Muy poco que celebrar

Somos la economía más pequeña de Latinoamérica. ¡Sí, la más pequeña! Y la segunda más pobre en términos de ingreso per cápita

En unos días Nicaragua cumple otro aniversario de su independencia de España, 1821, aunque no fue hasta 1838 que se estableció como un Estado separado del resto de Centroamérica y hasta 1850 que España reconoció nuestra independencia. Reflexionando sobre nuestras fiestas patrias —a dos años del bicentenario de nuestra independencia— he concluido que tenemos muy poco que celebrar.

Somos la economía más pequeña de Latinoamérica. ¡Sí, la más pequeña! Y la segunda más pobre en términos de ingreso per cápita. En este último rubro, solo superamos a Haití. En términos sociales tampoco andamos bien. Tenemos, por ejemplo, un enorme déficit de viviendas mínimamente aceptables. Y aunque nos estamos acercando a un acceso universal a energía eléctrica, lo estamos logrando casi un siglo después de que Estados Unidos lo obtuvo. Por otro lado, las desigualdades de ingreso en Nicaragua son inmensas. El 10 por ciento más ricos de los nicaragüenses tienen el 40 por ciento de los ingresos, y al 20 por ciento más pobre le quedan solo el 5 por ciento de ellos.

Se dice que la educación es la llave para escaparse del subdesarrollo agudo. Si es así, mi análisis empírico apunta a que estamos lejos de alcanzar los niveles educacionales necesarios para dar el salto hacia el primer mundo. El nivel de educación de nuestra gente es bajo, aunque no podemos medir cuan deficiente es porque Nicaragua no ha aceptado someterse a pruebas estandarizadas internacionales que miden esto. A pesar de lo anterior, estoy convencido de que Nicaragua es un país rico que está empobrecido. ¿Cómo lo sé? Porque en nuestra historia hemos tenido períodos relativamente largos de progreso muy por encima de la norma para nuestro subcontinente. El más prolongado se dio en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. Y el más reciente fue la década que cerró en 2017.

¿A qué se debe nuestro triste desempeño nacional? Se estriba principalmente en dos factores. El primero es nuestra cultura que está impregnada por algunos poderosos antivalores como la duplicidad, la mezquindad, la viveza de ratón y la falta de precisión. Estos antivalores son tan prevalentes que hasta celebramos a algunos, como es el caso del güegüense. Nuestra segunda poderosa falla es nuestra inmadurez política. Somos uno de los únicos países del continente que aún no ha logrado resolver sus contradicciones internas y efectuar transiciones políticas pacíficamente a través de elecciones libres en donde los votos se cuentan, no se asignan, y en donde todos (incluyendo los perdedores) no cuestionan sus resultados. Esto nos ha llevado a periódicas crisis de legitimidad como la que estamos atravesando ahora. Y en cada una de ella retrocedemos en términos socioeconómicamente, borrando décadas de progreso.

Superar estas debilidades nacionales, comenzando por la política, es nuestro gran desafío como nación. Mientras no lo hagamos, podremos conmemorar nuestras fiestas patrias, ¡pero no celebrarlas!

El autor fue canciller y es historiador.