La furia tras los disparos contra Anastasio Somoza García

Un joven le disparó mortalmente al fundador de la dinastía de los Somoza, pero antes de que el dictador falleciera sus hijos tenían las cárceles llenas de sospechosos, la mayoría de los cuales, obviamente, eran inocentes. Los Somoza pusieron a funcionar una maquinaria de persecución y torturas

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Anastasio Somoza Debayle despidiendo a su padre Anastasio Somoza García durante las honras fúnebres realizadas en Managua. LA PRENSA/ ARCHIVO

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El primero en sufrir la furia de los Somoza, después de que el fundador de la dinastía fue herido fatalmente de cinco balazos, fue el propio hombre que realizó los disparos.

Rigoberto López Pérez recibió culatazos en el rostro y al menos 54 balazos en todo el cuerpo tras dispararle a Anastasio Somoza García en el Club de Obreros de León, en la noche del 21 de septiembre de 1956, cuando el dictador era homenajeado porque, una vez más, se estaba postulando a la Presidencia de la República.

Sería el primero de una larga lista de personas, algunas vinculadas con el hecho pero la mayoría inocentes, que sufrirían en carne propia el odio y la venganza de los dos hijos de Somoza García.

Anastasio Somoza García. LA PRENSA / Archivo
Anastasio Somoza García. LA PRENSA / ARCHIVO

Especialmente de Anastasio Somoza Debayle, quien, según el teniente Agustín Torres Lazo, “dirigió los procedimientos, participó en los interrogatorios y torturas llevadas a cabo en el infamante Cuarto de Costura de Casa Presidencial”.

Entre las víctimas de esa “maquinaria de persecución, torturas y atropellos” se encontraban, además de López Pérez y su familia, oficiales de la Guardia Nacional, opositores, especialmente del PLI pero también de una parte del Partido Conservador, y toda persona que fuera considerada contraria al régimen.

Tras recibir los disparos, Somoza García es atendido primero por personal médico nicaragüense y posteriormente trasladado al hospital Gorgas de la Zona del Canal de Panamá, donde finalmente falleció a las 4:05 de la madrugada del sábado 29 de septiembre. Cuando lo sepultaron en el cementerio de Managua, el 2 de octubre, para ese momento “tres mil y tantos ciudadanos (estaban) hospedados en las estrechas y malolientes celdas” controladas por los Somoza.

Los 21 procesados por la muerte de Somoza García esperan sentencia. LA PRENSA/ ARCHIVO

La familia de Rigoberto

Minutos antes de que terminara el 21 de septiembre de 1956, Soledad López y sus dos hijos fueron despertados por los fuertes golpes que le daban a la puerta de la casa un grupo de guardias.

Soledad preguntó sin abrir la puerta de la casa: “¿Qué pasa? ¿Por qué tanta vulgaridad al golpear la puerta?”. Su hijo Salvador intentó abrir la puerta, pero su madre lo detuvo. “Yo abro, hijo”, le dijo.

—¿Qué pasa? —volvió a preguntar Soledad.

—Rigoberto mató al presidente —le dijeron los guardias.

Una vez abierta la casa, los guardias sacaron a Soledad y a sus hijos a empujones y se los llevaron detenidos.

Soledad y sus hijos fueron llevados a Managua, a la cárcel conocida cono El Hormiguero y así iniciaron los días amargos para Soledad, que no paraba de llorar sin saber qué había sido de su hijo Rigoberto, ya que la Guardia lo mató segundos después que él disparara contra Somoza García y nunca le entregaron el cuerpo.

Rigoberto López Pérez. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN/ NOVEDADES

En la cárcel, Soledad y sus hijos Salvador y Margarita Meléndez López eran interrogados porque la Guardia pensaba que en la casa de ellos había armas ocultas, y además les atribuían ser parte de la conspiración contra Somoza García. A Salvador, un guardia al que apodaban Pipilacha, le propinó un “culatazo” que le dejó una lesión de por vida en la columna.

Los guardias, según cuentan familiares aún vivos de López Pérez, ponían a su hermano Salvador con los pies descalzos dentro de una pana con agua, a la cual luego introducían “chuzos” eléctricos y Salvador sufría la descarga eléctrica ante los ojos de su madre Soledad, quien era torturada de esa manera, viendo todo lo que le hacían a sus hijos.

A Margarita la sacaban a un predio al cual luego entraba un camión lleno de guardias. Mientras los guardias bajaban del camión, otros guardias le decían a Margarita que todos ellos la iban a violar, pero al final no la violaban.

Los compañeros de Rigoberto

Le decían Gasolina y era poeta. Edwin Castro Rodríguez era un estudiante de Derecho de la universidad de León, partidario del PLI, hijo de un acérrimo enemigo político del dictador Anastasio Somoza García, el general Carlos Castro Wassmer.

