Elijah Allen, el blufileño que vivió y murió jugando baloncesto

La misma cancha que fue su hogar cuando llegó a Managua y escenario de muchos de los triunfos del basquetbolista, lo vio perder el torneo de su vida vida a los 47 años

Elijah Allen

Allen siempre lo daba todo en la cancha y no admitía errores, dicen quienes jugaron con él. FOTO: LA PRENSA/ CORTESÍA/ ELIJAH ALLEN JUNIOR

El baloncesto trajo al blufileño Elijah Allen a Managua cuando era joven. Décadas después, a los 47 años de edad, la misma cancha que se convirtió en su hogar cuando llegó a la capital y fue escenario de muchos de los triunfos del destacado basquetbolista de la Selección Nacional, lo vio intentar meter su última canasta e inmediatamente desplomarse ante la vida.

Eran más o menos las 7:40 de la noche del martes 25 de junio cuando Alexa Larios, expareja y mamá del hijo menor del basquetbolista Elijah Allen, recibió la llamada que le advirtió sobre el infarto que este había sufrido en medio de un partido en la cancha del Polideportivo España de Managua.

Elijah Allen
Momentos en que el basquetbolista cayó sobre el tabloncillo. FOTO: LA PRENSA/ Cortesía

“Yo le dije a mi hijo y nos alistamos para ir al hospital. Pensé que iba a soportar (el infarto) como otras personas. En ese momento no pensé que podía morirse”. Pero aún no había salido de su casa cuando Larios recibió una segunda llamada. El basquetbolista había fallecido. “No podía creerlo y mi hijo tampoco. Estaba atacado en llantos”, dice sobre el momento en que recibió la fatal noticia.

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Ese día, tampoco los jugadores creían lo que estaban viendo. Y es que nadie espera la muerte, menos en una cancha de basquetbol. En la línea de tiro libre, donde los deportistas derrochan vitalidad y rudeza. La noticia se regó como pólvora. El mundo del baloncesto nacional estaba de luto. Había perdido a uno de los basquetbolistas blufileños con más trayectoria.

Gladston Elijah Allen Lackwood hasta sus 47 años de edad, militó con el equipo Tiburones en Primera División. También se puso el uniforme de los equipos Ayestas, Costa Altántica, Fupade y Tigres de la UdeM. A nivel internacional jugó en Honduras, alrededor de ocho años y casi por diez años fue parte de la Selección Nacional de Baloncesto. También llegó a otras ciudades como Matagalpa, Jinotega, Estelí, Carazo. Allen tenía seis años de estar en el maxibaloncesto en las categorías 35 y 45 años, e integró, entre otros, los quintetos de Jardines de Veracruz, Blazzers, Inebrya, Hospital Bautista.

Elijah Allen
El último equipo en el que jugó con el número 15, en la  maxibaloncesto categoría 45 con el equipo Hospital Bautista. FOTO: LA PRENSA/ CORTESÍA/ ELIJAH ALLEN, HIJO

Un ciclo de más de veinte años dedicados al básquet se cerraba y no de manera triunfante. Allen estaba acostumbrado a ganar y ese día perdió el torneo de la vida, tras un intento fallido por encestar. Como si el balón que lo llevó a la gloria del baloncesto lo obligara en ese momento a caer y despojarse de él bruscamente. “Allen atacó el aro de media distancia y falló. Al fallar, él busca el balón al lado de la línea de tiro libre, pero lo toma un compañero nuestro y él cayó estrepitosamente al piso”, narra sobre ese momento Ramón Gutiérrez, organizador de la liga Maxibaloncesto 35, quien ese día jugaba con Elijah Allen en el equipo Hospital Bautista.

Fue juego ordinario de la liga Maxibaloncesto 45 que se realiza en martes y jueves. Era la primera temporada que Elijah Allen jugaba con el equipo del Hospital Bautista. Llegaba de haber ganado un campeonato con el equipo Inebrya, del maxibaloncesto también. Esa noche de martes se enfrentaban al San Luis.

