Las mujeres muestran sus dientes

Estas narradoras demuestran que su capacidad creativa es también feroz y sus relatos cuentan la historia de nuevas feminidades que alimentan los registros otros de la literatura mundial

En esta recopilación de relatos de terror creados por mujeres, las autoras han imaginado poderosamente y escrito sobre temas emblemáticos del género como el trato con muertos que vuelven de la tumba; el acoso de fantasmas y las posesiones demoníacas; la violencia cotidiana, descrita a manera de hiper realidad, —donde lo sobrenatural da paso a monstruosidades humanas—; y los temores a las criaturas tradicionales del folklore popular.

«Mujeres de miedo que cuentan», se suma a trabajos significativos que han incursionado en el género del terror en América, exhibiendo así el potencial creador y destructor de la imaginación femenina.

Entre algunas de las antologías de este tipo se encuentran «Mortuoria» (Ediciones Lulú, 2018) selección mexicana a propósito del día de muertos; «Terroríficas» (2018), inspiradas en la obra de la española Pilar Pedraza, y «Alucinadas», recopilación hispana de historias de terror femenino que ya lleva varias ediciones.

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El sociólogo Jean Delumeau en el libro «El miedo en occidente» (1978) explica que la percepción del miedo ha evolucionado paralelamente a nuestro desarrollo como especie. Desde los primeros mitos sobre lo que escondía la oscuridad a la luz de las hogueras prehistóricas, hasta la convivencia con lo sobrenatural del siglo XII, donde la frontera entre la vida y la muerte era permeable y el espectáculo de la muerte era público, hubo un cambio con respecto a la idea de los fallecimientos, ya que se creía que muchos difuntos venían a penar solo cuando su partida se consideraba un asunto inconcluso.

La escritora Mariana Enríquez en 2017, explica que en el siglo XVII los fantasmas pasan de ser espantos exteriores a atormentar desde la mente de individuos, quienes no saben si lo que les acontece es real o no. La tarea de develar lo que realmente ocurre, está en los lectores. La autora se pregunta cómo hacerse cargo de un linaje de cuentos de terror que por tradición resulta muy ajeno a América Latina.

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Los nombres de Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft, Robert Aickman, Stephen King y Neil Gaiman, son conocidos por ser autores con publicaciones ampliamente difundidas. Nombres como Horacio Quiroga, o tal vez los más contemporáneos como Francisco Tario y Bernardo Esquinca, son rarezas; y más extravagancia es lo que sucede con el género del terror y las incursiones de las mujeres.

Ana Giroud, Carolina Huete y Linda Báez forman parte de las 22 narradoras publicadas en la antología “Mujeres de miedo que cuentan”, editadas en Coyoacán, México, por Narratio Aspectabilis. LA PRENSA/Jader Flores

Dos puntas muy distantes resultan ser la norteamericana Shirley Jackson y la mexicana Amparo Dávila, precursoras de las narraciones de terror que han debido probar que sus creaciones tienen un merecido lugar en esta tradición. Enríquez nos invita a imaginar acerca de lo que nos asusta y supone que un excelente material creativo sería hurgar en repertorios como las leyendas populares y el folklore. Es tarea de antologías como ésta reconstruir ese linaje y esa vertiente de la imaginación humana.

Una de las variaciones de lo monstruoso que está en esta antología se presenta en la reescritura del clásico tema de terror que tiene que ver con el doble. Dice el español David Roas en su ensayo «Tras los límites de lo real»: que “la idea de un ser duplicado nos hace dudar no ya solo de la coherencia (…) Al postular la ruptura del principio de identidad, desaparece la percepción unificada del yo. Entonces el yo se vuelve extraño, desconocido, y como tal, incomprensible y, sobre todo, incontrolable…El doble, el personaje desdoblado, es también un monstruo porque está más allá de la norma”, afirma Roas.

Otro de los temas emblemáticos abordado en esta antología, es el de las mujeres como poseedoras de saberes ocultos relacionados con la hechicería. El género ha tenido, a lo largo de su desarrollo, una poderosa carga moralizante y muchas de las historias de miedo primigenias, con hombres protagonistas, poseían como contrapunto a una hechicera o un demonio como tentación para que el héroe abandonara su buen camino, debido a que tenía lamias, súcubos y diablas, ofreciéndose como carnada.

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Susana Castellanos De Zubiría en el libro «Diosas, brujas y vampiresas» afirma que: “A los ojos masculinos, la mujer siempre va a encarnar aquello que no se puede controlar ni comprender por completo. Sus comportamientos, intenciones, actitudes y sentimientos siempre escaparán a la estructura racional con la que el hombre pretende sentirse estable”.

Líneas derivadas de esto son la de la mujer poseída —que va de la mano con el de la mujer loca—, o la imaginería sobre la bruja como pórtico de la lujuria, desarrollado a lo largo de 1400, donde algunas de las acusadas describían a la Inquisición su encuentro con el maligno, siendo narrado como satisfactorio, pero también como doloroso.