Castro y López Pérez se conocieron a inicios de 1956, conectados por un exiliado en El Salvador, el excapitán Adolfo Alfaro, quien le dijo a Castro que López Pérez era el hombre que estaba dispuesto a matar a Somoza García. Y a López Pérez le dijo que Castro sería la persona que le iba a ayudar en León.

Edwin Castro Rodríguez, ya preso, con sus dos hijos. LA PRENSA/ ARCHIVO

A Castro y a López se les unieron Ausberto Narváez y Cornelio Silva y había un plan para acabar con Somoza García. Provocarían un apagón en todo León para que en una mínima probabilidad López Pérez saliera con vida tras matar a Somoza. A las 8:30 de la noche de ese 21 de septiembre, Castro vio por última vez a López Pérez. Según sus propias declaraciones, se dirigió a la planta eléctrica de la ciudad a esperar un aviso para provocar el apagón.

López Pérez le disparó a Somoza García pero no hubo apagón e inmediatamente le desprendieron la quijada de un culatazo y le propinaron los 54 disparos.

Ausberto Narváez no hizo una señal, al escuchar la balacera, encendiendo y apagando tres veces las luces de un carro, para que Castro Rodríguez apagara la planta eléctrica y así provocar el apagón.
Cornelio Silva, quien se encargaría de tomarse la planta eléctrica, dijo en el juicio que que nunca tuvo la intención real de participar en el atentado contra Somoza y en lugar de ello no se apareció por la escena del mismo, sino que se fue a Chontales.

López Pérez al final actuó solo.

A inicios de octubre, cuando ya había muerto Somoza García, Edwin Castro se enteró de que los hijos de Somoza estaban ofreciendo una recompensa, primero de cinco mil córdobas y después de diez mil, a quien diera información sobre él.

Un conocido, Evenor Berríos, llevó a Castro a la isla Juan Venado, donde, gracias a que alguien lo delató para ganarse los 10 mil córdobas, la Guardia lo capturó el 11 de ese mes de octubre.
El propio Anastasio Somoza Debayle entrevistó a Castro, quien resultó una gran ayuda para las investigaciones. Ese mismo 11 de octubre, por la noche, la Guardia Nacional captura a Cornelio Silva en una propiedad en los campos de Chontales que tiene la mamá de él.

Días antes, poco después del atentado, Ausberto Narváez había sido detenido en Managua, en casa de la señora Carmen Valle.

También fue capturado Juan Manuel Calderón Rueda, otro colaborador de Castro y López Pérez.

Bajando el féretro con los restos de Somoza García, en el aeropuerto Las Mercedes, proveniente de Panamá. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN/ NOVEDADES

Los oficiales GN

Dos años antes del atentado contra Somoza, la Guardia Nacional había sofocado un intento por derrocar a Somoza García, en abril de 1954, en el que estaban involucrados oficiales de la misma Guardia.

Además, muchos de los viejos guardias estaban inconformes porque no podían subir en el escalafón del ejército; Somoza García había impuesto a su hijo Anastasio Somoza Debayle como coronel, sin tener los méritos suficientes para tal grado.

Es por ello que los hermanos Luis y Anastasio Somoza sospecharon de que en el atentado contra su padre había oficiales detrás del complot, explica el teniente Agustín Torres Lazo, quien fungió como fiscal militar en el juicio por la muerte de Somoza García.

De igual forma, los hermanos Somoza, especialmente Anastasio, habrían aprovechado la ocasión para quitarse de encima a aquellos viejos guardias que estaban incómodos con la posición que ocupaba Somoza Debayle como nuevo jefe director de la Guardia, cargo que ocupó su padre hasta su fallecimiento.

Según habría contado Edwin Castro en los interrogatorios a los que fue sometido, el excapitán Adolfo Alfaro, exiliado en El Salvador, en Nicaragua apoyaban el atentado oficiales como los coroneles Francisco Gaitán, Lizandro Delgadillo y Federico Davidson Blanco. Tanto Delgadillo como Davidson Blanco habían sido oficiales de mucha confianza para Somoza García y participaron, en 1934, en la ejecución del general Augusto C. Sandino.

Además, hubo otros oficiales bajo sospechas.

A Gaitán, entre los testigos, solo lo menciona Castro Rodríguez, de que supuestamente iba a colaborar en el atentado. Aunque, también presuntamente, fue Rigobero López Pérez quien habría mencionado que Gaitán sería quien se encargaría del gobierno cuando cayera Somoza García.

Anastasio Somoza Debayle, según Torres Lazo, no le perdonaba a Davidson Blanco que tuviera tan buena aceptación entre los opositores. Quien menciona a Davidson Blanco es también Castro Rodríguez.