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El costeño llegó con normalidad, 20 minutos antes de que iniciara el partido. Extrañamente, siendo titular, ese día no abrió. Se integró hasta el segundo tiempo y lo jugó completo, sin problemas. Sus compañeros no notaron ningún signo de alarma o queja de parte del exseleccionado nacional, solo que estuvo apartado y un poco callado. “El segundo tiempo lo jugó todo y nos fuimos a los 10 minutos de descanso. Él se fue a sentar a una esquina de la banca y se tomó una bebida hidratante, luego volvimos al partido”, relata Ramón Gutiérrez.

Ya en el tercer cuarto de tiempo, en el minuto 3.15, Gutiérrez hizo el último pase que recibiría Allen en su vida. Este intentó encestar pero falló y posteriormente se desplomó de forma abrupta. Cayó en una crisis convulsiva y sufrió un paro respiratorio, según explicó en su momento el doctor Juan Carlos Solís, director del Hospital Bautista que esa noche jugaba con el equipo y atendió de inmediato a Allen con los aparatos necesario, además de darle reanimación cardiopulmonar (RCP). Todo esfuerzo fue inútil. Elijah Allen no recuperó pulso ni la conciencia. Fue camino a un hospital capitalino cuando se declaró que el basquetbolista había muerto.

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Tal vez el cuerpo de Elijah Allen ya le había dado señales de debilidad, pero él no le prestó atención. De acuerdo con Ramón Gutiérrez, el veterano en los últimos días había tenido un comportamiento poco usual, respecto a los juegos. El domingo anterior a su muerte, debía enfrentarse a Bluefields en el torneo final de la Maxi 40 que se realizó en Carazo. Pero él no entró a la cancha. “Se miró raro que él no jugara. Algunos pensaron que quizá se había vendido (para no jugar contra su ciudad natal)”, recuerda Gutiérrez, descifrando el mensaje que tienen sus propias palabras de lo ocurrido con la salud de Allen ese fin de semana. De ese encuentro también se dijo que Allen “había tenido hormigueos en los brazos y en las piernas, quizás por el exceso de juego, pienso yo”, pero el jugador no se atendió ni lo comentó a su entrenador, dice Gutiérrez, quien escuchó esos comentarios durante la vela del blufileño.

Elijah Allen
Allen siempre lo daba todo en la cancha y no admitía errores, dicen quienes jugaron con él. FOTO: LA PRENSA/ CORTESÍA/ ELIJAH ALLEN JUNIOR

De la venta de pescados a la cancha

Con una pana de mariscos Elijah Allen se acercó a una cancha. Los más de dos metros de altura fueron su pasaporte al mundo del baloncesto. Sin embargo, su disciplina, constancia, pasión y habilidades de jugador lo hicieron brillar como una estrella del basquetbol nacional.

Los primero pasos de Allen sobre una cancha de básquet fueron con los pies bien puesto sobre la tierra y, literalmente, sin zapatos. “Él me contaba que caminaba descalzo. Las chinelas eran para dominguear”, cuenta Kurt Ingram, cuñado de Allen por ocho años, pero sobre todo amigo.

Allen se crió en un núcleo familiar humilde y numeroso. En una pequeña casa de tambo de un barrio de Bluefields (Región Autónoma de la Costa Caribe Sur ) vivía con sus 12 hermanos (diez mujeres y dos varones) y sus padres. Elijah todos los días acompañaba a su papá a pescar y por las tardes salía a las calles a vender. Durante su recorrido, frecuentaba la cancha del barrio Beholden y miraba el entrenamiento de un grupo de jóvenes, guiado por un cubano.

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“Elijah se reía porque dice que miraba que ellos no podían jugar y pensaba: ‘Eso es fácil. Yo lo puedo hacer’”, recuerda Ingram aquella anécdota. Esa estación en la cancha, durante la venta de pescados para Allen era obligatoria. Y cuando el adolescente regresaba a casa, como si él fuese parte del equipo, con una bola de tenis practicaba los ejercicios que el cubano enseñaba a los demás.

