumbrado a despertar a las 4:00 de la mañana y correr hacia las olas con su bote hecho de madera y fibra, “el rigio marino”, dice nostálgico, invadía su cuerpo y era incontenible su deseo de bucear.

A más de diez kilómetros de la orilla del mar, el Chele buzo se ponía su traje, sus aletas, su snorkel (gafas), sujetaba bien su arpón y llenaba sus pulmones de aire para luego descender a más de cincuenta metros de profundidad en busca de peces.

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“Esa era mi vida: el mar. Bajo el agua yo era poderoso, buceaba a fuerza de pulmón, aguantaba la respiración cinco minutos completos. Mi trabajo era pescar, sí que me emocionaba cuando lograba peces de más de cinco metros: pulpos, langostas gigantes, de todo… yo tocaba a las ballenas, me seguían tiburones, jugaba con los delfines. Nunca me hirió ningún animal bajo el agua y llegó a lastimarme mi Tyson, mi amado perro casi me mata… dicen que está vivo, un oficial de policía se lo quedó, está bueno”, razona apesarado mientras mira su bote varado frente a la casa. Lleno de polvo y lo peor: “en venta”.

Erick Altamirano, ha dedicado la mayor parte de su vida al buceo y la pesca. Foto: LA PRENSA/ Óscar Navarrete.

Lo fatal

Antes que su pitbull lo atacara, el Chele buzo tenía dos reglas de oro: comer mucho pescado y ejercitarse todos los días, preferiblemente antes de ir a bucear.

Sin embargo, el 22 de enero del 2019 realizó su rutina después de la faena. Salió de las aguas a las 10:00 de la mañana, con bastantes róbalos (peces grandes) y regaló diez ejemplares carnosos a sus compañeros de la Empresa Portuaria, donde trabaja desde hace año y medio. Luego se despidió.

“Quedate a comer hermano, ya vamos a cocinar”, le dijo uno de sus amigos buzos. Pero Altamirano estaba tan ansioso por regresar a casa que rechazó la invitación.

“Ese día como nunca quería irme. Cuando llegué a la casa solo estaba mi mama. Busqué agua helada para refrescarme y no había, entonces mi mama se fue a comprar un hielo. En cosas de minutos me fui al patio y comencé mi rutina”, relata.

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Los ejercicios que realizaba el corinteño consistían en sujetarse de unos aros de hierro que cuelgan de la rama de un árbol de mango. Ahí se esmeraba por mantener su cuerpo suspendido a tres metros del suelo, solo con la fuerza de sus brazos.

Estaba acostumbrado. Realizaba varias repeticiones, pero esa mañana no recuerda si se soltó, si se mareó, lo veraz es que cayó bruscamente y se golpeó la cabeza con una de las raíces del árbol de mango e inmediatamente perdió el conocimiento.

“Luego de eso no recuerdo nada. Pero imagino que cuando mi perro me miró ensangrentado, se asustó, quiso despertarme y al ver que no reaccionaba se alteró más y empezó a morderme.

Erick Altamirano junto a Tyson, su mascota, el perro que lo atacó. Foto: Cortesía.

Sostengo que mi perro nunca quiso lastimarme, yo lo amo a él, no le tengo ningún rencor, quisiera verlo, acariciarlo, ya no tenerlo en la casa, pero sí darle una última muestra de cariño”, expresa Altamirano.

Pero la suavidad del relato del Chele buzo no concuerda con la imagen pavorosa que miró su madre, Mercedes Esquivel Herrera, al regresar a la casa con los hielos. Lo primero que escuchó fue la inquietud del canino.

Cuando llegó a asomarse, presenció lo peor: el pitbull tenía las fauces en la cara de Altamirano y como jugueteando con su comida, luchaba por arrastrarlo de un lado a otro.

La madre consternada corrió a socorrer a su vástago, sujetó al perro como pudo y lo amarró. Era tanta la fiereza del pitbull que logró soltarse y correr de nuevo a la cara de su amo para morderlo.

Herrera evita recordar ese momento, no habla con su hijo del tema y pocas veces lo conversa con su nuera, Katherine Sánchez (quien en ausencia de su suegra contó al HOY el fatal relato).

“Gracias a Dios yo no recuerdo nada, fue como que perdí la memoria. No recuerdo ni el golpe en la cabeza, ni el ataque del perro, creo que no habría soportado tanto dolor. Debe haber sido horrible eso”, refiere Altamirano.

Casi muerto

El Chele buzo quisiera volver a acariciar a su mascota. Foto: LA PRENSA/Óscar Navarrete.

En condiciones pésimas, casi al borde de la muerte fue llevado el Chele buzo al Hospital España de Chinandega. De su cara, faltaba casi el cincuenta por ciento y no dejaba de sangrar.

Con el paso de las horas su salud empeoró y sufrió un infarto, luego entró en coma y estuvo así durante once días. En todo momento, los médicos advirtieron a la familia que la situación de su pariente era grave y en cualquier momento podía fallecer.

