Una buena oportunidad

Las circunstancias adversas pueden ser oportunidad para realizar cosas buenas.

Una de las ventajas del aislamiento social, exigido por la actual pandemia, es que nos facilita vivir un período más meditativo. Esto es particularmente relevante ahora que nos adentramos en Semana Santa, esa época tan especial del año centrada en el recuerdo de la pasión y muerte de Cristo. Sin mediar la amenaza del virus esta sería la semana “zángana”, como le llaman irónicamente algunos, dado que en ella ha solido abundar el licor y los festejos, convirtiendo lo que debía ser un período de recogimiento, en un bacanal pagano.

Recuerdo que, en mi niñez, dentro de los bailongos y fiestas típicas de la semana se respetaban, al menos, el Jueves y el Viernes Santo. En ellos se interrumpía el jolgorio mientras las radios, sin excepción, transmitían marchas fúnebres o música sacra. Incluso era mal visto, sobre todo en zonas campesinas, circular libremente durante el viernes. Con la secularización se perdieron aquellos remanentes de piedad y solo subsistieron algunas procesiones, precarios paréntesis dentro del bacanal.

Hoy hay una oportunidad de restablecer el verdadero sentido y propósito de estos días. Si bien el orteguismo está empeñado en mantener las fiestas multitudinarias —en un desprecio verdaderamente criminal por la seguridad de los nicaragüenses— la mayoría de la población probablemente optará por la prudencia elemental de evitar las aglomeraciones. Será entonces una oportunidad muy buena para que dentro de la intimidad de los hogares se pueda leer y meditar el doloroso y amoroso sacrificio de Jesús de Nazaret, se estrechen los lazos familiares se frene la frivolidad. Fuera quedarán bailando los que víctima de la inconsciencia, o incapaces de resistir directrices malvadas, mantendrán sus mentes distraídas mientras exponen sus vidas y las de sus familiares, a mayores riesgos de contagio.
Será también la crisis oportunidad para ahondar en temas tan profundos como la fragilidad de la vida y de las cosas.

Estas pestes o catástrofes, que Dios permite de tiempo en tiempo, son sacudiones que nos sacan de la inconsciencia en que solemos vivir. Ellos nos recuerdan la temporalidad de nuestras vidas y nos permiten replantear nuestras prioridades.

También son llamados a la solidaridad humana, a salir de nuestro confort para preocuparnos por los que más sufren y peligran. No son tiempos de maldición sino de bendiciones, como lo es la cruz para los cristianos que, si bien es un signo de dolor, también lo es de triunfo y redención.

Así como la crisis será una oportunidad para crecer en humanidad y cultivo interior, también servirá para poner a prueba el temple y calidad de individuos y sectores enteros.

Ojalá que con ella la Semana Santa recobre parte de su noble cometido.

El autor lo es del libro Buscando la tierra prometida. Historia de Nicaragua: 1492-2019.

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