—Veo que tenés altura y te gusta el deporte, porque venis todos los días —le dijo una tarde de tantas el entrenador cubano a Elijah Allen.

—Pero lo mío es trabajar —contestó el muchacho apenado.

—Jugá con nosotros —le dijo.

La noticia no fue agradable para sus padres. Se opusieron. No le encontraban sentido a la propuesta y preferían que Allen siguiera apoyando en el hogar con la venta de mariscos. El adolescente no se desmotivó y simplemente siguió sus instintos.

Un nuevo hogar

El temple frío y la mirada seria que reflejaba Elijah Allen no delataban la verdadera jovialidad del basquetbolista, según lo describen sus cercanos. Pero quizá sí las penurias que tuvo que superar para ganarse un puesto en el deporte nacional.

El mismo cubano que lo invitó a jugar en Bluefields le regaló el primer par de zapatos que se puso para jugar. Además lo trajo a la capital para pulir el deportista nato que había que el costeño. “Me cuenta que cuando llegó a Managua se quedaba en el Polideportivo (España), ahí vivía, entrenaba y también jugaba”, relata Kurt Ingram. Los jugadores que llegaban al Polideportivo eran como sus hermanos, se convirtieron en su familia.

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Fueron meses decisivos y de mucho crecimiento en el despegue de su carrera como jugador de baloncesto, deporte que asumió como un trabajo. Apenas llegó a los primeros años de estudios de secundaria, su prioridad era el básquet. No hacía nada más que no fuese entrenar y jugar. Pronto Allen formó parte de la Selección Nacional y del exitoso equipo Tiburones en la Liga Superior de la Asociación de Clubes de Baloncesto (ACB), con el cual conquistó 10 títulos, por mencionar algunos. En otros clubes también arrasó con galardones. Jugador valioso era título que con frecuencia llevaba a casa.

Con uno de los tantos trofeos que ganó el basquetbolista. FOTO: LA PRENSA/ CORTESÍA/ ELIJAH ALLEN JUNIOR

Sus inicios fueron agarrando rebote, pero con el tiempo destacó como alero, alero de poder y en la tabla, las posiciones que jugaba. Además era muy buen tirador de distancia, dice Ramón Rodríguez, quien jugó con el blufileño el último partido de su vida. “Allen en la cancha era un jugador que lo entregaba todo. Tenía siempre el deseo de sacar el resultado y ganar el partido”, indica Rodríguez. Era considerado un gran jugador ofensivo que lograba promediar entre 25 y 30 puntos, usualmente.

“Este es mi trabajo, gracias a Dios me ha salido bien las cosas. No te puedo contestar hasta cuándo voy a parar de jugar baloncesto, porque en el otro lado de la cancha hay una liga de 50 años de edad, no sé cuándo me voy a retirar de esto, el baloncesto ha sido mi pasión desde chiquito”, confesó Elijah en una entrevista concedida al Diario HOY en el año 2013.

La capital no solo lo vio crecer como deportista. Acá también encontró el amor de una pareja y el de un segundo hijo. Del 2004 al 2013 sostuvo una relación con Alexa Larios y tuvieron a Gladston Elijah Allen, quien ahora tiene 14 años, y sigue los pasos de su padre en el baloncesto. Al igual que su papá, los 1.82 metros de estatura le dan ventajas en la cancha y tras la muerte de su progenitor ha prometido “que le voy a demostrar a mi papá que puedo jugar, como él”, cuenta la mamá de Elijah junior. El adolescente cursa el tercer año de secundaria. Además juega futbol desde los seis años, y entrena para beisbol.

Elijah Allen junto con su pareja de ese momento, Alexa Larios y su hijo. FOTO: LA PRENSA/ CORTESÍA/ ELIJAH ALLEN JUNIOR

Antes morir, el exseleccionado nacional conoció el sentimiento de ser abuelo, por parte de su hijo mayor, Brent Allen, de 26 años aproximadamente, quien vive en Bluefields. El nieto del basquetbolista apenas tiene un año de vida.

