¿Corre peligro la unidad?

La separación de la ACJD y la UNAB no debiera causar alarma ni inquietud, porque no tiene que ver con la unidad. No se puede romper unidad donde no la hay. Lo que existía entre ambas organizaciones eran líneas de convergencia: por un lado, diálogo y acuerdos sobre lobby, comunicados y pronunciamientos. Por el otro, rechazo a la dictadura, denuncia internacional de los crímenes y violaciones a los derechos humanos y, finalmente, un interés compartido de formar una gran coalición nacional opositora. Todo eso se mantiene.

Concebir la unidad como una organización vertical, con una dirección centralizada y con un discurso común, es imposible en las condiciones de Nicaragua. Eso es lo que la gran mayoría quisiera, pero la oposición a la dictadura no es homogénea, como sería un partido político único. La dictadura de Ortega es repelida por casi todos los sectores del país, pero cada quien lo hace a su manera. Es natural que en esta amalgama opositora se reflejen no solo las profundas diferencias de la sociedad, sino también sus intereses irrenunciables.

Lo que acaba de ocurrir es común a los conflictos sociales a través de la historia en todos los países y Nicaragua no es la excepción. Las discrepancias entre la ACJD y la UNAB son varias: paro empresarial, participación en las elecciones, alianza con partidos políticos tradicionales y liderazgo, entre otras. En el fondo es una lucha por la hegemonía. Una parte de la oposición más radical (UNAB) aspira a ejercer preponderancia sobre la más conservadora (ACJD).

Probablemente vengan procesos que tampoco deben sorprender. Algunas organizaciones políticas de la UNAB podrían separarse de la Unidad e irse a la ACJD, u organizarse por su cuenta. El mecanismo es conocido: las tendencias de izquierda, centro y derecha (o radicales y reformistas), se irán agrupando y fortaleciendo internamente cada una por separado y en su articulación con las otras tendencias.

Para tragedia de la dictadura, una formación de bloques homogéneos (izquierda, centro, derecha, o radicales y reformistas) permitiría negociaciones y acuerdos menos asimétricos, interna y externamente, para llegar a un consenso en los temas fundamentales. La lucha por la hegemonía seguirá gravitando inevitablemente, pero no debe ser un obstáculo para la estrategia final. Por eso hay que insistir en un Proyecto de Nación, que no se limite solo a ideas recogidas en documentos, sino a compromisos graníticos, normativas severas y sanciones ejemplares para los violadores de los acuerdos y la confianza depositada en ellos.

El autor es economista, diplomático retirado y escritor.

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