Del interrogatorio, Davidson Blanco salió, pero, dice Torres Lazo, “su destino ya había sido marcado por los hombres de la Loma de Tiscapa (los hermanos Somoza)”.

De Delgadillo, que era el jefe de la plaza de León, donde ocurrió el atentado contra Somoza García, se dijo que el jefe militar ya había sido alertado de la presencia de López Pérez durante la estadía del presidente en esa ciudad.

Delgadillo lo niega. Pero ya los Somoza dudan de él.

La corte militar que llevó el caso. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN/ NOVEDADES

Los que no sabían nada

El pecado de Rafael Rojas fue haber reconocido el cuerpo agujereado de Rigoberto López Pérez después de que este último le disparó a Somoza García. “Si es el poeta Pérez”, dijo Corrales casi en el último instante de vida de López Pérez.

Fue por Corrales que los guardias supieron quién era el pistolero y dónde vivía su familia. Y fue por él que pudieron llegar antes de que terminara ese 21 de septiembre a la casa de la mamá, Soledad López.

Ese reconocimiento del cuerpo de López Pérez le costó caro a Corrales. Pocos meses después de ser liberado, consumido por la tristeza de lo que había vivido en las cárceles y en los interrogatorios somocistas, Corrales murió sin saberse la causa.

Además de Corrales, fueron muchas las personas que padecieron persecución y cárcel sin haber tenido ningún vínculo con el atentado contra Somoza.

Entre ellos se pueden contar a Clemente Guido Chávez y a Pablo Dubón Pereira, estudiantes de Medicina, quienes antes del atentado habían viajado por una beca a El Salvador, donde López Pérez había estado con exiliados. Y Dubón se encontró allá con López Pérez.

El poeta Pablo Antonio Cuadra está dedicado a las letras pero a la madrugada siguiente del atentado lo llegan a buscar a su casa agentes de la Oficina de Seguridad Nacional (OSN). Según Torres Lazo, él está en cama con calentura, pero los agentes se lo llevan a dormir si almohada ni cobija en una de las celdas de la Loma de Tiscapa.

Fue en la cárcel, adonde se topó con la mamá de Rigoberto López Pérez, donde Cuadra se enteró quien había sido el que disparó contra Somoza y que él había estado tres días antes en su oficina en LA PRENSA.

Entre varios acusados sin razón, también se encontraba el director de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Emilio Álvarez Montalván y Reynaldo Antonio Tefel. Hasta el general conservador Emiliano Chamorro y otros. Algunos de ellos habían escuchado del atentado, pero no le dieron mucho crédito.

Inspección en la escena donde dispararon a Somoza García. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN/ NOVEDADES

Inocentes y culpables

De todos los capturados, solo 21 personas fueron juzgadas por un consejo de guerra. A las 10:00 de la mañana del 8 de enero de 1957 inició el juicio. Entre los acusados figuraba hasta un presidente de la Corte Suprema de Justicia, el doctor Enoc Aguado Farfán.

A las 4:30 de la madrugada del 21 de enero terminó el proceso. Solo 14 personas fueron condenadas.

El fiscal militar Agustín Torres Lazo. LA PRENSA/ ARCHIVO

Fin de la venganza

De todos los condenados por la muerte de Anastasio Somoza García, solo 11 lograron salir de la cárcel.

Edwin Castro, Ausberto Narváez y Cornelio Silva fueron condenados a 15 años de cárcel, pero tres años después, el 18 de mayo de 1960, en la madrugada, supuestamente los tres habían intentado huir y dos guardias los acribillaron a balazos.

Una mujer a quien le decían la Española, María Valdez Fernández, quien había caído presa en esos días por supuesto terrorismo, dijo a los periodistas que era falso que los tres hombres habían querido huir, sino que los obligaron. En otras palabras, les habían aplicado la llamada Ley Fuga.

Castro y Narváez fueron enterrados en León. Silva en Chontales. Del cuerpo de Rigoberto López Pérez nunca se supo.

El féretro de Anastasio Somoza García. Llevaba 17 años como presidente y celebraba nueva candidatura presidencial cuando le disparó Rigoberto López Pérez. LA PRENSA/ CORTESÍA/ IHNCA

Somoza García pudo salvarse

Era la 1:14 de la tarde del martes 2 de octubre de 1956. El cadáver del general Anastasio Somoza García, presidente de Nicaragua y fundador de la dinastía, entró a esa hora en la cripta de oficiales de la Guardia Nacional, en el Cementerio General de Managua.

