Represión y triple profanación

Desde hace tiempo venimos advirtiendo que el afán represivo de la dictadura no tiene límite, y que seguramente no piensa parar hasta liquidar —o someter y silenciar— a todos aquellos a los que tiene como enemigos, incluyendo a los periodistas independientes. O hasta que alguien o algo le ponga el freno correspondiente.

Lo que ocurrió este martes 3 de marzo en la Catedral de Managua, cuando turbas orteguistas invadieron el sagrado templo para sabotear la misa de cuerpo presente por el alma de Ernesto Cardenal, y para insultar a los feligreses y golpear a los periodistas y robarles sus instrumentos de trabajo, volvió a confirmar eso que hemos dicho y advertido.

Cierto que no es la primera vez que la dictadura, por medio de sus fuerzas represivas integradas por policías y turbas delincuenciales, profanan un templo sagrado y la memoria también sacrosanta de los difuntos. Varias veces han invadido los templos y los han irrespetado con sus gritos de odio y consignas de muerte. Inclusive han ultrajado a obispos y sacerdotes, que son personas consagradas. Y han mancillado en los cementerios las tumbas de héroes y mártires de la revolución cívica de abril de 2018.

Sin embargo, la profanación que cometieron este martes 3 de marzo en la Catedral de Managua fue de una triple dimensión.

Primero, profanaron la Catedral que es templo de Dios. Segundo, profanaron el cadáver de una persona por cuya alma se celebraba la misa de cuerpo presente saboteada por las turbas. Y tercero, al golpear a los seres humanos que se desempeñan como periodistas, profanaron los templos de Dios que según dejó establecido el apóstol Pablo son las personas. “Nosotros somos el templo del Dios vivo. Como Dios dijo: Habitaré en ellos, y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”, proclamó Pablo en su segunda Carta a los Corintios.

Pero no es solo por la doctrina religiosa que la persona humana es sagrada y cualquier agresión contra ella es una profanación. También desde la perspectiva de los principios y los valores laicos y civiles, cada persona es un ser que está investido de dignidad humana y debe ser respetado con todas sus características y condiciones propias.

“Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”, dice el artículo 3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y el artículo 5 establece que nadie debe ser sometido a “tratos crueles, inhumanos y degradantes”.

La misma Constitución Política de Nicaragua, consagra ese derecho de los nicaragüenses a su integridad humana y establece que quien la viola comete delito que debe ser penado por la ley. O sea que los afiliados a las turbas que golpean a personas indefensas, incluso a periodistas, son delincuentes en ejercicio que deberían ser castigados por la justicia. Pero actúan con la impunidad absoluta que les da la dictadura.

Tenemos que repetirlo: la represión de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo no tiene límites. Y en su desenfreno llegará hasta donde y cuando la comunidad democrática internacional le permita llegar.

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