Volviendo a David Roas, este explica cómo la modernidad nos adentró en un esperanzador siglo XX, donde el miedo sobrenatural dio paso al miedo contemporáneo, que resultó mucho más creíble desde nuestra percepción de la realidad y por esa razón, más descarnado.

A medida que las fábulas humanas dejaron más zonas iluminadas por la lógica, el miedo se fue desplazando hacia otros territorios donde aún reside lo desconocido, pero sin abandonarnos del todo; demostrando así que en lo expuesto sin trazas paranormales y a plena luz del día, también reside algo espantoso.

El miedo sobrenatural basado en las apariciones de los muertos sin descanso, dio paso en cuestión de décadas, al miedo de ser víctimas de violencia ciega, una forma de espanto que entendemos bien los habitantes de las ciudades contemporáneas.

Nos podemos identificar con mucha más facilidad con el pavor de una mala muerte al ser elegidos como víctimas por nuestros nuevos monstruos: asaltantes, extorsionadores, torturadores, proxenetas, que nos ponen a temblar, así no vengan de ultratumba.

El “terror social”, en la actual narrativa de terror, sobre todo en lugares como Chile o Argentina que han sufrido de atroces dictaduras, (Centro América tiene también una historia parecida), emplea metáforas como el fin del mundo, abominaciones o aparecidos a manera de alegorías para mencionar atrocidades de estado que siguen siendo insuperables. Como se aprecia, las escritoras abordan todos estos temas y narran también miedos cotidianos, tratándolos con absoluta sordidez, en un juego irónico y perverso.

En la preparación de este prólogo me preguntaba, — como seguramente lo harán los lectores—, si los cuentos de terror escritos por mujeres tienen preocupaciones particulares que las diferencien de los autores masculinos. He concluido que existen temas recurrentes que han estado unidos a los roles tradicionales de las mujeres a lo largo de la historia: alumbramiento, educación y sexualidad.

Las preocupaciones propias de la maternidad aparecen en muchos de estos relatos, así como la infertilidad, recurriendo a argucias mágicas para concebir, que luego son cobradas con desgracias tremendas; alumbrar a vástagos crueles o perversos; criar gemelos satánicos.

A las mujeres les da miedo dar vida a una estirpe maldita y sin ley, ser sometidas a violencia sexual, esclavizadas y abusadas; formar parte de relaciones enfermizas y degradantes de las que no hay manera de librarse.

Hay autoras que dialogan con temas de Ciencia Ficción explorando hasta dónde puede llegar la tecnología, o una forma de miedo muy popular en los últimos tiempos como las pandemias que suponen que la humanidad entera se extinguirá debido a una plaga de dimensiones planetarias. Venganzas y ajustes de cuenta en una fantasía que incorpora diferentes registros del terror.

Entre las mujeres creadoras, catalogadas por narrativas mucho más conservadoras, como seres incapaces de mostrar una reacción violenta o incluso, de rebelarse contra un destino pasivo e injusto, se esconden todo tipo de criaturas abyectas y perversas que gruñen y muestran sus dientes si las azuzan.

Estas narradoras demuestran que su capacidad creativa es también feroz y sus relatos cuentan la historia de nuevas feminidades que alimentan los registros otros de la literatura mundial, diferenciándose de un pasado que las condenaba a ser los ángeles eternos del hogar, y ahora se transforman, se vuelven un poco lobas, un poco brujas, un poco demonias para sus lectores.

Por medio de sus cuentos de terror, nos advierten que debemos prepararnos para atravesar por las peores eventualidades —las ilógicas y las más racionales—, porque el miedo nos adiestra para el verdadero mundo real, la existencia improbable e inclemente que se encuentra fuera de las confiables páginas de un libro.


Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) escritora interesada en explorar los géneros de terror, ciencia ficción y las variantes de la literatura de lo extraño. Quito, 2019


Presentación de la antología «Mujeres de miedo que cuentan», próximo miércoles 24 de julio a las 6:30 p.m., en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica. Entrada libre. Habrá venta de libros.

Estarán presentes las escritoras Carolina Huete, Ana Giroud, Marianela Corriols, Elisa Maturana, Marlen Lucía Landeros y Linda Baéz, quienes conversarán con el escritor Alberto Sánchez Arguello.

La antología “Mujeres de miedo que cuentan” (2019) es  la tercera de la serie “Mujeres que Cuentan” y participan 22 escritoras de México, Nicaragua, Venezuela, Chile, Colombia, Argentina y Cuba. La primera “Catorce mujeres que cuentan» fue publicada en 2017, la segunda “Once mujeres que cuentan erotismo” en 2018.

Participantes

Alejandra V. Báez

Alexandra Campos Hanon

Ana Villaseñor

Ana Yillian Giroud

Carolina Huete

Elisa Maturana

Georgina Viteri

Giselle Torio

Irene Selser

Laura Echeverría

Alma Ross

Ligia Urroz

Linda Báez Lacayo

Cristina Zubieta Peniche

Marianela Corriols Molina

Marlen Lucía Landeros Vargas

Martha Govea Reyes

Maya Lorena Pérez Ruiz

Mayté Alcelay Arceus

Montserrat González Vera

Sandra Torres Molina

Silvia Ruth Fernández Caría

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