La muerte del dictador se produjo oficialmente a las 4:05 de la madrugada del sábado 29 de septiembre de 1956, en el hospital Gorgas de la Zona del Canal de Panamá, ocho días después de que Rigoberto López Pérez le disparara en la Casa del Obrero de León.

Una operación de rutina le habría salvado la vida a Anastasio Somoza García, consideró medio siglo después el doctor César Amador Kühl, un neurocirujano a quien los Somoza consultaron poco después que Rigoberto López Pérez baleara al dictador. Al doctor Amador no le permitieron operar por la desconfianza política que sentían a su ascendencia conservadora, dijo el médico en entrevista con la revista Magazine de LA PRENSA.

“Esa bala (la que causó la muerte de Somoza García) se hubiera podido extraer mediante una operación que se llama laminectomía; se hacía una laminectomía de una o dos vértebras, incluso podía hacerse con anestesia local o anestesia epidural, y con el paciente de lado; sin anestesia general porque era peligroso porque Somoza tenía perforado el pulmón derecho. Tenía que estar acostado de lado, y así extraer la bala”, dijo el médico Amador.

Decisión personal

Como muchos de su época, Rigoberto López Pérez era un joven con un gran sentido de amor a la patria, tanto que si iba caminando y escuchaba sonar el himno nacional se detenía en señal de respeto y reverencia, dijo su sobrina María Margarita Romero.

A la edad de 16 años, la Guardia de Somoza le mató un amigo a Rigoberto, y desde entonces le creció un enconado odio contra el somocismo, alimentado por las injusticias que el héroe leía en las noticias y veía en la realidad. A Armando Zelaya Castro, hermano de su novia Amparo, Rigoberto le decía que era un “baboso” porque no hacía nada para quitar del poder a Somoza, quien había asesinado a Sandino y llevaba más de 20 años en el poder.

La maleta que dejó lista Rigoberto López Pérez la noche del asesinato. Pensaba liquidar al dictador Somoza y huir con ella. LA PRENSA / Archivo.
La maleta que dejó lista Rigoberto López Pérez la noche del asesinato. Pensaba liquidar al dictador Somoza y huir con ella. LA PRENSA / ARCHIVO

Romero comenta que su tío en realidad nunca perteneció a ningún partido político, sino que él se arrimaba a toda persona que fuera opositora y estuvo como en dos reuniones del Partido Liberal Independiente (PLI).

Como viajaba con frecuencia a El Salvador, se rozó con todos los exiliados nicaragüenses. Aunque fue con ellos que fraguó matar a Anastasio Somoza García, todo indica que fue una decisión propia la de sacrificarse para acabar con el dictador.

El día que le disparó a Somoza García, había un plan para intentar que Rigoberto saliera con vida, pero no hubo una buena coordinación y dicho plan se cayó. Aun así Rigoberto cumplió su cometido. La Guardia lo mató de 54 balazos, llevó el cuerpo primero a la delegación policial y luego a la acera del teatro González de León, de donde lo desaparecieron y nunca dieron cuenta del cadáver.

Somoza García murió ocho días después del atentado, el 29 de septiembre de 1956.

El dictador

Somoza García se fue a Estados Unidos y aprendió inglés. Regresó a Nicaragua y se granjeó el favor de los norteamericanos que tenían ocupado el país. Logró que lo nombraran director de la Guardia Nacional sin haber sido soldado nunca. Con las armas bajo su control, le dio golpe de Estado a su tío político Juan Bautista Sacasa. Luego se apoyó en el Congreso para que lo ayudaran a retrasar las elecciones de 1936 y borrar los obstáculos constitucionales que le impedían ser candidato. Ganó y se quedó en el poder hasta 1947.

Después puso títeres en el poder y más tarde se volvió a sentar en la silla presidencial en 1950. En 1956 lo bajaron de ahí cinco tiros que le propinó Rigoberto López Pérez. Pero antes Somoza García se había asegurado la sucesión dinástica poniendo a su hijo menor, Anastasio Somoza Debayle, al frente de la Guardia Nacional, pasando por encima de oficiales con trayectoria y, con la ayuda del viejo general conservador Emiliano Chamorro, puso a su hijo Luis Somoza en el Congreso. De esa manera, cuando murió Somoza García, su hijo Luis fue electo por el Congreso para terminar el período de su padre y, en 1957, salió electo presidente.

El mismo Chamorro admitió en su autobiografía que si él se hubiese negado a la solicitud de Somoza García, de aceptar a su hijo Luis en el Congreso, la historia de Nicaragua tal vez pudo ser otra.

El otro hijo, Anastasio, alcanzó la Presidencia en 1967 y, salvo un impasse de dos años, entre 1972 y 1974, ya no lo bajaron del poder hasta que en 1979 el pueblo lo derrocó por las armas.

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