Un tipo relajado

Elijah Allen no solo era bueno en la cancha, sino también con quienes le rodeaban. Con su energía transmitía el entusiasmo por ser bueno en el deporte. En eso era intenso, pero en las cosas cotidianas era relajado y feliz.

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Su excuñado, Kurt Ingram, recuerda que siempre le decía: “Tranquilo Kurcito. Relajate. Uno está aquí y no sabes cuándo te vas. Tenés que disfrutar todos los días”. Ingram asegura que la felicidad de Allen no dependía de las cosas materiales, del dinero o los problemas. “Él era feliz a su manera. Tenía un concepto de felicidad muy diferente al que tenemos nosotros. Nunca lo ibas a ver estresado. No hacía de sus problemas una rutina. Siempre era carismático y sonriente”, lo describe.

En varias ocasiones Ingram fue testigo de cómo Allen compartía lo poco que tenía con otros. “Era desapegado. Regalaba todo” y ocurría más con los zapatos. Aunque solo tuviera dos pares no le importaba regalar uno de ellos. Además de ser habilidoso en la cancha, también lo era en la cocina. No le gustaba realizar ningún otro oficio en casa. Sin embargo, el Negro, como lo llamaba Kurt Ingram, cocinaba delicioso. “Tenía buena sazón”, recuerda.

Fueron alrededor de 15 años los que el basquetbolista vivió en Loma Linda en Managua. En el barrio era un referente y era querido por su simpatía. Los vecinos lo miraban entrenar y así motivó a muchos jóvenes que se sumaban a sus rutinas de ejercicios. “Yo inicié a entrenar por él. Ahora no puedo dejar de entrenar, sé que si no lo hago no me van a convocar para jugar. Es el legado que me dejó”, afirma Ingram, jugador de futbol sala. Agrega que el cuerpo de Allen, antes de ser repatriado a su ciudad natal, debió ser llevado a la cancha de Loma Linda, donde solía entrenar. “Este parque se hubiera llenado”, afirma. Lo mismo piensa Alexa Larios, su expareja.

El Polideportivo que lo recibió al llegar a Managua, que fue el escenario de muchos de sus triunfos, la misma cancha en la que cayó abatido, fue el último sitio en el que Elijah Allen fue despedido por atletas y personajes del deporte en Managua.

Elijah Allen
La vela que se realizó en el Polideportivo España, antes de llevarlo a Bluefields donde sus restos fueron enterrados juto a los de su madre. FOTO/ LA PRENSA

Posteriormente fue trasladado a la ciudad que dejó en alto durante más de dos décadas de baloncesto, Bluefields. Allá lo esperaban para cumplir con los rituales propios de la zona. Cuando el cuerpo arribó, lo sacaron del ataúd, lo pusieron en un mueble artesanal, similar a un contenedor y lo cubrieron de hielo. Aunque el cuerpo había sido preparado para aguantar el viaje, esta práctica es tradicional para que se conserve mejor y esperar a quienes llegan a despedirse. Habían pasado cuatro días desde su deceso.

“Mamá, mi papá está en hielo. Si mi papá se despierta puede volver a morir congelado”, le decía Allen junior a su mamá, desconcertado por el rito. Era la segunda en vez en 14 años de vida que el retoño del basquetbolista estaba en Bluefields.

Elijah Allen
Esta es la última foto que el jugador se hizo con su hijo de 14 años, un par de días antes que falleciera. FOTO: LA PRENSA/ CORTESÍA/ ELIJAH ALLEN JUNIOR

Después de intensas horas de guardia de honor por parte de otros deportistas veteranos de la ciudad costeña, los restos de la estrella del baloncesto nacional, Elijah Allen, fueron depositados junto a los de su madre, Jane Lackwood, quien había fallecido hace tres años.

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