La política del odio

El amor es más fuerte que el odio, una de tantas frases en las mantas de los extintos rezadores de las rotondas de nuestra capital

Entre los intersticios del alma de un hombre que odia, florecen siempre sentimientos oscuros y malsanos. En la búsqueda de culpables de su propia tragedia, se vuelven fríos, violentos, calculadores y demagogos. Decía Chéjov, que el odio une más a la gente, que el amor, la amistad y el respeto.

El amor es más fuerte que el odio, una de tantas frases en las mantas de los extintos rezadores de las rotondas de nuestra capital. El doblez de pensamiento del gobierno, materializado en hechos violentos, nos llevó a comprender que su odio es tan fuerte como el amor, pero mientras el primero los envilece, este sublima a todos aquellos que sin hacer daño a nadie siguen proclamando la justicia y la paz.

La revolución sandinista en su momento tuvo la fragancia de todo lo que idealmente una revolución conlleva; idealismo, igualdad, justicia, fraternidad, misticismo, pero el partido político que se derivó de esta revolución, terminó siendo una mera curiosidad histórica cuyos principios éticos sobre los que se basaron algunos de sus fundadores ya fallecidos, se desvirtuaron, lastrados por la avaricia de poder, la corrupción y el sectarismo.

La revolución, como Saturno, terminó devorando a sus propios hijos que soñaban con una sociedad más justa, donde los errores del pasado fueran olvidados. Se derribó a una dictadura, para ver crecer otra más cruel y despiadada, cuyos matices de crueldad han tenido como fundamento la política del odio, con la consecuente discordia sembrada en los corazones de los nicaragüenses. A los ciudadanos enajenados por la política y el fanatismo los ha convertido en instrumentos para insultar, agredir y humillar a las personas que piensan diferente, en muchos casos con resultados fatales. Los discursos oficiales que demonianizan los reclamos justos y pacíficos del pueblo, algunos de ellos entremezclados con salmos, no solo han incentivado estas acciones, sino que han guiado a los agresores a sus víctimas.

Recientemente en las paredes de muchas casas de opositores en la ciudad de León han aparecido mensajes de odio. Entonces me viene el recuerdo como un espejo quebrado de la algarabía revolucionaria de aquel entonces, espejo empañado por la vileza de hoy de los otrora revolucionarios que quieren hacer del miedo y del terror los frenos del torbellino libertario de un pueblo que ha perdido el miedo. La desafección política hacia el partido de gobierno es generalizada. El péndulo del tiempo les bambolea rápido antes de detenérseles, y cada acción repudiable que realizan es como una sombría mano que les empuja el reloj mientras mantienen vivo el odio que los está matando, porque el odio, como decía Buda, es un veneno que uno se toma creyendo que va a dañar a otro.

Los mensajes de odio en las paredes descascaradas de León y en otras ciudades del país son la cobardía que mueve a todos los vencidos, rechazados y despreciados. “Yo soy la rabia del pueblo”, decía Marat, antes que lo visitara en su tina de vinagre y azufre Carlota Corday.

El autor es médico.