Por fortuna el corinteño despertó del letargo y debido a que en dicho sanatorio no había un área de cirugía maxilofacial, los médicos resolvieron trasladarlo a Managua, al Hospital Fernando Vélez Paiz, donde le hicieron una traqueotomía, o sea, una vía respiratoria alternativa, porque la vía natural (boca, nariz, parte del esófago) estaba casi destruida. Durante el mes y medio que estuvo Altamirano internado en Managua tuvo varias cirugías reconstructivas, las cuales le permitieron conservar las vías respiratorias y poder hacer deglución.

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“Quiero recuperarme”

La familia del buzo Erick Altamirano. Foto: LA PRENSA/Óscar Navarrete.

Cuando Altamirano salió del hospital y llegó a su casa, ya se había visto en el espejo, estaba ciento por ciento deprimido, “parecía un monstruo, ese no era yo, estaba desesperado, tenía todo ese tiempo sin comer nada, parecía un cadáver de tan flaco, llegué a pesar menos de 115 libras”.

Revela que el momento más terrible no fue verse al espejo y notar su apariencia desmejorada, sino el miedo de su hija de seis años a tocarlo.

“Yo quería abrazarla pero ella se me corría, lloraba, eso me partía el alma… luego, cuando me quitaron la mascarilla, la niña se arrodilló atacada en llanto y me decía ‘qué te hicieron papito’, mi niño de 12 años también. Eso fue una sacudida para mí. Entendí que tenía que vivir, quiero recuperarme”, confió.

Tres meses después del ataque Erick Altamirano, por recomendación de algunos médicos y vecinos, resolvió llamar al doctor Arturo Gómez, cirujano plástico reconstructivo, también originario de Corinto y que por coincidencia vive a pocas cuadras de su casa.

“Yo dudé en todo momento, sabía que no tenía un solo centavo. Cuando llamé al doctor la esperanza volvió a mi corazón. Me dijo que no me cobraría la consulta, desde el principio él ha sido un ángel”, asevera el buzo.

A Erick aún le quedan cuatro operaciones para reconstruirle su rostro. Foto: LA PRENSA/Óscar Navarrete.

De igual forma, resalta que su entusiasmo creció cuando el doctor Gómez le dijo que todo el trabajo reconstructivo tenía un precio de 18 mil dólares, pero él le ayudaría. Solo le cobraría 2,500 dólares, que equivale al pago de la clínica, el pago de la enfermera y el anestesista.

La cantidad solicitada también significaba un dolor de cabeza para el buzo, “tampoco tenía ese dinero”, pero los vecinos recomendaron realizar un hablatón. Altamirano pensó en vender su bote y el motor, pero a la fecha no hay interesados.

“En el hablatón conseguí 800 dólares. Llegué donde el doctor, me dijo que se los diera, que luego le llevara el resto. Así hice. Un amigo me regaló 400 dólares, otro me dio 300 y así otros que me ayudaron”, detalla.

Cuando el médico estuvo en el quirófano con el buzo, descubrió que los traumas por el ataque eran bastante grandes y necesitaría varias intervenciones.

“En el tiempo uno y dos de las cirugías”, debido a que Altamirano casi no tenía labio inferior, se le realizó un colgajo lingual, “o sea, que tomamos tejido de la lengua, un porcentaje de cuatro o cinco centímetros, creamos un borde en el lado que estaba afectado y ahí le pegamos la lengua, donde debería haber labio y funcionó”, explica el médico.

Asimismo, puntualiza que después de esos dos tiempos de cirugía, habrá un tercero, un cuarto y un quinto. En todas las intervenciones el buzo requerirá una cantidad de dinero para el pago de los gastos hospitalarios. “Yo no estoy cobrando mi mano, hay que ayudar, Dios lo manda”, manifiesta el cirujano.

¡Regresar al mar!

«No me importan las cicatrices, solo quiero estar apto para bucear, poder cerrar mi boca, comer de todo”, expresa Erick Altamirano. Foto: LA PRENSA/Óscar Navarrete.

El Chele buzo no concibe su vida lejos del mar y los peces, señala que gracias a la venta de mariscos ha mantenido a su familia por largos años.

“Por eso estoy buscando cómo sanarme, no quiero belleza, no me importan las cicatrices, solo quiero estar apto para bucear, poder cerrar mi boca, comer de todo”, expresa conmovido porque hace aproximadamente diez días volvió a comer algo sólido, “un pollito con vegetales que me dio mi esposa. No había comido nada así desde que me atacó Tyson, no podía masticar”.

Altamirano todos los días se convence de la bondad de la gente humilde, quienes no han permitido que su familia padezca hambre. “Le doy gracias a Dios por esta prueba, esta gran lección, en su nombre yo voy a sanar y haré grandes obras por los necesitados, agradeciendo hasta el último día de mi vida, la misericordia que hubo conmigo”.

Volver a bucear es el más grande anhelo del buzo. Foto: Cortesía.

La causa del Chele buzo

Debido a que Erick Altamirano no ha podido comer desde que sufrió el ataque de su mascota, necesita compuestos proteicos para fortalecer sus defensas y mejorar su cicatrización. Esto lo recomienda el doctor Arturo Gómez.

También necesita ayuda para los pagos hospitalarios de las siguientes cirugías reconstructivas.
Si desea apoyar llame al número 89767167, con Erick Altamirano. O también llame al 88722683, con Heydi Salazar.

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